Cuentos en tiempos raros (4)

Manuel Valero.- Manuscrito encontrado en la Biblioteca del Estado durante uno de los inventarios. Era un paquete de folios empaquetados en papel basto de envolver víveres pero atados con salvaguardas de cartón en los lados para amortiguar la presión de la cuerda.  Son cinco cuentos de temática variada pero muy pegados a la simpleza humana que como todo el mundo sabe es lo más complejo de todo. 

Los cuentos los firma un tal Martín Velasco, lo cual me sorprendió tanto como el hallazgo literario: ambos, el tal Martin Velasco y un servidor compartimos iniciales. No soy muy dado a las deducciones mágicas pero esa coincidencia me ha animado a publicarlos.

EL ROBO

M.V.

Desde que el  Viernes Santo de 1985 desapareciera la imagen del Cristo Yacente, la Semana Santa nunca fue igual. La estatua del Salvador muerto, casi desnudo, con el tallado primoroso de la lanzada en el costado, la cara ensangrentada y compungida, desapareció ese mismo día, de madrugada, sin que nadie se apercibiera del latrocino.

El más viejo del lugar estuvo diciendo durante toda la mañana y la tarde,  entre trago y trago que el Señor se había cansado de yacer en la parroquia porque se aburría como un isleño esperando el único día en que era paseado con devoción.

Cuando esa mañana el sacristán entró en la iglesia para preparar la carroza y los detalles de la procesión, y colocar las flores alrededor del divino difunto, un grito helado desgarró la calma húmeda del lugar y retumbó en la pequeña y artesanal bóveda que remataba la techumbre. El grito del sacristán rompió un fragmento de la única cristalera que filtraba la luz del exterior y la coloreaba. Era un efecto maravilloso: la luz penetrando en el interior como un arbotante traslúcido en cuyo interior ingravitaba un polvo secular. El vidrio representaba el bautizo de Jesús. Los pequeños fragmentos de la cristalera descendieron suavemente. Fue tal el espanto del sacristán que su grito lo escuchó el barbero del pueblo que rasuraba en ese momento a un muchacho que lloraba amargamente ante su padre. Este lo miraba con el cinto en la mano. “Vas a dejar en paz a las ovejas, maldlto degenerado.”

Había otro hombre sentado leyendo el periódico. Al pueblo el periódico llegaba siempre con un día de retraso razón por la cual, los lugareños tenían la sensación de ir más lentos que nadie a las cosas de este mundo.

Oyeron, como queda dicho, el grito. El barbero se detuvo en seco, el chiquillo creyó llegada su liberación, el padre miró hacia la iglesia y el hombre que leía el periódico lo posó extrañado sobre las piernas. Era el sacristán y había gritado. El peluquero corrió al Ayuntamiento. Todos  habían escuchado el alarido y se dirigieron en dirección a la iglesia: el alcalde, el alguacil, y el primer teniente de alcalde que era de otro partido. El gobernador sumo del pueblo lo había elegido como señal de gratitud porque de pequeño lo salvó de morir ahogado en el sifón de una tejera.  Obviamente esa anomalía disgustó a sus compañeros de partido.  “Por aquí me paso yo a los compañeros de partido”, gruñía.

Pronto se hizo una tromba humana detrás de la autoridad competente, hombres, mujeres y niños se dirigían a la iglesia tan perplejos como incrédulos. En apenas unas horas ya corrían unos cuantos bulos a cual más delirante. Llegaron a la plaza, en una de cuyas esquinas se levantaba la iglesia triste y macilenta, una joya minúscula del Románico, a juicio de los estudiantes. Excepto la cristalera que mandó construir un hidalgo renacentista que se fue rico a América y regresó más rico todavía, la construcción hundía sus cimientos en los años oscuros de la Historia.

LLegaron a la iglesia. Los esperaba el sacristán que parecía un resucitado porque el que tenía que resucitar no estaba.

-¡El Santo! ¡El Cristo! ¡No… no está! –dijo a trompicones. Luego se desmayó.

Dos hombres lo recogieron del suelo y lo llevaron a la casa del practicante y le metieron la cabeza en un cubo de agua del pozo para que calmara hasta que llegara el practicante que estaba como todos en la iglesia. Se encargó de atenderlo la abuela, que estaba casi ciega. Lo sentó en el corral, le puso un vaso de vino delante de las narices y le dio aire con un trapo.

El alcalde atravesó la puerta y se dirigió al hueco donde debería estar el cuerpo del Señor, pero sólo vio la losa de mármol, más fría aun sin cuerpo encima, donde reposaba el Salvador del Mundo desde que todos en el pueblo tenían noticia de ello. Hasta ese día.

-¡La madre que me parió! –dijo el alcalde en un principio y se santiguó para aminorar el exabrupto- ¡Han robado el Cristo!     

Salió del templo, todo el pueblo estaba allí, ante el alcalde.

¡Han robado el Cristo del pueblo! –gritó.

Una exclamación salió al mismo tiempo de la boca de todos los presentes.

-O se ha ido… -dijo alguien.

-Cállate borrego, ¿cómo se va a ir una estatua? –dijo otro

Pero el alcalde era mucho alcalde. Se puso otra vez el sombrero, giró el pie derecho trazando un círculo sobre la tierra, encaró a la concurrencia  y se dio una palmada enérgica en la pierna. Infló el pecho de aire y dijo.

-Algún hijo de puta (volvió a santiguarse) ha entrado esta madrugá aquí y se ha llevao al Cristo.

El espanto volvió a adueñarse de los reunidos.

-¡Pero hoy es Viernes Santos! ¿Qué vamos a hacer? –dijo una mujer enlutada.

-Si no hay Cristo no podemos celebrar la procesión, ni el Domingo de Resurrección porque el que tiene que resucitar no está- dijo otra.

-¡De ninguna manera! –sentenció el alcalde-. ¡Habrá procesión! ¡ Con Cristo o son Cristo!   

-¡Jesús!- gritaron las comadres.

-Señor alcalde… ¿cómo vamos a desfilar sin muerto?

El alcalde, para la Historia, Genaro Salmerón,  calló, se puso en jarras, elevó el pecho y dijo de una vez:

-¡Seré yo! ¡El Cristo seré yo! ¡Y a tomar por saco to! – se santiguó por tercera vez.

Le pusieron una barba, una peluca, lo desnudaron y anudaron su intimidad con un trozo de sábana blanca, le encasquetaron una corona espinosa arrancada de un rosal y lo tumbaron  sobre el mármol

-¡Procesión habrá!. ¡Con Cristo o sin Cristo! –repitió ya con la dignidad de ilustre yacente.

Así fue como en ese pueblo de la serranía uno de sus habitantes suplanta a Jesús en su lecho de muerte durante dos horas cada Viernes Santo. Dicen que quienes han sustituido al Señor han estado realmente muertos durante la procesión, y que lo han visto, y que han hablado con él.

Años después el último falso cristo aseguró al alcalde de turno al concluir los oficios, que Jesús no había sido robado, que estaba cansado de dormir tanto y tomó la decisión de subir al cielo y seguir desde allí las vidas de los paisanos.

-Ya lo dije yo –dijo el viejo del lugar que aún vivía.

Pero la Guardia Civil nunca creyó al falso cristo y se puso a buscar al ladrón o ladrones del Cristo Yacente.

-Estar todo el año ahí dentro para salir un día… que ya lo dije yo, se ha ido por su pie –repitió el viejo.

-¿Otro vinito, Ambrosio?

-Enga…

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