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El mundo que está naciendo

- 9 noviembre, 2020 – 16:436 Comentarios

Manuel Valero.- Tanta bipolarización va a llegar hasta la carne o el pescado, de modo que estamos a un palmo de que los carnívoros y los piscívoros se agrupen en bandos irreconciliables. O lo que es peor que la bipolarización nos demedie el cerebro y acabemos siendo más bipolares que los osos del Ártico que son simplemente polares.

Lo cierto es el cacao monumental en ciernes que va teniendo el aspecto de un llamado de la Historia para escribir una nueva página que finiquite lo anterior, aunque no necesariamente lo feo como cantaba Silvio Rodríguez en Rabo de Nube (algún día habrá que promoverlo al Premio Nobel de Literatura como pasó con Bob Dylan por la estremecedora belleza de sus poemas-canciones), sino lo anterior. Simplemente. La Historia se ha movido a pescozones en una linealidad que ha alternado la luz con las sombras, y en una circularidad sin fuga espiral en lo que respecta a la condición humana. Somos, apartando los adelantos técnicos y científicos, exactamente como los romanos. Y los romanos de pura cepa de toda la vida, hoy, siempre han sido los americanos del Norte, que no tienen la Leyenda Negra que tenemos los españoles cuando fuimos infinitamente mejores con el indio que el Séptimo de Caballería.

Yo recuerdo la frase: el día que despierten los chinos, el mundo temblará. Lo juro. No me pregunten cuando la escuché por primera vez. Posiblemente la leí en alguna de las revistas contestonas que ya suscitaban mi interés apenas salía de la adolescencia. Por entonces, yo veía a los chinos todos iguales, no por la aparente similitud de sus rostros, sino por su vestimenta y su cuello Mao, ir en bici como hormiguitas al trabajo o donde fuera que fuesen. Siempre mandatados, nunca libres. En los años de Facultad celebrábamos incluso la revolución cultural china de 1968 que todavía en los 70 seguía haciendo de la suyas con tal de no dejar nada que sobreviviera al maoísmo y a trasmano de su Dios comunista. Cómo sería la cosa que luego fueron purgados los purgadores compulsivos y sanguinarios, entre ellos la mujer de Mao y tres de sus compinches. Fue el inicio del despertar bajo la batuta de Deng Xiaoping que inició el desmoche del maoísmo. Y así empezó el segundo gran salto adelante que ha conseguido lo que Marx no hubiera concebido ni por un instante: la aparición del capitalcomunismo.  

Cómo pasa el tiempo. Qué lejos le sonaba a uno la profecía del despertar amarillo que pondría el mundo a sus pies y se convertiría en el mercado y el acreedor del mundo, y en el proveedor global de tecnología. Uno hace cálculos, y de los 18 ó 19 añitos que tendría cuando le empezaron a interesar ciertas cosas a los 60 y más, y parece que fue ayer. Y así, como pasa el tiempo, que parece que no pero sí, se ha hecho testigo y coetáneo no ya del despertar chino sino de la actividad febril que desarrolla uno cuando ha dormido bien. De comunismo maoísta personal y enfermizo, que trataron de imitar otros como el Pol Pot, a las reformas de Xiaoping hay un paso y una Plaza de Tiananmen plagada de muertos.  Partido Único y muy comunista, culto al líder pero menos, mucho menos, y capitalistas en el gran zoco mundial. Después de lo de aparición de agua en la Luna cualquier cosa es ya probable en este mundo en el que todo cambia menos el hombre que en esencia sigue siendo el Neardhental de siempre: élites y chusma, ya las había en plan muy tribal hasta que los Cromañones se refinaron un poquito y se dispusieron a defender el territorio y la charca con quijadas de pollino y palos atados a piedras, germen de la propiedad privada, que era más copiosa para el clan más fuerte. Nos ha jodío.

Y al fondo la pandemia, que ahí sigue, con la noticia esperanzadora de una vacuna que cura mucho y que tiene marchamo yanqui. Si hubiera sido made in China sería para mosquearse mucho. Y revoloteando, el 5-G que ya se anuncia y que nos va a permitir que utilicemos apenas el músculo de los dedos, porque la capacidad cerebral con tanto púber con la nariz pegada al móvil corre serio peligro de encogimiento. Yo no sé ustedes, pero cuando veo a una chica joven con su bebé me pregunto qué mundo será el suyo. Es inevitable: uno se acerca a la edad en la que parece que ya no pertenece al mundo que está naciendo. Qué le vamos a hacer.

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