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La verdad de las mentiras

- 9 septiembre, 2020 – 12:152 Comentarios

Ese era el titulo de un prodigioso texto de 1990, de Mario Vargas Llosa, para hablar de la naturaleza esencial de las ficciones literarias y de su capacidad de reinventarse el mundo. Incluso de hablar de lo verdadero desde supuestos fingidos: grandeza de lo literario.

Supuesto ficcional extensible a otros muchos campos, muy a nuestro pesar y muy a pesar de ellos mismos. Como puede ocurrir en la reciente política sincopada y torcida, donde no es verdad todo lo que parece; ni es mentira todo aquello que se señala como falso. Algo similar podríamos hacer extensivo al mundo del deporte, de todo el deporte –cubierto de capas de grasa espectacular ficticia, de linimentos y tegumentos verdaderos e insustanciales, de contabilidad económica recreativa y especulativa, y de figuras deportivas cubiertas de circunstancialidad banal en su presencia y disparatada en su remuneración–.

Algo parecido podríamos observar en el mundo del arte, donde ocurre que el poder económico se viste de gala y de Arte, para aparentar otra cosa diferente –como se relataba el pasado 6 de septiembre en El País Economía–. Más aún, se afirmaba que: “Las maravillas del museo del Prado solo existen porque España, hace cinco siglos, defendió las fronteras de un Imperio. Las colecciones de arte son una topografía de poder. Militar, económico, social, político. Poder. Al igual que la pinacoteca madrileña, los fondos del Louvre, el Hermitage (San Petersburgo) o el Kunsthistorisches Museum de Viena representan la voluntad de los soberanos del momento. Suponen, pese a sus miserias morales o políticas, la expresión de lo mejor de sí mismos”. Topografía del poder, que es una geopolítica cambiante y por tanto tornadiza y sujeta a revisiones periódicas. Y por ello, susceptible de ser modificada desde el juicio del presente: desde la leyenda negra a la Hispanofobia, desde el Holocausto nazi al Gulag soviético, desde los movimiento revisionistas del pasado de la mano del Black lives matter y de la llamada Guerra cultural, todo gira y cambia.

En esa onda de lo cambiante y de lo tornadizo se inscriben otras tantos registros similares. No sé si los duendes de la imprenta o la tontería de los redactores han obrado el mal y el equívoco. Y es que en el número 79 de la revista de tendencias modernas, ICON (septiembre 2020), con una presencia majestuosa de Sir Norman Foster, de subtitula falsamente “Arquitectura es todo”. Afirmación que en las páginas interiores no aparece por ninguna parte. Lo que si cuenta es la soberbia longevidad de Foster, recién cumplidos 85 años y que, al ser interrogado, “¿Alguna vez piensa en retirarse?”, contesta imperturbable: “¿Por qué debería hacerlo?”. Circunstancia que contrasta con la retirada de su viejo amigo y colega Richard Rogers, quien, a los 87 años, ha optado por el descanso y la retirada.

La respuesta de Foster podría aplicarse a tantos políticos de segundo escalón y de tercera división que, fuera del foco mediático, pastorean su longevidad a la chita callando. Llevan, por ello, pastoreando el escaño, la silla, el alto cargo, el consejo de administración o la fundación casi tantos años como Foster lleva en activo. Pero claro hay diferencias que van de la realidad a la ficción. O si se quiere de la verdad a la mentira.

Como esa afirmación fruto del buenismo contemporáneo de que falsamente “Arquitectura es todo”. Que podríamos llevar al territorio próximo de “Arte es todo”. Que, si lo aceptamos en su esencialidad, deberíamos aceptar su inversa “Arte es nada”, en la medida en que el Todo es otra forma contemporánea de la Nada. Y por ello, todas las teorías sobre las muerte del Arte habría que tomarlas en consideración, a la vista del pleonasmo o redundancia innecesaria y pasaremos del Todismo al Nadismo, como nuevos continentes culturales ignotos.

Y a los hechos me remito. Que una exposición de fotografías de piezas venerables y excepcionales, del Museo del Prado– como las que disfrutan en el Paseo de San Gregorio de Puertollano–, sea recibida como un evento trascendental y artístico es una consecuencia del discurso del Todismo. Esto es “todo es arte”. De igual forma que el cacareado proyecto pictórico del Faro de Ajo de mano de Okuda San Miguel –que ya había trasteado aquí con los silos de la memoria del grano y que amenazan extender a algunos molinos– es una excelente muestra del Nadismo – “Nada es arte”–, por mucha pintura y palabras que derramen los promotores políticos de la intervención y se les llene la boca de Todismo.

En esa orbita de la intrascendencia, de la mixtificación y de la confusión se reúnen y encadenan otros acontecimientos que revolotean entre el Todismo y el Nadismo –como los borrachos lo hacían en el cuento–, saltando entre Pinto y Valdemoro, y por ello sentenciaban: “Ahora estoy en Pinto, ahora estoy en Valdemoro”, cuando en verdad estaban en el mismo sitio de su propia melopea. Desafueros, como el proyecto de Gabarrón en el Patio herreriano de Valladolid, la propuesta de Demo para el patio de Santa Cruz en Toledo, o algunos concursos locales de Artes recreativas, dan perfecta cuenta del estado de la cuestión. Y de ese viaje de la verdad a las mentiras.

Periferia sentimental
José Rivero

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