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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (21)

- 11 febrero, 2021 – 07:382 Comentarios

Padre e hijo llegaron aquel día de mercado a la villa hijarana. Nadie estaba reparando en ellos, pues era frecuente que algún foráneo visitara la villa en esos días de bullicio. En aquellos momentos los pensamientos del padre se tiñeron de melancolía mientras que las reacciones del hijo eran de goce y disfrute ante tanta algarabía.

Vista aérea del barrio judío de Híjar

Tras alejarse de la judería que se estructuraba en torno a la plaza de San Antón, al fin habían llegado a la plaza alrededor de la que se articulaba la comunidad de cristianos viejos y allí es donde se acogía el mercado, cuya concesión había otorgado el rey Jaime I de Aragón el 8 de abril de 1271 a la entonces villa de Híjar, mediante un documento en el que fueron testigos Cancio de la Casa de Rebalenti, Pico de Monte Tharbon, Gonzalo de Benavent y Gonzalo de Alcolano.

Una evidente contradicción se había adueñado de la expresión que mostraba la faz del padre. Y ante aquel gesto, el hijo con una sola mirada interrogó a su progenitor. No hizo falta nada más para explicar lo que por la cabeza del maduro impresor planeaba aquel instante.

Fue entonces cuando el padre se animó a contar al hijo por qué le embargaba tal melancolía en aquel día de mercado cuando habían decidido regresar a su amada Híjar. Era, sin duda, una jornada para estar alegre, aunque alerta; sin embargo, el rostro del padre mostraba una expresión extraña: al mismo tiempo que manifestaba serio también sus ojos comenzaban a expresar no tristeza sino alegría. Era algo que el muchacho desconocía, pero un día de mercado como aquel estaba estrechamente vinculado a la historia de su propia familia: el padre tenía su origen en la relación entre una mujer casada y un muchacho aprendiz de librero que se habían conocido precisamente en un mercado, entonces fue el de Ciudad Real; pero incluso lo que el mismo muchacho desconocía es que la vida había vuelto a dar otra vuelta de tuerca y su padre también conoció a su amada esposa en un mercado, en otras tierras más lejanas, y de ahí la semilla del amor cristalizó y nació aquel muchacho. Pero todo aquello lo desconocía.

Ese día todos esos secretos salieron a la luz, se hicieron presentes, pues su padre tenía la necesidad de comunicárselos.

-Hijo mío, ha llegado el momento de que hablemos de la historia de nuestra familia, de tu madre y de algún que otro secreto que llevo guardando tanto tiempo atrás.

-Soy todo oídos padre.

-Habría que remontarse a un tiempo en el que ni yo mismo vivía. Era una localidad llamada Ciudad Real la que acogió el amor de mis padres, de tus abuelos.

>Aquella ciudad había sido fundada en el siglo XIII por el monarca Alfonso X, aquel que el transcurrir del tiempo lo conoció como El Sabio. En aquella ciudad, tu abuela vivía con su marido, aunque no era allí donde se habían conocido.

-Pero, padre -interrumpió incrédulo el vástago-, ¿no me había dicho usted que aquella fue la ciudad donde se conocieron mis abuelos?

-No me interrumpas muchacho, aunque creas que me equivoqué no he errado y tú tienes razón. Continúo mi relato…

>La villa fundada por El Sabio sobre una pequeña aldea conocida como Pozuelo de Don Gil, iría recibiendo a diversidad de gente de condición dispar, de credos que nada tenían en común, aunque las normas que aquel monarca y sus sucesores habían impuesto no serían suficientes para evitar los conflictos que más adelante se sobrevendrían.

>En aquella villa coexistieron tres comunidades bien diferenciadas: la cristiana, la judía y la musulmana. Cada uno con sus propios edificios, con sus propias costumbres, aunque siempre estando los cristianos por encima del resto.

-Padre, ¿la historia de la familia se remonta tan atrás para que me cuentes desde hace tanto tiempo? –señaló el muchacho.

-Eso, jovencito, lo conocerás más adelante, y no te me despistes que uno ya va entrando en años y si me interrumpes puedo perder el hilo de lo que me queda por contarte y no ir al fondo de la cuestión.

