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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (9)

- 4 noviembre, 2020 – 13:232 Comentarios

Una nueva noche transcurrió en las tierras de Híjar y, aunque pensaron en que podrían haberse alejado de allí antes del amanecer, las primeras luces del día les sorprendieron aún en aquella morada improvisada. El esfuerzo de los días precedentes no había sido escaso y los llevó a caer en un profundo sopor. Ya era demasiado tarde para iniciar la marcha de aquella tierra en ese momento.

Plano de situación de la judería de Híjar" (Fuente: Hernández Pardos, A. y Franco Calvo, J. G. (coords.):"La antigua sinagoga de Híjar: claves de un monumento excepcional (Teruel, España)

El bullicio que se oía por las calles era suficiente prueba de las gentes que transitaban por aquella villa como para no asumir ningún tipo de riesgo de ser vistos. Debían esperar un día más, aunque también cuando la noche les ocultase, una nueva búsqueda les obligaría a abandonar aquellas cuatro paredes en busca de un nuevo alimento. Las provisiones de la noche anterior ya comenzaban a escasear. Con solo una mirada entre padre e hijo fue suficiente para comprender la situación y que sencillamente debían dejar transcurrir las horas.

Mientras tanto, en aquella villa un nuevo día a día había comenzado, los que poseían huertas se habían encaminado a regar y recoger aquellos frutos y hortalizas que llenasen la despensa de su casa. Otros, con sus rebaños, irían algo más lejos. Aquella villa hijarana había iniciado una nueva jornada, gracias a las cambiantes rutinas que las tareas diarias así lo requerían. Eran tiempos convulsos en los que el pasado que conoció aquel que ya era un hombre más que maduro habían borrado las huellas de los recuerdos de su infancia. No sólo la bofetada de realidad vino de la mano del cambio de credo que la otrora sinagoga había llevado a convertirse en la iglesia de San Antón. Las evocaciones de lo acaecido parecían haberse esfumado en los hilos de su memoria. Los entonces barrios judío, cristiano y musulmán de aquella población tenían como credo que los uniformaba a los Hombres de la Cruz. Era la iglesia cristiana la que en ese momento imperaba sin discusión. Habían pasado más de cinco décadas desde la expulsión de los judíos en tiempos de los Reyes Católicos cuando sus padres habían iniciado una especie de diáspora como si de judeoconversos se tratasen. Por entonces ya se habían sucedido varios decenios en los que el desgaste del Emperador Carlos le haría tomar la decisión más importante de su existencia: su retiro para dar paso al gobierno de su hijo Felipe, que recientemente se había casado con María Tudor de Inglaterra. Carlos necesitaba un descanso merecido no sólo para su gota sino para dar reposo al maltrecho cuerpo que sus años de reinado e Imperio le habían provocado.

-Padre, está anocheciendo. ¿Qué vamos a hacer esta noche?- preguntó el hijo.

-Hijo, habrá que esperar un buen rato a que el silencio se adueñe de esta villa para así prepararnos e iniciar nuestra partida. De camino, recogeremos algún que otro alimento.

Apenas un par de horas fueron necesarias para que la calma se adueñase de la villa de Híjar. Los ocultos inquilinos de aquella casa abandonada comenzaron los preparativos para su partida. La mula que los acompañaba podría delatarlos por lo que amortiguaron sus pezuñas con algún que otro pedazo de jergón que ya no les servía. Las sombras de la noche les protegerían de cualquier tipo de curiosas miradas. La pequeña luminaria que habían usado ya no le serviría a la hora de transitar por las calles de aquella población. El muchacho con un soplido les privó de aquel foco de luz. La orientación debería estar guiada por la propia intuición de padre e hijo. Entonces salieron a la calle, entornando la puerta que cerraba aquella vivienda. Pocas eran las expectativas ni razón cierta de qué rumbo tomar en aquella penumbra. Sin embargo, debían abandonar aquella población para continuar su marcha, avanzando hacia el norte en busca de un mejor futuro. Antes de ello hicieron acopio de algunas vituallas con las que mantener una reserva de provisiones que les sirviera para tener un bocado en las próximas horas de travesía.

No habían transcurrido más de dos horas cuando el muchacho se plantó ante su padre diciendo:

-¿Adónde nos dirigimos, señor? ¿Hay alguna esperanza para que encontremos un lugar mejor que el que nos acogió los últimos días? Si no es así, ¿por qué hemos abandonado este lugar para no ir nada más que deambulando de acá para allá?

Las interpelaciones de su vástago le hicieron rememorar las desventuras sufridas desde muy pequeño y que sus propios padres se vieron obligados a soportar. La tesitura y las dudas que eran planteadas por su hijo no estaban exentas de razón y le llevó a quedar pensativo momentáneamente. Tras un breve lapso respondió:

-¿Acaso deseas que volvamos a Híjar? Sabes que no tenemos nada que llevarnos a la boca, excepto lo que hurtamos de aquella casa, por lo que tampoco podríamos hacer alarde de conocer aquellas calles sino más bien tendríamos que actuar como visitantes de otras tierras. Además, aún tengo en mi zurrón aquellos pliegos que mi padre me legó y que nunca pudo cumplir la promesa de darles un reconocimiento merecido. Sin embargo, hijo, quizás tengas toda la razón y volver a encontrar trabajo en alguna obra maltrecha del castillo del Duque o alguien que necesite de recados en los que tú puedas ser partícipe, podrían ser tareas que nos darían alguna que otra remuneración con la que subsistir. ¿Es eso lo que me estás proponiendo?

-Sí, padre. Así es. Ya no está Usted para grandes esfuerzos sin apenas haber recuperado las energías desde nuestra huida de Valencia ni yo conozco otro lugar mejor donde podríamos estar. Si está de acuerdo conmigo, podríamos descansar bajo el cobijo de algún árbol, hacer un pequeño fuego donde guisar la gallina que aún poseemos y tras descansar un poco iniciar el regreso a la residencia de su infancia. Los días que estemos allí, ya a plena luz del día, le harán recordar otros recovecos que no pudo distinguir de noche e intentaríamos encontrar alguna casa donde tener un cobijo para así evitar dormir al raso.

-Gracias, muchacho. Veo que estás madurando con suma rapidez y esa cabeza no está tan llena de pájaros como yo creía. Agradezco tu preocupación y estoy de acuerdo con lo que me dices. Vamos a encontrar un lugar que tenga una buena sombra y donde preparar esa comida tan suculenta de la que hicimos acopio.

Mientras estaban tratando de buscar alguna zona donde pudiesen descansar y digerir aquel apetitoso bocado, la mente del que años atrás había transitado por Híjar le transportó a su infancia. No sabía aún si los recuerdos de aquel tiempo que se escapaban de su memoria y en el que todavía apenas había comenzado a dar sus primeros pasos y dependía de la ayuda de sus padres, perdurarían como en aquella época en la que había conocido los barrios en los que la villa de Híjar había quedado estructurada siglos atrás, aquel barrio judío por el que había caminado con sus propios padres, una aljama en la que los moros tenían sus propias costumbres, y, por supuesto, el barrio más cercano al río Martín, el cristiano. Aún no sabía si todas aquellas reminiscencias permanecerían tal como las dejó más de cincuenta años atrás.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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