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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (6)

- 13 octubre, 2020 – 19:398 Comentarios

Aparecieron los primeros rayos que mostraban la llegada de un nuevo día. El escaso bullicio de aquella población turolense delataba el inicio de su despertar. Aquellos que realizaban las faenas en el campo debían emprender la marcha a horas tempranas para aprovechar al máximo la jornada. Las tareas de la casa también se iniciaban por parte de aquellas mujeres que podían o debían hacerlo, o incluso si disponían de hijas que les prestasen ayuda. Poco a poco todos los hijaranos se estaban desperezando de una noche más de descanso.

Aquellos que realizaban las faenas en el campo debían emprender la marcha a horas tempranas para aprovechar al máximo la jornada. Las tareas de la casa también se iniciaban por parte de aquellas mujeres que podían o debían hacerlo, o incluso si disponían de hijas que les prestasen ayuda. Poco a poco todos los hijaranos se estaban desperezando de una noche más de descanso.

Mientras tanto, en la abandonada morada, padre e hijo trataban de estar alerta en aquella tesitura. No podían ser descubiertos hasta no comprobar si eran o no bienvenidos por los lugareños. Debían estar a buen recaudo, pues su vida estaba amenazada desde que se viesen obligados a alejarse de la tierra levantina en la que habían residido hasta entonces.

En ese instante, con la voz aletargada y después de haber recuperado las fuerzas en un lecho muy incómodo, el muchacho se dirigió a su padre:

Foto de la puerta de acceso de la antigua judería de Híjar

-Perdóneme usted, ¿qué haremos ahora? Puesto que usted conoció tiempo atrás esta villa, quizá sabrá a ciencia cierta cuándo podríamos salir a la calle sin que nadie nos ponga las manos encima, ¿no?

-Debemos esperar a que el manto de la noche nos proteja, pues aún tengo que recordar varias cosas más. Todavía nos queda alguna menudencia en el zurrón para echárnosla a la boca, por lo que aún deberemos permanecer entre estas paredes al menos hasta mañana al anochecer. Entonces intentaremos probar suerte y buscar algo para reponer fuerzas. Eso sí, recuerda que no podríamos hacer ningún tipo de fuego que delatara nuestra presencia.

-Haré lo que usted me diga, padre.

A partir de ese momento el silencio se convirtió en una rutina cautelosa que padre e hijo se habían visto obligados a adoptar para estar lejos de miradas inquisitivas. Habían llegado a una población que les era prácticamente desconocida, aunque el maduro impresor hubiese dado sus primeros pasos correteando por aquellas calles. Sin embargo, de todo aquello apenas mantenía en su memoria algunos vagos y engañosos recuerdos.

Trascurrieron las horas y el sigilo de ambos se mantendría hasta la llegada del anochecer. Entonces se desperezaron tratando de buscar alguna calleja que les condujese hacia huertas donde encontrar algún alimento que llevarse a la boca. Las existencias que habían portado en su zurrón habían menguado de forma paulatina hasta la casi total extinción. ¡Forzosamente había que hacer acopio de algún alimento! El único riesgo sería llegar a ser descubierto ocupando una vivienda que no les pertenecía, y que su ocultamiento les haría ser sospechosos de que algo trataban de esconder.

Una luna tenue los acompañaría aquella noche. Eran ya momentos de descanso para los moradores de aquella villa. Híjar no tenía a nadie por sus calles en ese instante y sería en ese intervalo cuando se aventuraron a la requisa de algún manjar con el que matar el hambre.

-Vamos, muchacho. Ahora debemos abandonar esta casa, dejando la mula con aquel montón de paja que ves en aquel rincón. Ponla en el pesebre para que esté ocupada mientras salimos- de forma sigilosa y a modo de susurro, el progenitor indicó al hijo.

-Así lo haré, padre.

Muy despacio fueron entreabriendo de nuevo la puerta de aquella morada para salir a la calle aquellos visitantes nocturnos. Las sombras les ocultarían de posibles miradas, aunque no pareciera posible que nadie se asomase esa noche ni tan siquiera para tomar el fresco.

Las calles empinadas de la otrora judería que vio corretear al muchacho que ya se había tornado en casi un anciano fueron de nuevo transitadas por él en compañía de su joven muchacho. La memoria de aquel hombre le llevaba a mirar a un lado y otro de la calle para tratar de recordar a la par que memorizar el recorrido, intentando no olvidarlo para su regreso. Sabía que encontraría huertas con frutas y hortalizas e incluso algún que otro corral donde algún ave podría servirles de pitanza. El muchacho, cuya aguda vista de águila les serviría como faro en aquella oscuridad casi plena, atisbó alguno de esos lugares. Nuevamente su padre se sentiría dichoso de aquel joven, pues había encontrado una huerta con algún que otro árbol. Escogieron algunos de aquellos frutos. Se acercaron a los lomos de aquella huerta donde algunas hortalizas aún no habían sido recogidas por su propietario, bien por su tamaño o por su falta de madurez. ¡En ese momento no había tiempo para remilgos pues el estómago llevaba resonando casi todo el día! Cerca de aquel reducto había un pequeño vallado donde quizá algún que otro animal sirviese para alimento. <¡Gallinas!>, señaló con el dedo y con un gesto inequívoco el muchacho. De forma pausada se acercó y, sin más dilación, antes de que fuese detectado, retorció el pescuezo de una de sus víctimas. No necesitaban más. No había que hacer acopio de excesos para no levantar demasiadas sospechas.

