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Cuentos en tiempos raros (y 5)

- 2 julio, 2020 – 16:14Un comentario

Manuel Valero.- Manuscrito encontrado en la Biblioteca del Estado durante uno de los inventarios. Era un paquete de folios empaquetados en papel basto de envolver víveres pero atados con salvaguardas de cartón en los lados para amortiguar la presión de la cuerda.  Son cinco cuentos de temática variada pero muy pegados a la simpleza humana que como todo el mundo sabe es lo más complejo de todo. 

Los cuentos los firma un tal Martín Velasco, lo cual me sorprendió tanto como el hallazgo literario: ambos, el tal Martin Velasco y un servidor compartimos iniciales. No soy muy dado a las deducciones mágicas pero esa coincidencia me ha animado a publicarlos.

LA BOMBILLA

M.V.

Fue a la décimo sexta vez. O sea, dieciséis veces. Pero acabó reduciendo a polvo aquella bombilla pálida y grasienta cuando descubrió la casa al final de la calle. Era una casa espantada de soledad durante el día y palpitante de pecado al anochecer. La inversión se producía  cuando se encendía la bombilla miserable de 25 vatios que a él le parecía una luciérnaga magnifica.

Como figuras evanescentes pasaban por su cabeza las caras infantiles de sus amigos de niñez, con quienes una tarde de noviembre, ya fría, quejumbrosa y húmeda, descubrió la casa. Corrían calle arriba aullando como indios, haciendo sonar revólveres invisibles.

Recordó que galopaba cortando el viento a lomos de sus piernas de alambre, pero él se concebía a lomos de un caballo ligero como el viento. Corría, corría, bang, bang, toma, te atraparé indio apache, indio malo, malo tú cara pálida. Entonces la vio, vio la casa. Tiró de las riendas para detenerse en seco. Estaba anocheciendo y la bombilla se encendió de repente como un extraño preludio de placer al otro lado del día. La bujía prendió ante sus ojos como un milagro y su escuálida luz bañó de un amarillo sucio la fachada de tierra. Estaba al límite de la calle. Más allá había un cerro coronado por una torre derruida sin tiempo ni edad porque siempre había estado allí.

Recordaba ahora todo aquello. La mujer movía rítmicamente las caderas y sus pechos erguidos. Jadeaba con un poco de tedio. Y él, dejándose montar revivió el momento exacto en que hizo añicos la bombilla de un certero golpe. Habían oído rumores sobre la casa: que por la noche la habitaba el diablo, que allí se reunían comunistas que sobrevivieron y que comían carne de niña. La versión más verosímil era que la Casa de la Andrea era una casa de citas. Su madre lo sacó  de dudas cuando se lo preguntó.

-¿Quién vive en la casa de la bombilla en la puerta, madre?

-Personas –le dijo.

-Eso ya lo sé. Pero nunca he visto salir ni entrar a nadie.

Su madre lo apremió a que acabara con el guiso. ¿Cómo explicarle que la casa era el único burdel del pueblo? El preguntaba a su madre de nuevo. Sabía que en esa casa pasaban cosas.

La mujer se afanó un poco más, hizo como si le fuera a dar un vahído y gimoteó sin convicción. Para darle un poco de verosimilitud echó hacia atrás la cabeza y mostró un cuello reluciente, hermoso.

Ahora treinta años después con una mujer sentada a horcajadas sobre él tuvo que recordar, hubo de recordar, y lo hizo. Su cuerpo respondía a la doma de amor de aquella amazona tasada pero su mente rescató el número de la memoria:  tiró quince veces y falló y a la décimo sexta vez le dio de lleno. La bombilla saltó por los aires y estalló como una pompa de jabón. Entonces regresó corriendo a su casa asustado por lo desangelada que quedó la fachada de la casa en la primera penumbra de la noche.

Se lo había prometido a Vicentina , la hija de la vecina de la que se enamoró perdidamente el día de su comunión porque fueron a darse un beso de niños y se rozaron los labios al  sincronizar las caras . En realidad, Vicentina lo retó. “No eres capaz de ir hasta la casa esa y romper la bombilla”. Teñía un tirachinas magnifico con el que había descascarillado todas las jícaras del barrio. Y se dispuso a asaltar la Casa, él solo, sin ayuda de nadie. Al principio, los guijarros no llegaban, alguna piedra se le quedó en la mano, otras golpearon la puerta, las cinco siguientes se enciscaron en las tejas. El se apostaba detrás de una esquina e insistía pese a las apariciones de la Andrea con un cuchillo jamonero dispuesta a desollar al malnacido de las piedras.

Por fin una noche de julio mientras las mujeres hablaban en la fresca se escabulló calle arriba hasta llegar a la frontera prohibida. Se acercó con sigilo hasta cuatro metros de la puerta, enfilado, sin el parapeto de la esquina… La bombilla de cerca parecía más insignificante en su ruin alumbrado cadavérico… Apuntó y zas. Ya no hubo bombilla que alumbrara el quicio del vicio. La bombilla estalló por el impacto en una pequeña lluvia de cristales diminutos. La oscuridad que se hizo de pronto le facilitó la huida. A los diez días, la Andrea repuso el desperfecto.

La mujer cansada de cabalgar fue a lo derecho. Le tomó el miembro con la boca y lo ensalivó hasta que vio el cuerpo del cliente sacudirse las dulzuras.

Se vistió despacio y le pagó.  Yo rompí la bombilla que lucía en la puerta de esta casa hace treinta años. La mujer estaba más atenta al dinero que a la historia de su cliente.

La casa de citas de su infancia era un lujoso club donde se escuchaban canciones italianas entre las baladas ovejunas de Julio Iglesias. En la puerta un luminoso de cangilones que se encendían y apagaban y parecían moverse, había sustituido a la escuálida bombilla sucia y moribunda de su niñez.

Se alejó saciado. En el suelo de la calle no había piedras, pero sí manchas de aceite de coches que se desgrasaban en el olvido.   

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