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Un líder carismático que la intolerancia y la envidia enterró: Sancho de Ciudad [+]

- 31 agosto, 2020 – 19:134 Comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- En el día de hoy, nuestro personaje no es alguien que fuese considerado digno de interés para elaborar sobre su persona reseñas biográficas e incluso escribir libros sobre sus andanzas y desventuras. Pertenece a un colectivo en el que se suelen incluir a todos los “perdedores de la Historia”, aquellos que los avatares del tiempo, la ideología o la religión, no vieron con buenos ojos que su testimonio fuese lo suficientemente relevante para que los estudiosos de su época y de otras posteriores se detuviesen y relatasen las circunstancias que en su época aconteció.

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M.C.V.: Buenos días, caballero, es costumbre cuando entrevisto a alguna persona que sea ella misma la que se dé a conocer y que nos ilustre con algún aspecto de sus orígenes familiares. ¿Tendría usted la bondad de hacerlo?

S.C.: Agradecido estoy Sr. Cabezas, pues para mí es un honor. Mi nombre de pila es Sancho, y puesto que mi origen pareció ser la localidad castellana de Ciudad Real, llevo por apellido De Ciudad. Mi familia pertenecía a la comunidad judeoconversa cuyos orígenes estaban estrechamente vinculados con la ciudad de Toledo. Apenas recuerdo la fecha en que nací, pero le puedo decir que se remontaba a finales del primer cuarto del siglo XV. Mis referencias son de las enseñanzas de mi difunta madre, doña Leonor González, pues de mi padre apenas recuerdo su rostro.

M.C.V.: Entiendo que serían tiempos difíciles para ustedes, aquellos que no comulgaban con el espíritu imperante de una época de efervescencia del fanatismo religioso que se había visto acompañado por algunas normas que alentaban esos odios.

S.C.: Así fue, Sr. Cabezas. Por cierto, sabe que su nombre Manuel tiene un origen hebraico. Perdone por el inciso y volvamos a la cuestión. Ya antes de haber nacido mis propios antepasados, entre ellos mis padres y otros compañeros de fe, se vieron obligados a convertirse a la fe de Cristo, alejándonos de nuestra Ley de Moisés. Mi madre así me contó que fueron las circunstancias, pues cuando ellos eran aún niños habían presenciado en sus localidades de origen el ataque a los judíos, la quema de juderías enteras, la desaparición de sinagogas para instaurar en ellas templos cristianos, iglesias. Era la última década del siglo XIV cuando todo aquello aconteció.

M.C.V.: ¿Cómo pudieron entonces afrontar aquellas circunstancias tan terribles?

S.C.: Según me refirieron cuando era aún un niño y estaba a punto de realizar mi bar mitzvah, lo que suponía mi acceso a mi mayoría de edad, hubo un monje dominico llamado Vicente Ferrer que llevó a cabo numerosas predicaciones en infinidad de viajes que realizó y que no estaba muy de acuerdo con la existencia de judíos pues les atribuía rasgos propios de animales como el de poseer rabo o incluso capacidades propias de las mujeres como la menstruación. A todo aquello se uniría que le atribuyeron incluso milagros. Por ello, años después, cuando ya había incluso contraído matrimonio, llegué a tener conocimiento de que fue canonizado por su Iglesia.

M.C.V.: Cuando alcanzó su etapa madura, ¿dónde residía? ¿con quién contrajo matrimonio?

S.C.: Según me contó mi madre y mi suegro, Pedro González de Trejo, tras ingresar en mi etapa adulta, seguí lo que se esperaba de mí, aunque fuese ocultándonos de las miradas inquisitivas de los cristianos. Las cuestiones del matrimonio con mi amada, doña María Díaz, quedaron resueltas entre mi padre y el suyo. Ciudad Real se convirtió en mi bien amada ciudad desde aquel entonces, encontrando residencia en el barrio que tenía próxima la iglesia cristiana de San Pedro.

M.C.V.: Saliendo del terreno personal y ahondando en ciertos temas de interés para su comunidad, existen ciertas fechas que tienen una significación especial. ¿Qué me puede decir del año 1453, fecha que es conocida principalmente como la de la toma de Constantinopla por los turcos?

