‘Feria’, de Ana Iris Simón

Alfonso González-Calero.- Ed. Círculo de tiza, Madrid; 4ª edic. enero 2021. Me venían llegando entrevistas y comentarios (por lo general elogiosos) acerca de Feria, el libro de Ana Iris Simón (Campo de Criptana, CR, 1991); pero cuando leí la reseña que le dedicó en ‘La Vanguardia’ Juan Antonio Masoliver (posiblemente uno de los críticos más ecuánimes y respetados de la prensa española) empecé a comprender que el fenómeno Simón tenía un mayor recorrido.

Masoliver destaca los dos principales aciertos del libro: la originalidad y la autenticidad. Y coincido con él, sobre todo en lo segundo; es un libro, un artefacto, auténtico. La autora insiste en que no ha querido, simplemente, contar su vida, aunque no deja de hacerlo de la primera a la última página. Tampoco puede situarse en lo que ahora viene denominándose ‘autoficción’ (lean a Manuel Alberca, de quien ya hemos hablado aquí, para saber de qué va); sobre todo porque apenas hay ficción; es todo realidad, solo que lo real va y viene en el tiempo, y en el espacio: desde Criptana hasta Ontígola, TO (donde sus padres ejercían como carteros), a Aranjuez o Madrid. Tampoco es un ajuste de cuentas con la familia, sino más bien una reivindicación de sus orígenes: abuelos feriantes (alguno de ellos comunista); unos orígenes de los que no reniega jamás, por más que como una chica joven que es establezca distancias entre las distintas generaciones que van apareciendo en el relato.

Los otros abuelos, campesinos, infunden a la niña, el amor y el apego a la tierra, a las plantas, a los árboles, a la Naturaleza. La mezcla de ambas tradiciones, más el oficio muy social de los padres, carteros ambos, unido a una adolescencia y juventud relativamente desinhibida dan como resultado esta sucesión de recuerdos, contados de una manera muy directa, sin mayores pretensiones de gran literatura pero que justamente consiguen un buen resultado por esa mezcla de espontaneidad y autenticidad a las que antes me refería. Quizá el tono final sea más el de guion o reportaje periodístico (esta es ahora la profesión de la autora) que el de unas memorias al uso. Y de ahí su originalidad, fruto de su frescura y desparpajo.

El salto familiar es del de tres generaciones, unos abuelos encarnados en las pérdidas de la postguerra; unos padres que cambian el arado y la furgoneta de feria por un puesto en el funcionariado de la democracia (la ‘clase media aspiracional’, que dice Ana Iris), y una chica, ella, la autora, en el descontrol el nuevo siglo marcado por una alta formación y una gran limitación de expectativas. Lo que ahora vemos.

Ese recorrido, y el final de las ferias de antes, es lo que ha marcado a la autora y lo que esta nos cuenta con gracia, chispa y decisión firme en este libro.

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