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La Semana Santa de Ciudad Real: Una aproximación a la fiesta

- 31 marzo, 2020 – 08:203 Comentarios

Julián Plaza Sánchez, Etnólogo.- En el año 1985 presenté la Memoria de Licenciatura que trataba de la fiesta de Semana santa de la capital, era el primer trabajo de investigación serio y riguroso que se hacía sobre esta festividad. Desde esa fecha hasta la actualidad se han sucedido otros trabajos y numerosos escritos pero ninguno ha plasmado las raíces esenciales de la Semana Santa  Manchega. Por eso se hace necesario revisar la fiesta de la Semana Santa en la provincia de Ciudad Real.

No pretendía centrarme en hacer un repaso periodístico de hermandad  por hermandad para obtener una guía de Semana Santa. Al contrario, deseaba descubrir los elementos diferenciadores de esta fiesta, sus rasgos esenciales, su identidad. A la vez que plasmar su transformación en el tiempo y dejando claro que esta manifestación cuenta con personalidad propia. Esta personalidad la conforman los hombres y mujeres que viven no solo en la capital, sino en los pueblos que forman parte de la provincia de Ciudad Real.  Es por lo tanto la que nos marca las diferencias con respecto a la celebración de esta fiesta en otras partes de España.

Para comprender bien esa diferencia tenemos que matizar el carácter manchego. Según el profesor Planchuelo este carácter se ha ido formando a través de los tiempos y bajo la influencia de los pueblos que se han ido asentando en nuestra tierra. De los celtas e íberos, recibimos el carácter individualista, nuestro espíritu de independencia, la lealtad y el valor; de los romanos, el orgullo, sentido del honor y de superioridad; de los godos, el espíritu religioso y la diferenciación jerárquica y de los árabes, el fatalismo, la pasión y el espíritu belicoso.

El manchego se distingue por su nobleza y altivez, junto con la resignación dentro de un medio hostil y ese fatalismo que caracteriza también a la mayoría de los españoles. Lo cierto es que la austeridad de sus costumbres y el espíritu de sufrimiento, guardan relación con el resto de los castellanos y una acomodación a su medio ambiente.

Pero es el profesor Hoyos Sáinz y su hija Nieves quienes nos dan una semblanza muy justa de nuestro carácter: “Tenacidad e indomabilidad a ratos, causa de su amor a la independencia; una gran austeridad de costumbres (menos en ciertos mandamientos) fundamento de su heroico valor; un tradicionalismo inseparable del espíritu religioso, pero compatible con irrespetuosidad y espíritu destructivo ilimitado“.  A esto habría que añadir que es desconfiado y no acepta fácilmente las innovaciones sin verlas antes bien contrastadas con la práctica. Esta desconfianza es hija de su espíritu práctico, pero cuando acepta una innovación a ella se aferra para siempre, convencido de su conveniencia. La misma reserva demuestra hasta conocer bien a una persona, pero cuando acepta su amistad, disipada su primera desconfianza, aquella se traduce en su característica jovialidad, llaneza y hospitalidad. Respecto a las manifestaciones de su emoción, sin ser bullanguero, es alegre.

Resumiendo podemos afirmar que los manchegos nos distinguimos por nuestra honestidad y laboriosidad, pero lo que más sobresale es la honra que ya Cervantes destacó como rasgo del hombre manchego, especialmente en Don Quijote, en la conocida sentencia: “La gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie” (II, 10).

Actualmente tenemos que considerar la Semana Santa de la capital dentro del territorio provincial. Podemos  afirmar que estamos ante una fiesta con auténtica personalidad manchega.  La provincia de Ciudad Real aunque muy extensa encontramos comarcas bien definidas: la comarca de la Mancha, el Campo de Calatrava, el Campo de Montiel, los montes del Noroeste y los del Sudoeste con el Valle de Alcudia. Esto nos permite ver con claridad cada uno de los rasgos característicos de la zona.

Lógicamente con el paso del tiempo se puede apreciar alguna diferencia en la celebración de la fiesta aunque los rituales se intensifican en estos días en que se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.  Tradicionalmente  la cristiandad los ha vivido con sumo respeto y recogimiento pero actualmente muchos de los rituales de penitencia han desaparecido, otros se han disipado y algunos se han mantenido, aunque nos han llegado modificados.

En nuestra tierra ya desde el Carnaval encontramos indicios suficientes que nos avisan  que vamos a entrar en tiempo de Cuaresma. Es el caso de la Ronda del Pecado Mortal que pertenece a la Hermandad de las Ánimas del Purgatorio de Calzada. Desde mediados del siglo XIX, comenzó a pedirse limosna sólo en los días de cuaresma.  Tiempo que comprende 41 días contados desde el miércoles de ceniza, es el momento propicio para arrepentirse de todos los pecados cometidos. En este periodo todos los ritos y actividades religiosas toman una orientación penitencial: vía crucis, rosarios, ayunos y abstinencias. Dentro de este marco se puede encuadrar el “Pecado Mortal”, tradición practicada en Calzada de Cva.