El padre posó la mano sobre la cabeza de su hijo para agradecer el éxito en la captura de aquellos alimentos. Entonces y viendo que les era suficiente para restablecer algunas de sus fuerzas, indicó al joven que debían regresar a su morada provisional. Allí se había quedado placentera con algún montón de paja su acémila. El camino de vuelta no fue difícil y el maduro impresor recordó su destino entre las sombras.

Llegaron a aquella destartalada casa, a sabiendas de que no podían permanecer mucho tiempo allí. Tras entrar en la morada, una sonrisa tiñó los rostros de aquellos furtivos inquilinos. ¡Habían logrado conseguir su objetivo sin ser vistos! ¡Tenían ante sí un enorme manjar! Aunque no podían alertar de su presencia si pretendían hacer algún tipo de fuego. Por ello, la preciosa carne de aquella gallina no se pudo disfrutar con ningún tipo de guiso sino en toda su crudeza, algo que al muchacho no le fue inicialmente muy de su agrado al no estar demasiado acostumbrado a ese tipo de estrecheces.

-¡Come y disfruta, hijo mío!- indicó el padre a su vástago al ver el gesto de desagrado que representaba dar cuenta de la jugosa carne de gallina sin ser previamente guisada.

-Padre, ¿acaso os gusta esta gallina cruda?- respondió el muchacho.

-No se trata de que me guste o me deje de gustar, hijo. Hasta ahora habías tenido la fortuna de encontrarte siempre un plato en la mesa, aunque fuese modesto. Sin embargo, en los tiempos que corren y desde que nos alejamos de Valencia, sabes que esta comida es la que más hemos podido disfrutar. Y, además, no es motivo para tanta queja pues cuando yo mismo tenía más o menos tu edad o algo más me vi obligado junto a mis padres, tus abuelos, a tener que sobrevivir en más de una ocasión siendo lo de esta noche más bien un banquete comparado con aquellos tiempos, puesto que apenas alguna cebolla o una hortaliza nos hubo de servir de sustento. Comer gallina no era algo que frecuentemente disfrutáramos en aquella época, ni tan siquiera cruda. ¡Vamos, pruébala y piensa en todas aquellas fuerzas que vas a poder recuperar con ella y cómo calmará tus ruidos en las tripas que no han cesado de rugir en todo el día!- contestó animosamente a su retoño, a la par que esbozaba una sonrisa.

-Está bien, padre, haré lo que usted diga, pues he de darle toda la razón- respondió desganado el muchacho.

Entonces no recordaba aquel hombre avejentado qué lugar había visitado donde hicieron acopio del condumio que aquella noche se habían llevado a la boca. Sin embargo, los avatares de la vida le habían devuelto a un lugar que tiempo atrás había correteado en los escasos momentos de asueto que habían poseído sus esforzados padres. Era el sitio conocido como el Regachuelo, donde algunos miembros de la comunidad judía hijarana como los Almaquarén o los Abenforna habían poseído ciertos huertos en aquel término. No obstante, todos aquellos años transcurridos desde aquellos hechos se habían encargado de borrar de la memoria del anciano impresor algunos hechos y lugares que por entonces había conocido de primera mano.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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8 Comentarios »

  • Charles dice:

    Estupendo. Lo cierto es que el hecho de que la configuración nacional se construyese sobre la base del exilio provocó que la expulsión «del otro» se convirtiera en constante de la historia de España…..

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    Gracias a todos por el seguimiento y muy especialmente a los que se centran en el periodo que hace referencia la publicación sin usarlo como excusa para hablar de temas que no vienen al caso.
    Gracias a todos.
    Manuel

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    No voy a entrar en debates ni disputas dialécticas ni ideológicas pues mi objeto es publicar.
    Sólo confío en que la gente se comporte como corresponde y se ciña a los contenidos de mis publicaciones, nada más.
    Buenos días.
    El autor

  • Paco dice:

    Entrar a un artículo a faltarle al respeto llamando sectario a su autor…

    Sé que dentro de todas las ideologías hay buenas y malas personas, pero los ultraderechistas que en éste digital hacen sus comentarios carecen de educación alguna, no hacen más que pegar cozes y llorar porque no gobiernan.

    Darle mi enhorabuena al autor por su trabajo y su paciencia, que se ve que tiene y mucha.

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    Gracias Paco por tus comentarios y alabanzas.
    Seguiré siendo fiel a mi mismo, haciendo honor a la confianza que desde el comienzo este diario me brindó, y por ello no entraré en materias ajenas a lo publicado.
    Un saludo

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