-Disculpe usted, padre. Prosiga.

-Como te iba diciendo, aquella villa estaba formada por cristianos, judíos y musulmanes. El Rey Alfonso X había diseñado que dicha población tuviese una muralla que rodeara toda aquella cantidad de gente, para lo cual diseñó más de un centenar de torreones y, por entonces, a modo de salida a diversos lugares, unas seis puertas que tenían por destino Toledo en el norte o Alarcos en el sur, por citarte algunas de ellas.

>Cuando llegó el siglo XIII casi a su final, hubo un tiempo de conflictos en el que la comunidad judía se vio seriamente atacada por los cristianos viejos, llegándose incluso a la casi total desaparición de la judería existente. Los miembros que sobrevivieron se verían obligados a convertirse a la doctrina cristiana llegando a ser denominados cristianos nuevos, judeoconversos o incluso marranos.

>Esta situación de fanatismo llevaría a muchos de los antiguos judíos a disimular su conversión, de ahí que cuando había transcurrido varias décadas del siglo XIV, el clima existente en la villa, y desde el año de 1420 conocida como ciudad, sería muy convulso y los judíos que quedaban debían soportar cualquier tipo de atropello, y no digamos los ya convertidos a los que realmente no creían en la manifestación de su nueva fe.

>Así estaban los ánimos de caldeados cuando mis padres, tus abuelos se conocieron un día de mercado. Mi madre iba acompañada de una criada para hacer acopio de aquellas necesidades que debían cubrir a la hora de encontrar alimento. En aquella época, su esposo, el soldado Alfonso García, andaba por las tierras del sur engrosando las huestes de los Monarcas, que serían conocidos como Católicos, en aquella interminable guerra que estrechaba el cerco sobre el cada vez más menguante emirato nasrí. Por lo tanto, aquella joven que era sería mi madre, disponía de mucho tiempo libre sin tenerle que rendir cuentas a ningún varón pues ya su padre había fallecido tiempo atrás. Y entonces llegó aquel venturoso día en el que las miradas de una joven esposa llamada Cinta y un mozalbete llamado Ismael se entrecruzaron. El fuego que avivó sus corazones los convulsionó de tal manera que sus vidas cambiarían para siempre desde ese preciso instante. Ya no había nadie más que podría separarlos ni tan siquiera la insistente criada que no paraba de dar codazos a mi amada madre ante lo embelesada que se encontraba al mirar al otro lado de aquel puesto de cebollas y diversas hortalizas. La reacción del muchacho, Ismael, mi padre, tu abuelo, no desentonó respecto a la joven que le mostraba la mayor de las sonrisas. Aquella ternura que desprendían los ojos de la joven derritió a aquel muchacho que iba en busca de algunas provisiones que el librero que lo había acogido de niño le había encargado para dar cuenta de ellas.

-¿Aún le queda mucho, padre? Pues con tanto embeleso de la abuela no vamos a poder comprar nosotros nada con lo que cenar esta noche.

-Tienes razón, muchacho. Continuaré en otro momento con el relato, pues habrá que aprovechar lo que nos resta de este día para que consigamos algún alimento e incluso conozcamos a alguien que nos pueda procurar algún tipo de trabajo.

La llamada de atención del hijo puso a la tarea de encontrar aquellos pocos alimentos que las escasas monedas que portaban se podían permitir. Lo del trabajo parecía que le dieran largas de no haber ni tan siquiera para los que allí residían, aunque cuando la esperanza parecía estar perdida, sonó una cavernosa voz a la espalda del maduro impresor:

-Veo que no sois de aquí y que, aún entrado en años, tenéis brazos fuertes y la ayuda de un chiquillo que para algo le podría ayudar. ¡Volved mañana temprano cerca de la Cuesta del Olmo y preguntad por “El tuerto”!

-Gracias, señor… ¿Con quién tengo el gusto de hablar para dar su referencia? –respondió el recién llegado.

-¡Acaso no es obvio! –levantóse el parche que cubría un ojo.

-Gracias entonces. Mañana estaremos sin falta.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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