En otros casos serán los aporreantes ensayos de cornetas y tambores en clamores proféticos de dolor  o la entrada de la primavera penitencial, repleta de alegría floral, de “darle una vuelta a las casas” con el enjalbegado, el barniz a las puertas o dar la cinta a la fachada. Porque en todo ello permanece el sentido supremo de una renovación exterior que se manifiesta desde el interior.

Transcurrida la Cuaresma, llegamos a la semana de pasión. Para anunciar su llegada en la Solana se utilizaba el fiscorno, que en la noche del Domingo de Ramos comenzaba a escucharse su sonido largo y mortecino. Desde este domingo hasta la noche del Martes Santo, se podía escuchar el mismo sonido largo y triste en los lugares de este pueblo en los que la conmemoración de los misterios tenía mayor presencia. Tres veces consecutivas sonaba, primero en la Plaza Mayor, la siguiente en el Cristo del Amor, Santa Quiteria, el Convento y finaliza en la plaza. Su sonido producía mezcla de temor y expectación, pero conseguía establecer el ambiente propio de estos días. En otros pueblos como Almagro, Bolaños o Villahermosa, es la Banda de Trompetas y Tambores de la Corporación Romana la que se encarga de anunciar que estamos en la Semana de Pasión.

El anuncio ha cumplido su función, estamos inmersos en la Semana Santa, pero no en la actual sino la que se desarrollaba a principios del siglo XX. En esta época nuestra capital es una ciudad con su Plaza Mayor de soportales blanqueados, al estilo castellano, sus calles modestamente empedradas de guijarro que ponían un poco de dificultad el tránsito de los “pasos”. Esculturas religiosas llevadas a hombros de sus devotos entre murmullos y sollozos de penitentes. La fe de aquellos hombres sudorosos y jadeantes que en apretadas alienaciones, con un ritmo marcado por el balanceo, tardaban media hora en cubrir una etapa, de un extremo a otro de la calle. Al llegar a la década de los años 30 tenemos que contar con el paréntesis de la  Guerra Civil Española. Al finalizar la guerra  se reorganiza la Semana Santa, las imágenes van ahora en carroza, empujada por hermanos. Los desfiles se hacen más rápidos, menos intensos. Pero esto no ocurre en el resto de los pueblos de la provincia. En muchos de ellos siguen transportando a sus Cristos, Vírgenes y Santos a hombros, eso sí en las típicas andas consideradas como el primer elemento que caracteriza la fiesta de la Semana Santa Manchega.

En los tronos, al tener más espacio, permite agrupar un mayor número de imágenes para completar el Misterio. A causa de la aparición de estos cobraron su importancia los herreros y forjadores para fabricar las carrozas. Uno de estos forjadores que tenía su taller en la capital, fue Antonio Blanco. Pero al final de los años 70 y principios de los 80, debido a la pujanza de la juventud y la preocupación de los semanasanteros, se vuelve a sacar los “pasos” a hombros. La causa de la aparición de los tronos, es que se ha pasado de las representaciones individualizadas a escenificaciones de la pasión. Aunque en la forma de llevarlo tiene influencia andaluza: sevillano o malagueño; en otros casos castellana. De cualquier forma existe el elemento diferenciador manchego.

En muchos pueblos, como ya se ha dicho, se siguen portando las imágenes en las tradicionales andas. Quizás el más representativo es Campo de Criptana, pueblo manchego de blancos caseríos en donde podemos  contemplar los molinos en lo alto de la colina; la llanura bermeja, monótona, rasa que se extiendo abajo; sus casas con anchos balcones, los escudos, las rejas coronadas de ramajes y filigranas; las recias puertas con clavos y llamadores formidables. Aquí adquieren una gran importancia los anderos, jugando un papel decisivo en la fiesta de Semana Santa. Según Justo Ponce, esta figura pertenece a la esencia de lo criptano, ya que no es fácil encontrar en el pueblo un hombre que no haya sido o no haya deseado ser andero de algún paso

 En este caso no importa mucho la forma de portarlo, lo que más importa es el carácter de los hombre y mujeres que llevan a cabo dicha actividad. No olvidemos que estamos en la Mancha y que esta fiesta se vive celebrando los misterios redentores con acendrada devoción y recogimiento. Actualmente  siguen buen número de manchegos, en estos días, asistiendo de forma meditativa, grave y circunspecta al desfile de las escenas del terrible drama.