S.C.: Ciertamente curioso aquel acontecimiento, aunque nosotros miramos más al firmamento y desde la torre que poseía en mi residencia en aquella época tuvimos la dicha de contemplar una especie de estrellas fugaces o de cometas que consideramos como una señal de que nuestro Salvador, nuestro Mesías había nacido. Recuerde usted, Sr. Cabezas, que para nosotros aquel que llaman Jesucristo no es para nosotros nada más que un falso profeta que precedería a aquel que nosotros así lo consideraríamos. Así nos lo hicieron saber Judah Halevi o el mismísimo Maimónides.

M.C.V.: Continuando con sus creencias, supongo que la animadversión a los judíos y a los conversos que no eran creíbles en seguir la doctrina cristiana le granjearía algunos problemas con aquellos que eran conocidos como cristianos viejos, ¿no es así?

S.C.: Bien conocedor de las desventuras de mi comunidad creo que demuestra ser según sus palabras, pues así era. No sólo fueron dificultades las granjeadas por los cristianos viejos, sino que incluso llegué a tenerlas con mis supuestos compañeros de fe.

M.C.V.: ¿Me podría poner algún ejemplo?

S.C.: Sin duda alguna mi vida estuvo plagada de circunstancias que me hicieron abandonar mi morada en diversas ocasiones por ser fiel a la ley mosaica, aunque en otras incluso corrí peligro sin haber llegado a huir sino por estar rodeado de cristianos viejos. Así ocurrió cuando ejerciendo el cargo de regidor formé parte de una comisión que fue enviada por la reina madre, doña Juana, a la villa de Aranda y, cuando nos sentábamos a la mesa, evitaba comer alimentos no kasher, por lo que me granjeé más de un enemigo, llegando a correr mi vida serio peligro cuando estaba alojado en una posada y por la información que la posadera diera a un tal Pedro de Gumiel que me atacó en las cercanías de la iglesia de San Miguel. La oportuna intervención de mi amigo Juan González Pintado me salvaría de aquel trance, aunque desde entonces tuve que mantener las distancias.

M.C.V.: Me acaba de hablar de enemigos y amigos en unas circunstancias extraordinarias, pero ¿en su Ciudad Real quiénes aceptaban su actitud y quiénes no? Hábleme de ellos.

S.C.: Por citar sólo algunas personas, pues tuve la fortuna de tener el respeto de mucha más, además de Juan González, a quien siempre le tendré en gran estima por su saber estar aunque en algunas cuestiones no coincidiésemos del todo, otras personas que podría considerar como amigos más allá de mi familia serían sin duda los que fueron también socios Diego de Villarreal y Rodrigo de Oviedo, relevantes personajes que tenían grandes vínculos con la comunidad de Almagro y a los que siempre estaré en deuda, y no podría olvidarme de quien podría considerarla una igual, aunque fuese mujer, María Díaz “La Cerera”, cuya gran familia también sufrió los odios y envidias que a mí me tocó soportar.

Y entre mis enemigos, además de los cristianos viejos como los Céspedes, los Treviño, que por cuestiones económicas y también por mi cargo de regidor en el concejo no gozaban de mi simpatía, otros muchos fueron los que pude contar como enemigos. Religiosos cristianos los que más, sin duda alguna los miembros del tribunal del Santo Oficio que me obligó a abandonar esta ciudad, traidores de mi comunidad como el hijo de Juan Falcón “El Viejo”, el tal Fernán.

M.C.V.: Me ha hablado usted de que cumplía todos los preceptos judaicos desde que tuvo uso de razón, ¿no es así? Hábleme de los mismos.

S.C.: No cabe duda que, en su mayoría, seguí las enseñanzas de mis padres, mi madre principalmente pues era la columna vertebral de nuestra familia, aunque he de señalar que si en el caso de la alimentación y de otros ritos como la oración fui fiel desde muy joven, las circunstancias que atravesamos me obligaron a retrasar el momento de mi circuncisión o “berit milá”. Ese momento llegó el mismo año que tuve el altercado en la villa de Aranda y, para reafirmarme en mi fidelidad a la ley mosaica, aproveché la visita que hizo un “mohel” judío de Cáceres, también experto carnicero, a nuestra ciudad, al igual que hicieron otros compañeros de fe.

M.C.V.: Sin duda alguna el fiel cumplimiento los preceptos judaicos por los que tuvo que soportar las inquinas y envidias de muchos le convirtieron en un “puro judío”, siendo uno de los pilares de su comunidad la familia. ¿Qué me puede decir de la suya?

