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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (15)

- 16 diciembre, 2020 – 08:484 Comentarios

Las conversaciones entre el maduro impresor y su avispado vástago cada vez les unían más. Era un vínculo mucho más estrecho como si a modo de eslabones de una cadena quedasen enlazados. No podían evitar recordar, respectivamente, a su madre y a su esposa, puesto que era el hilo invisible que mantenía estrechamente amarrados a ambos.

Aquel pasado que rememoraron en más de una ocasión les conduciría a recordar muchos aspectos de la infancia del padre y de los pasajes que los abuelos del muchacho llegaron a protagonizar, tanto los vinculados a Ciudad Real como a la modesta villa de Híjar.

Así había ocurrido cuando aquel padre recordaba sus correteos por las calles de Híjar, aquella villa que en cierta ocasión arribaron sus padres con el objeto de alejarse de un peligro que les podía acechar. No era otro que la sombra de los miedos que planeaban sobre sus cabezas, aquella que se había originado al mantener una relación a espaldas de un matrimonio protegido por la iglesia y por la sociedad de la época. Nada se podía hacer ante aquellas costumbres. Su padre era apenas un don nadie, era un humilde ayudante de un librero que deambulaba por las villas y ciudades de Castilla, haciendo de mozo de carga y de chico de los recados como funciones principales. Mientras tanto y antes de su nacimiento, su madre estaba casada con un soldado que, a pesar de que dicho compromiso obedecía a una promesa de aquel bravucón que se hacía llamar Alfonso García, no había llegado a llenar plenamente su corazón de un amor que la llevase a la mayor de las plenitudes. No se despertaban mariposas en su estómago cada vez que el volvía a casa, mas bien todo lo contrario, el pavor se había adueñado de aquella muchacha que inicialmente y como consecuencia de sus sueños de encontrar a un amor puro de un soldado con honor había incurrido en el mayor de los errores, no darse cuenta de las miradas lascivas y el carácter mujeriego de aquel con el que contrajo nupcias.

En aquellos ensimismamientos andaba el hijo de los jóvenes fugitivos que residieron en Híjar, villa a la cual tenían como objetivo regresar, cuando una voz cercana y conocida le despertó de su embelesamiento:

-Disculpe usted, padre, ¿por qué no me habla nunca de madre? Pues pareciera ser un tema que siempre se lo tiene guardado para sí o como si yo mismo hubiese tenido alguna culpa de que ya no estuviera aquí con nosotros. –inquirió un día el muchacho de forma imprevista y con todo de reproche ante la sorprendida faz de su progenitor, que aún andaba en otros menesteres.

-Como en otras ocasiones me señalabas, hijo mío, un mismo acontecimiento puede llegar a provocar sentimientos encontrados para una misma persona. De esa forma podría representar un motivo de alegría a la par que ser la causa de la mayor de sus tristezas. Desgraciadamente para mí que tú nacieras significó igualmente que había perdido al amor de mi vida, y esto es un hecho. El último hálito de la existencia de tu madre y mi esposa vendría en el mismo momento en que tú emitiste aquel gritito por vez primera. Con eso siempre he tenido que vivir. No es que fuese culpa tuya, no es eso, aunque sí fuiste la causa. En aquel preciso momento, la salud de tu madre a lo largo de su embarazo había ido empeorando y se hallaba abocada al peor de los finales. Ella misma lo sabía, se le escapaban las fuerzas por esa misma impotencia que se adueñaba de ella. Yo también, aunque tratase de asumirlo con disimulo, estaba desesperanzado. Fuiste motivo de alegría, de gozo, sí, por supuesto. Ver tu rostro, tu primer llanto, tu primera sonrisa, tus balbuceos iniciales, los comienzos de aquellos andares tan graciosos; sin embargo, todo aquello me lleva igualmente siempre a recordarla a ella. En ese momento, una vida se había sacrificado para dejarle paso a otra. Perdóname, hijo, pues ambos acontecimientos nunca he podido, ni puedo ni podré separarlos, aunque conforme has ido creciendo me has hecho sentirme el más orgulloso de los padres. –en un claro tono melancólico aquel impresor manifestaba, muy a su pesar, la traumática experiencia de perder a su esposa en el instante de adquirir la condición de padre.

-Por supuesto, padre, yo también hubiese querido conocerla, ver su primera sonrisa, disfrutar de sus primeras caricias y sus primeras enseñanzas, aunque comprendo todo su pesar y agradezco que nunca me haya abandonado y haya sido siempre el mejor ejemplo a seguir para mí.

Entretanto, mientras aquellas confesiones desvelaban unos sentimientos escondidos durante tanto tiempo, habían dado buena cuenta de aquella gallina que con tanta destreza el muchacho logró atrapar la noche anterior. Ahora ya sólo quedaba apagar aquel fuego que habían usado para calentarse y preparar su pitanza y recoger todos aquellos enseres que llevaban para iniciar el regreso a la población en la que el padre había residido sus primeros años de vida: Híjar.

Sin embargo, más allá de los recuerdos que la fugaz visita hizo recordar al casi anciano impresor y que las sombras de la noche habían ocultado, aquellos visitantes que tomaron la decisión de regresar a una modesta villa turolense no comprendían que sus vidas también cambiarían al igual que el primer Duque de Híjar había hecho con su población al reflejar en su propio testamento la necesidad de la llegada de unos monjes franciscanos con el fin de organizar procesiones. Apenas había percibido los detalles aquel hombre pero la otrora sinagoga de la que su padre Ismael tanto le había contado ya era sólo un recuerdo en su memoria

MANUEL CABEZAS VELASCO

¡OS DESEO FELICES FIESTAS EN ESTOS DÍAS TAN ENTRAÑABLES Y QUE EL PRÓXMO AÑO NOS SEA MÁS PROPICIO!

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