 Otro rasgo característico de nuestra tierra es el respeto con que se contempla el paso de la comitiva, un respeto que se plasma en un silencio litúrgico, que nos permite adentrarnos en el misterio. La algarabía que acompaña estos espectáculos en otras tierras aquí desaparece. Los manchegos pretendemos representar con dignidad los distintos momentos de la Pasión, pero sin desentonar con el ambiente de suntuosidad de nuestras procesiones.

Una base sólida es la mencionada por  el Ilmo. y Rvdmo. Obispo de Dora y Prior de la Cuatro Órdenes Militares  don Emeterio Echevarría Barrera: “estas tradicionales fiestas pasionarias, que nuestro pueblo ha sentido a lo largo de los años se celebran con toda la fe heredada de sus mayores” (Semana Santa año 1945). Quizás sea por esto por lo que Raimundo Escribano, refiriéndose a nuestra Semana Santa, decía en su pregón de 1983 que “es distinta de cuantas se puedan contemplar a lo largo y ancho del suelo patrio”.

Sánchez – Manjavacas defiende que los hombres que pueblan la Mancha, son los descendientes de aquellos que llegaron tras los caballeros santiaguistas o calatravos, llevan metido en la sangre el estilo castellano, sencillo y profundamente humano. Por eso al llegar la Semana Santa a estas tierras, muchos pueblos defienden su espíritu castellano, austero, profundo y dolorido; en pugna con el sensualista, pletórico de riqueza y colorido, que trepando por el farallón de Despeñaperrros se nos mete la luminosa Andalucía con sus Dolorosas cubiertas de joyas, de flores y de luces.

Estoy obligado a afirmar que nuestro carácter, aunque con una amplia base castellana, ya se manifiesta con su propia personalidad. Esto es lógico porque la tierra, el trabajo, las relaciones, el ocio y todo aquello que conforma la vida de los manchegos, se nos presentan diferentes de las de cualquier otro punto de España.

Volviendo a la fiesta que nos ocupa, aunque  es lógico su evolución y adaptación a las nuevas formas de vida, lo que no hay duda es que esa evolución se sustenta en las raíces y la costumbre de nuestros antepasados. Por esta causa no dejamos de observar elementos que identifican nuestra Semana Santa, como es el caso de los “armaos”. Los soldados romanos cobran especial protagonismo en manifestaciones como el Prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos, acto que se lleva a cabo en Bolaños, Aldea del Rey, Calzada de Cva. y Villahermosa.

                       En la plaza del Ayuntamiento de Aldea del Rey se prepara el Huerto de los Olivos para escenificar el Prendimiento de Jesús. Año 2004.

Pero la presencia de estos soldados también se constata en Almagro y Miguelturra. En otros pueblos han ido desapareciendo con el paso del tiempo, es el caso de Campo de Criptana y en la misma Capital.

Soldados romanos de Almagro. Año 2004

Los soldados romanos son un elemento diferenciador de la Semana Santa Manchega, porque sin su presencia no se podría llevar a cabo actos que contribuyen a definir la personalidad de la fiesta en estas tierras. Su desaparición en algunas poblaciones es lamentable, ya que resta fuerza a esta manifestación y frena el aspecto tradicional de la misma. En Almagro se puede disfrutar de uno de los espectáculos más bellos de la estética pasional manchega. Estamos hablando del desfile de los “armaos”, estos soldados romanos salen ataviados con vistosas y antiguas armaduras, realizadas artesanalmente, así como con túnicas de terciopelo y espectaculares yelmos cuyo diseño se pierde en las brumas medievales. Desfilan año tras año, por su bella plaza. Una plaza que posee ese aire de extrema gravedad y sencillez que caracteriza al pueblo manchego. Todo ello potenciado por la espectacularidad y belleza de las calles y plazas de este histórico pueblo. capital histórica del Campo de Calatrava, en donde abundan las casas solariegas, bellos pórticos, escudos que pregonan la hidalguía de los hombres de estas tierras cervantinas. Sede del Maestrazgo de la Orden de Calatrava que se instaló a finales del siglo XIII. Hasta que las Ordenes Militares se incorporan a la Corona (1485), este pueblo conoce una etapa de gran poderío.

