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Camus, hoy

- 5 febrero, 2021 – 13:15Un comentario

Manuel Valero.- Escribía Albert Camus en su libro La peste, que el mal de la epidemia no era solo sanitario, que lo era, sino moral. No es difícil colegir de tal reflexión que un mal, cuando es colectivo y nos amenaza a todos saca lo mejor de cada uno aunque desgraciadamente también lo peor.

Es la condición humana, indomeñable desde todos los puntos de vista, aunque según los transhumanistas está pronto el control de las conductas ensalando la inteligencia artificial, los objetivos de la agenda 2030, incluso la invasión del COVID, que como todo el mundo sabe no ha venido de una galaxia lejana sino de un animal nimio o, para otros, de un laboratorio chino.

Sin entrar en el movedizo terreno de la especulación paranoica – ya veremos en qué queda todo- la pandemia nos ha colocado en un equilibrio imposible entre múltiples intereses. La realidad es que la pandemia contagia, enferma y mata. Y que en ese tren de la enfermedad y la muerte viajamos todos desde marzo del fatídico año de 2020. Para los Gobiernos de cualquier ámbito, es una prueba de fuego, pero también lo es para cada ciudadano tomado de uno de uno.

Es comprensible la confusión y el choque de intereses, y lo es porque sectores básicos de la economía se han visto gravemente afectados. Los hosteleros, por ejemplo, se quejan pero también se quejan los sanitarios que después de salir del hospital tocados física y mentalmente observan los bares abiertos como un pago desafecto y cruel a su extenuante trabajo. Sí, es la durísima bifurcación que pone al limite a los gobernantes que han de elegir entre vidas o economía o encontrar ese punto de equilibrio imposible entre ambas. Tengo por costumbre, antes de exponer mi opinión, pensar en qué haría uno en el supuesto de estar en la mesa de la toma de decisiones. Debo reconocer que tengo que dejarlo porque según el estado de ánimo en función del progreso del COVID y las noticias que nos nutren sobre esta espantosa actualidad, va uno desde la vehemencia del confinamiento puro y duro a un temerario laisser faire y que salga el sol por Antequera.

Lo que es irritante es aprovechar la enfangada charca del puto microbio para hacer política. Insisto:  en este caso me da igual el rojo que el azul por no hablar de otros colores que se van a enfrentar en unas elecciones permitiendo incluso que acudan a los colegios hasta los electores contagiados.

Imaginemos que se levanta la mano, se abren bares y terrazas, se suprimen las fronteras del confinamiento perimetral, etc – que todos estamos deseando-, y a los quince días empieza el bicho y sus variantes a escalar de nuevo. ¿A quiénes hacemos responsables? ¿A los gobernantes que tomaron la medida o a la oposición que le exigió tomarla o las sectores que presionaron ? Cualquier ciudadano normal debe entender que la toma de decisiones en estas circunstancias es de una complejidad inhumana, como entiende que el avance contra el contagio y el regreso a la bendita salud pública normal es una combinación de medidas preventivas, conducta personal,  y pruebas y vacunación al por mayor.

Todos defienden sus intereses pero ¿dónde está ese escurridizo punto de equilibrio imposible entre el interés particular y el general?

La peste camusiana tiene todas la similitudes posibles con lo que ahora está ocurriendo: distorsión en las relaciones sociales, temor colectivo, agotamiento sanitario y el absurdo que supone que la complejidad de la vida pueda sucumbir a un enemigo insignificante… Pero el escritor pone el acento en la solidaridad humana como defensa espontánea ante un enemigo común, desde tres frentes, el científico del doctor Rieux, el religioso del padre Paneloux y el compromiso personal del periodista, Jean Tarrou. Más que las conductas interesadas al amparo de la confusión y abatimiento general, aunque ello suponga ciertas restricciones, en la apestada ciudad de Orán todos, incluso delincuentes, luchan en la misma dirección deseosos de volver a tocarse, de reconocerse con los otros, de considerar la conjunción humana como el mejor antídoto contra el absurdo. 

Economía o salud. Terrible binomio que se entremezcla e incardina. Sin salud no hay economía, si no hay economía hay desempleo y pobreza  e indefectible mala salud social con todas su derivadas, la depresión, el desencanto o el pesimismo.

El mensaje de Camus es moral. Tal vez sea la mejor interpretación que podamos hacer de su extraordinaria novela en esta aborrecible época infectada.

Encontrar ese punto ingrávido perfecto es el reto y el riesgo para quienes gobiernan y para la oposición. Al menos hasta que las vacunas se hagan tan prolíficas como las chuches y los gobiernos atiendan los tremendos zarpazos que el virus infame ha causado especialmente  en los sectores económicos más débiles y podamos hablarnos a la distancia de un beso.   

“No había sitio en el corazón de nadir más que para una vieja y tibia esperanza, esa que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir” (La peste)

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