S.C.: Como ya le he mencionado anteriormente de mi padre apenas recuerdo nada y mi madre doña Leonor hizo demasiado. En cuanto a la que fue fruto de mi propio matrimonio con mi amada María, he de decir que tuve la fortuna de ser padre de dos hijos, Juan y Diego, y de tres hijas, Isabel, Teresa y Catalina.

De todos ellos me sentí pleno al poder contemplar cómo varios de ellos contrajeron nupcias, con mayor o menor acierto, no cabe duda. Aunque no puedo negar que con el que más estrecha relación tenía era con Juan, que además acabó convirtiéndose en socio de los arrendamientos que ya gestionaba con mis amigos Diego y Rodrigo.

M.C.V.: Sin embargo, su fidelidad le trajo grandes enemigos que incluso le dieron a conocer por algún tipo de apelativo más allá de “puro judío” o “rabí”, ¿no es así?

S.C.: Sin duda alguna esos calificativos a los que usted hace mención procedían de los peores enemigos que pude tener cuando mi edad adulta iba avanzando y se acercaba a los sesenta años. Uno de ellos fue el licenciado Tomás de Cuenca, enviado por el arzobispo Alfonso Carrillo, para que realizase una profunda investigación sobre los judíos que se habían convertido falsamente al cristianismo, decisión que Su Eminencia adoptó para congraciarse con los nuevos monarcas doña Isabel y don Fernando, pues anteriormente había apoyado al bando contrario y su situación era difícil.

Y, sobre todo, el término al que se refiere es el de “jefe de herejes” o “heresiarca”, que el contumaz promotor fiscal del Santo Oficio tuvo a gala de ponerme con el odio que él mismo me profesaba.

M.C.V.: Cierto es, a tal calificativo me refería, “heresiarca”, pero cambiando de tema y para no entretenerle mucho más, ¿qué tal fortuna le deparó su viaje a Valencia en busca del otro lado del Mediterráneo?

S.C.: Aquel viaje estuvo obligado por las circunstancias. Ya había tenido que huir en varias ocasiones. Bien a Toledo por diversos motivos. Bien a Almagro, ya incluso acompañado de mi familia y con ayuda de amigos como Diego o Rodrigo. Pero, qué duda cabe, la decisión más difícil fue la de fragmentar a mi familia en el viaje a Valencia.

Aquello se convirtió más bien en una fuga para tratar de salvarnos de la Inquisición que ya en tiempos de Tomás de Cuenca me había puesto el ojo y me habían sido confiscados bienes e incluso perdí el cargo de regidor. Sin embargo, cuando el “Santo Oficio” había decidido instalar un Tribunal en la mismísima Ciudad Real, ya sabía que sería uno de los que buscarían en primera instancia. Amigos de confianza me avisaron al respecto y, para no levantar sospechas, sólo pude gozar de la compañía de mi esposa, mi hijo Juan y la suya, Isabel, y sus padres.

El viaje fue una auténtica calamidad, pues la esperanza nos volvió la espalda cuando apenas llevábamos cinco días de travesía. Del resto poco más le puedo contar, pues la embarcación destrozada se vio obligada a regresar a puerto y en ese momento la justicia nos hizo presos. Judíos huidos, condenados “in absentia”, ya sabíamos cuál sería nuestro destino final.

M.C.V.: Gracias por su testimonio, señor De Ciudad.

S.C.: Un auténtico honor don Manuel por dar a conocer los avatares y la idiosincrasia de mi comunidad.

Sin duda alguna, las peripecias de la vida de don Sancho de Ciudad, o de alguno de sus familiares como el lencero Alvar Díaz, hubiesen merecido no sólo una entrevista más densa en contenidos sino ser dignos de la existencia de una calle o algún tipo de vía en su nombre, como una de las personalidades más representativas de aquella comunidad judeoconversa que se vio exterminada por la intolerancia y cerrazón del dogma religioso del momento. No sólo con su pérdida desaparecería un credo representativo de esta ciudad sino personajes importantes que participaron en una efervescente etapa económica de la ciudad.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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[+] Los contenidos vertidos en el presente artículo están basados en las mismas fuentes que el libro “La huida del heresiarca”, a las que me remito para aclarar cualquier posible duda.

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