Los soldados romanos son los protagonistas de la Semana Santa de Bolaños. Pueblo convertido en villa a mediados del siglo XV por el Maestre de Calatrava, y vive la fiesta con auténtico acento militar. Villahermosa es un pueblo situado en el Campo de Montiel, formado por una red de calles de trazado quebrado y alienaciones irregulares que se abren en rincones y espacios de gran valor ambiental. Pues bien aquí los romanos, entre otras actividades, custodian el Monumento de Semana Santa que tiene un gran valor artístico. Es de finales del siglo XVII o principios del siglo XVIII, consta de siete bastidores recubiertos de lienzo, a modo de bambalinas de teatro. El primero ocupa toda la altura de la nave y el resto disminuye hasta desembocar en el panel del fondo, provocando así el efecto de perspectiva barroca. Su pintura enlaza con el manierismo. En ellas hay escenas de la Pasión, hornacina pintada para la custodia y remate con la figura de Dios Padre.

Continuando con nuestro recorrido tenemos que mencionar otras manifestaciones que nos ayudan a determinar el carácter de la fiesta. Nos estamos refiriendo a los juegos, de entre los que destacan las caras de Calzada de Cva.  Se juega con dos monedas de cobre antiguas de diez céntimos de la época de Alfonso XII, en la cara está el Rey y en la cruz el Escudo de España. Las personas que intervienen son: el Baratero que es el que tiene las monedas, el Banquero es el que tira las monedas y los Puntos que son las personas que participan con sus apuestas. Don León Caballero de León piensa que su significado se centra en la conmemoración de las célebres 30 monedas mencionadas en las sagradas escrituras, y que sirvieron para pagar a Judas Iscariote la venta del Señor al Sanedrín.

Acto del prendimiento de Aldea del Rey, momento en que Judas          conversa con los soldados romanos para entregar a Jesús. Año 2004.

Pero nuestra Semana de Pasión quedaría vacía sin las procesiones que están a cargo de las distintas cofradías. Estas agrupaciones de personas tienen una finalidad religiosa y dependen directamente de la Iglesia Católica, sujetas a las reglamentaciones y decretos de la jerarquía eclesiástica. En nuestra provincia, como en el resto de España, las primeras hermandades pasionales que se organizan son las de los flagelantes. Según Francisco Herencia, en la Capital se constituye la hermandad de los flagelantes o disciplinantes en el año 1522, reinando Carlos V. Los disciplinantes en España surgen como consecuencia de las mortificaciones y penitencias que, adaptados al Estado laical, se practicaban en los conventos de toda Europa desde el siglo XI. Los flagelantes o disciplinantes de Ciudad Real capital, constituían hermandad laical y seguramente era una de las más antiguas de la provincia. Formados en esta hermandad estuvieron hasta los últimos años del siglo XVII o primeros del siglo XVIII que pasan a organizar la cofradía con túnicas, cirios y “paso”. Tomaron el nombre de cofradía del Santo Cristo de la Coronación, conocida popularmente como la de los Judíos de San Pedro. Aunque fue reorganizada en 1927, pervivió hasta 1936 que desapareció al ser destruido el “paso”.

En la  actualidad encontramos distintos pueblos de la provincia en donde perviven este tipo de cofradías, aunque no llevan a cabo la disciplina. Uno de estos pueblos es Socuéllamos, en donde existe una hermandad cuyo origen lo encontramos en la de los flagelantes. Nos estamos refiriendo a la cofradía de la Sangre de Cristo, fundada en el siglo XV. Aunque hoy su finalidad sigue siendo penitencial ha desaparecido el castigo corporal que, en otros tiempos   practicaban los hermanos. En contraposición a la pervivencia de estas hermandades, surgen otras nuevas. Todas ellas lo hacen para dar más esplendor a la Semana Santa de la localidad en donde aparecen.

                        Hermanos de la Cofradía de los Blancos de Daimiel. Año 1952

Hoy los desfiles procesionales que tienen lugar durante toda la Semana Santa, cobran un especial protagonismo. Los penitentes de las diversas hermandades junto a sus imágenes titulares recorren calles y plazas de las distintas poblaciones. Los cofrades visten túnicas de diferentes colores, lo que supone un signo externo identificador para reconocer a la cofradía o incluso para denominar la procesión. En Daimiel, se llama “coloraos” a los componentes de la cofradía del Santísimo Cristo de la Columna, a los del Santo Sepulcro se les conoce como “los negros”, los “moraos” son los de la hermandad de Jesús Nazareno. La cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de los Dolores “los blancos”.

En otras ocasiones las procesiones pueden ser identificadas por imágenes que en ellas desfilan. Es el caso de la del Niñete en Tomelloso, denominada así por la imagen del Niño Jesús que sale el Viernes Santo acompañado por niños que encarnan a personajes bíblicos. Otras veces el carácter de sobriedad, recogimiento, penitencia y sencillez es lo que caracteriza la procesión.        Un buen ejemplo de esto lo constituye  la Hermandad del Silencio de la Capital, pienso  que es la heredera de aquellas cofradías de disciplinantes y que desde su fundación no ha modificado su forma de ser. Aunque su fundación data del año 1942, se constituyó con la idea de ser la continuación de una Hermandad de Penitencia conocida como Escuela de Cristo, que estaba ubicada en la iglesia de San Pedro.

La Hermandad del Silencio de la capital, mantiene viva la idea de sus fundadores: penitencia y oración. El silencio es el signo principal de identificación durante su desfile procesional, silencio que se consigue a base de austeridad y penitencia. Su actividad no se restringe a la organización del desfile procesional, ya que su otro objetivo es asistir a los más necesitados de la ciudad. Quizás lo más característico es la sencillez y la asunción de responsabilidad de todos y cada uno de sus componentes. Poco colorido nos encontramos en su discurrir, aunque las carrozas de sus titulares van con adornos florales consiguiendo destacar de forma armoniosa. 

 Muchos años he visto pasar junto a mi hijo, al Cristo de la Buena Muerte debajo de mi privilegiado balcón, situado frente a la Catedral. Digo privilegiado porque es uno de los mejores escenarios que existen en la capital para contemplar y sentir el carácter que imprime esta Hermandad. Cuando el cura predica la estación, con el Cristo situado justo en mitad de la calle, siempre recordaba el poema que escribió José María Pemán y que dice así:

Señor, aunque no merezco

que Tú escuches mi quejido

por la muerte que has sufrido,

escucha lo que te ofrezco

y escucha lo que te pido:

A ofrecerte, Señor, vengo

mi ser, mi vida, mi amor,

mi alegría, mi dolor;

cuanto puedo y cuanto tengo,

cuanto me has dado, Señor.

Y a cambio de esta alma llena

de amor que vengo a ofrecerte,

dame una vida serena

 y una muerte santa y buena

¡Cristo de la Buena Muerte! 

                                   Lanzadigital. Año 2015

Tengo la obligación moral de recordar a Pilar Ruiz, Hermana Mayor del Silencio que falleció repentinamente a los 57 años. No pudo terminar su mandato y aunque su ficha vaya en la caja puesta a los pies del Cristo de la Buena Muerte, este año 2020 será el primer desfile que no pueda organizar. Recogió el testigo de su padre Rafael Ruiz que durante muchos años fue el Hermano Mayor de la Hermandad. Con él vivió el Silencio los días más gloriosos, pero al final de su mandato también se percibió un debilitamiento de la misma. Venimos contemplando una gran transformación de la sociedad, pues los jóvenes tienen muchos problemas para conseguir trabajo en su localidad e incluso en territorio nacional, por lo que tienen que ausentarse. Esta situación hace mermar la participación de la juventud en la fiesta y por consiguiente las hermandades se debilitan. Por este motivo Pilar, durante el tiempo que permaneció en el mandato, se centró en motivar a la juventud como elemento continuador.

Siempre encontramos una clara preocupación en el relevo generacional, antes no había tantos problemas porque las nuevas generaciones solían quedarse en sus localidades trabajando, formando una familia y participando en todas y cada una de las tradiciones. Actualmente, como ya he mencionado, todo se ha complicado. Los jóvenes abren las puertas de su pueblo o ciudad y se dispersan a lo largo y ancho del globo terráqueo.

            Jóvenes pertenecientes a la cofradía de Jesús Caído de la capital. Año 1952

Si las cofradías son las que organizan las procesiones, estas no podrían plasmarse con la ausencia de la imaginería. Y aunque pierde fuerza desde finales del siglo XVIII, porque no encuentra apoyo entre los sectores oficiales y círculos culturales que realizan un arte y una espiritualidad de emocionalismo retórico, en el siglo XX triunfa la revalorización de las formas barrocas. Es fundamentalmente a través de las cofradías y las devociones populares como se produce la resurrección del expresionismo barroco. Fueron  las desaparecidas Escuelas de Artes y Oficios, posteriormente las facultades de Bellas Artes y los propios talleres de imagineros en activo los que han permitido su mantenimiento.

            Las imágenes que se han conservado y que corresponden a los autores más conocidos, son las de la Semana Santa de Daimiel.

                        Jesús Nazareno de Daimiel. Lacerca año 2019

Pero el imaginero manchego por antonomasia es Marco Pérez. Nace en Fuentelespino en 1896 (Cuenca), en cuya capital transcurren sus primeros años, hecho que influirá notablemente en su posterior inspiración plástica, al otorgar el título de “Cuenca” a una de sus más celebradas esculturas representativas del espíritu y sobriedad castellana. Su evolución y trayectoria humana y artística, estuvieron repartidas básicamente entre su Cuenca natal, Valencia como lugar de adopción y Madrid como destino de continua creación artística. Su característica como imaginero quizás sea su realismo idealizado de tradición castellana. Lejos de cualquier descoyuntamiento físico o exasperación dramática, este autor se muestra como un clásico con los estilemas barroquizantes que exige la propia tradición  del tema. La huella de la imaginería barroca española se revela nítidamente, pero se añaden otros elementos procedentes de sus más admirados maestros, como Miguel Angel. Su actividad tras la posguerra se multiplicó y al igual que había realizado numerosas tallas para la Semana Santa de Cuenca, lo hizo para la de Ciudad Real. Concretamente en la Capital se puede contemplar: la Oración del Huerto, Jesús cae con la Cruz a cuestas, Cristo entre los ladrones, el Descendimiento, Nuestra Señora de las Angustias y Nuestra Señora de la Soledad.

Con relación al punto que nos ocupa tenemos que mencionar cómo influyó la guerra civil. Esta supuso por un lado una grave pérdida para nuestro patrimonio artístico y por otro la revitalización de los talleres de imaginería. Nuestra provincia es un reflejo claro del panorama nacional. Sin embargo, un nuevo auge de hermandades y cofradías en las últimas décadas han posibilitado la rehabilitación de los talleres imagineros, continuando en muchas ocasiones tradiciones familiares y actualizando con sus obras la imaginería procesional. 

La imaginería durante el siglo XX actualiza la herencia artística y cultural, manteniendo su autoridad y vigencia en el sentimiento religioso que las anima. Por lo tanto la imaginería religiosa es un fenómeno directo en su acceso y consumo, pero complejo en su significado. Debemos reclamar la atención para que predomine una conducta respetuosa respecto a sus valores y significado. El funcionamiento de las imágenes así nos lo exige y nos sitúa este arte más allá de un ritual nostálgico, poniendo fuera de toda duda el compromiso entre emoción estética y experiencia religiosa.

Castón Boyer manifiesta respecto a las imágenes, que “la sensibilidad y formas religiosas del Barroco han calado tan profundamente en nuestro pueblo que actualmente siguen siendo las imágenes de su devoción las imágenes barrocas; las nuevas cofradías que se fundan, y ya estamos en los umbrales del siglo XXI, son todas barrocas”. Hoy, al haber transcurrido  ya unos años del siglo XXI, comprobamos que las nuevas imágenes que aparecen detentan esos rasgos barrocos.

            Cristo de la Buena Muerte de Ciudad Real. Miciudadreal 2016

Aunque las imágenes son necesarias para poder celebrar la Semana Santa, en nuestra provincia se llevan a cabo escenografías de la pasión a cargo de paisanos convertidos en actores. Estaríamos asistiendo a representaciones teatrales, como es el Prendimiento de Jesús que se puede contemplar en Aldea del Rey o Calzada de Calatrava. También en Manzanares se representa la entrada de Jesús en Jerusalén. En el primer caso los protagonistas son los soldados romanos. En Aldea del Rey la escenificación del Prendimiento se realiza en la Plaza del Ayuntamiento. Es el miércoles Santo cuando se coloca en la plaza un tablado adornado con ramas de olivo, escenificando el Huerto de los olivos. La noche de ese mismo día la imagen de Jesús es depositada en el mismo lugar y espera hasta la mañana del Jueves Santo, que es cuando los “armaos” lo prenden y llevan en procesión por las calles de la localidad. En el segundo caso la iniciativa surgió desde un grupo de teatro. La escenificación nos deja ver la entrada  triunfal de Jesús en Jerusalén.

 Otra representación muy extendida en la provincia y que actualmente se conserva en algunos pueblos, es el manteo y quema del Judas. No son más que muñecos de paja que se cuelgan en balcones. Es el Sábado de Gloria cuando se descuelgan y, un grupo de mujeres lo mantean por las esquinas del pueblo, hasta que termina ardiendo en la plaza del Ayuntamiento. Durante estos actos se suelen entonar coplillas, consiguiendo un ambiente festivo. Simboliza el castigo que el pueblo llano infiere al Apóstol traidor que vendió a Jesús. Este manteo no hay que confundirlo con el que se lleva a cabo en pueblos de la provincia durante la fiesta de los carnavales. En este caso es una actividad que se realiza el jueves lardero y que indica el inicio de la fiesta. El sentido es el de criticar hechos o acontecimientos sociales que en otros tiempos no se puede hacer.

            Manteo de Judas en Miguelturra. Nazarín, Año 2017

Como elemento diferenciador de nuestra Semana Santa están los Sermones de Pasión, actualmente casi desaparecidos pero que nos han dejado un rasgo identificador de la misma. El más característico de todos podía ser el Sermón de la Madrugá que se celebraba en Campo de Criptana. En él se relataba la Pasión de Cristo durante la madrugada del Jueves al Viernes Santo. También era representativo el Sermón de la Pasión, inmediatamente antes de la salida procesional de Jesús Nazareno (Jueves Santo por la noche), y que hasta los años 1950 conseguía llenar la iglesia de San Pedro de la Capital. De igual modo se llenaba la Catedral para asistir al rito del lavatorio el Jueves Santo por la tarde y también estaba muy concurrido el sermón vespertino de las Siete Palabras el Viernes Santo.

En la saeta, esa mezcla de canto y oración de carácter individual y espontáneo, de elevado sentimiento, nos podemos encontrar rasgos diferenciadores manchegos.  Vallejo Cisneros dice que aunque actualmente se relacione a la saeta con Andalucía, sus orígenes los encontramos en los cantos monótonos, pausados y de entonación grave de los hermanos del Pecado Mortal y de los de la Aurora que son conocidos desde el siglo XVII. En nuestra provincia era normal ver a estos hermanos, en tiempo de cuaresma, recitando esas saetas dichas a modo de pausadas y tristes salmodias por las calles de algunos pueblos, como es el caso de Calzada de Cva.

            Revista BuenaNueva. Año 2014. Dos mujeres piden por los que están en pecado mortal, en Calzada de Calatrava. Las mujeres salen por las calles pidiendo «para los que están en pecado mortal». Las pedidoras del «Pecado mortal» llevan un farol para alumbrarse y una campanilla para llamar la atención de la gente

Siguiendo con los cánticos típicos de estas fiestas tenemos que mencionar los Aleluyas.  Actualmente existen débiles recuerdos sobre esta actividad que, según nuestras investigaciones, se daban en pueblos como Manzanares y la Solana. Estos no son más que una variante del Cántico de Resurrección que el sábado de Gloria, al dar las 12 de la noche, entonaban las mujeres y recorriendo las calles del pueblo decían así: despierta, despierta, / si estás dormido, / que ha resucitado / el Rey de los cielos, / que ha resucitado, / el Rey de los cielos.

Algunos instrumentos musicales que hacen acto de presencia en determinados cortejos procesionales, les dan una gran personalidad. Como es el sonido de la típica Bocina que aparece en algunos pueblos de la provincia y que generalmente, está ligada a la Cofradía de Jesús Nazareno. Esta se puede considerar un instrumento pasional que, por su sonido desgarrador es la encargada de recordar el tiempo que se está viviendo. El bocinero adquiría el compromiso de tocarla por promesa, así sigue ocurriendo en Valdepeñas. Un pueblo ligado a esos extensos campos de vides que, doradas por el sol, pasaban después a llenar las grandes botas, colgadas del arzón de las sillas compañeras de los caminantes.

En la vigilia (estoy empleando el término manchego de vigilia por el de abstinencia) y aún en el mínimo y más riguroso ayuno había una típica y variada gastronomía. Las familias modestas, para la comida principal del Jueves o Viernes Santo contaban con el clásico potaje de garbanzos bien aderezado con verduras y pellas. Tortillas, bacalao rebozado, como segundos platos. Los más acomodados solían elaborar platos más sofisticados: guisos de bacalao a la vizcaína, huevos rellenos, merluza, besugo. Aunque entre estos se encontraban los que no querían prescindir del potaje de garbanzos. Entre los postres más comunes se encuentran el arroz con leche, natillas, flan, flores, barquillos y rosquillas. Pero tenemos algunos que destacan sobre los demás porque son exclusivos de nuestra  provincia, es el caso de la rosca utrera o de Semana Santa, los huevos mole y el de las pellas con leche.

El primero de ellos lo encontramos en el límite de la comarca de la Mancha con el Campo de Montiel. Se trata de una rosca elaborada a base de huevos, aceite, harina y miel. Por su difícil elaboración se precisa mucha habilidad y paciencia, estando su realización a cargo de las mujeres de la casa. El segundo es típico de Bolaños y consiste en una crema en donde el huevo es el protagonista. El tercero se encuentra en la zona típicamente ganadera, como es el Valle de Alcudia y  de los Montes. No tiene dificultad, lo más complicado es hacer las pellas.

Nuestra Semana Santa es la que es. La nuestra. Quizás se ha formado a mitad de camino entre la severidad de la vieja Castilla y la bulliciosidad andaluza. Lo que está claro es que corresponde a nuestra idiosincrasia y a nuestro modo de ser y de sentir. Desde esta perspectiva manchega tengo que deciros que, nosotros quizás no tengamos ese alma de nardo del árabe español de la que hablaba Manuel Machado, y quizás no sintamos la necesidad de gritar el guapa, guapa, guapa sevillano al acercarse la Virgen. Pero tampoco tenemos la rigidez del castellano viejo, aquel del que decía Fernández Flores que, a costa de haber llevado durante ocho siglos la cota de malla de la Reconquista, de alguna manera esa rigidez de la armadura se le había quedado en el alma.

Nosotros si no exteriorizamos nuestros sentimientos con el barroquismo andaluz y si ante la emoción guardamos silencio, no es por la austeridad del castellano, sino porque, como se suele decir, la procesión va por dentro. Nosotros tenemos el alma apasionada de un Quijote y el inmenso corazón de un Sancho, por lo que el silencio manchego es la consecuencia de algo que ha sabido sintetizar aquella condición plasmada en esta coplilla andaluza: Silencio / por lo que ustedes más quieran / guarden silencio, por Dios, / que es tiempo de primavera, / y están hablando de amor”.

 Y es que en el fondo, si atendemos al corazón, descubriremos que todo lo que transciende a la Semana Santa no es otra cosa que un impresionante mensaje de amor. En la Mancha de amor entendemos un rato, ya que  a nuestra tierra la representa por todo el mundo una apasionante historia, que en el fondo, no es otra cosa que una increíble leyenda de amor. Así lo define Antonio Machado: por estos campos hubo un amor  de fuego, dos ojos abrasaron un corazón manchego.

El corazón manchego tiene una gran capacidad para el amor. Quizás nos venga dado del amor de aquel hidalgo de alma apasionada y no menos grande nos debe parecer la lealtad que el inmenso corazón de Sancho supo demostrar, permaneciendo incondicionalmente al lado de su señor don Quijote. Aunque a Sancho en su terco realismo, las ovejas le siguiesen pareciendo ovejas y los gigantes lo más parecido a molinos de viento que había visto en su vida.

Consultando documentación encontré una poesía escrita por un médico o quizás mejor dicho por un poeta que practicaba la medicina, un hombre en el que confluían los elementos castellanos ya que nació en León y los andaluces, pues vivió gran parte de su vida en la Línea de la Concepción. Este hombre que visitaba a menudo la capital durante los días de Semana Santa nos dejó la esencia del carácter manchego de la fiesta en estas estrofas:

            Por la puerta del costado

que se abre a unos jardinillos

Sale el de la “Buena Muerte”,

el “mejor de los nacidos”

y tras El, los penitentes

toscos hábitos y un cirio

con la llama estremecida

temblando al viento agresivo.

¡Ay de los cirios y el viento!

¡Ay de las llamas Dios mío!

¡Como no venga un milagro

de la Corona de Cristo!

Los penitentes se miran,

miran a sus propios cirios

Y los de otros penitentes

que persisten encendidos.

Dos filas interminables

de penitentes contritos

con un silencio tan hondo

que, ni al andar hacen ruido.

Llora el público angustiado

al paso del Santo Cristo

con las rodillas en tierra

y el corazón encogido,

manos cruzadas al pecho

para apagar su sonido.

La procesión va pasando

calles, callejas y sitios

alternando las paradas

con un andar comedido

para regresar al templo

tras de largo recorrido.

Por todo lo expuesto podemos concluir que aunque la  Semana Santa tiene el mismo significado en todos los lugares en donde se celebra: acercamiento del hombre a la divinidad,  en nuestra tierra se manifiesta de forma diferente. Esta diferencia se constata al dar a conocer como son y han sido las circunstancias históricas, religiosas y culturales que dan vida a la Semana Santa de Ciudad Real. Aspectos muchas veces olvidados o transformados que ponen en peligro la posibilidad de identificar la personalidad de la fiesta en relación con las personas protagonistas de la misma.

Este año se suspende la celebración de la Semana Santa en toda España debido al COVID-19. Un virus que ha producido un efecto mundial como en tiempo de guerra o en los casos de los desastres naturales a gran escala. Seguramente tendrá  resultados parecidos a los tiempos de posguerra que muchos no hemos vivido, pero si conocemos por manifestaciones y textos referidos a esa época. No habrá procesiones con imágenes talladas, sin cirios, sin penitentes y sin campanas. Pero Cristo estará presente en todos los hospitales, supermercados, transportes, agricultura, ganadería, prisiones, centros de inserción… Aunque no haya procesiones, España en primavera seguirá oliendo a incienso y será una Semana Santa verdadera.

Cuando se normalice la situación, en el año  2021toda España volverá a ser en estas fechas una procesión. Las figuras de la Pasión se volverán a dar cita en el cogollo de nuestra vida, para vivir otra vez la gran tragedia.

                                                           Ciudad Real a 31 de marzo de 2020

                                                           Julián Plaza Sánchez. Etnólogo

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