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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (25)

- 11 marzo, 2021 – 07:143 Comentarios

-¡Madre, perdóneme usted si la he molestado! No era mi intención que estuviese preocupada y que por mi culpa pasase un mal rato. ¿Está usted bien? – preguntó el niño entre preocupado y expectante.

Portada de 'La huida del heresiarca' (detalle)

-¡Ay, hijo mío, pues sí que estuve preocupada! Sin embargo, tu padre estaba a mi lado para calmar mis ánimos e indicarme que no podías estar muy lejos, como así ha sido. No debes repetir ese comportamiento, pues sabes que no estamos en una tierra conocida. Además, no desconoces que desde muy pequeño tu salud nos puso en más de un trance y algún que otro susto nos llevamos. Por todo ello, que nos preocupemos por ti es lo normal, pues te llevé en mis entrañas durante varios meses y representas el fruto del amor de tu padre y yo, lo más preciado para nosotros. Así pues, cuando quieras jugar sólo tienes que decírnoslo para así estar más tranquilos, sobre todo yo que siempre me pongo más nerviosa si te ausentas. – aquel diálogo entre madre e hijo se concluyó con el mayor y más cariñoso de los abrazos.

Aquella tierna escena, a unos escasos metros de distancia, era contemplada por el joven protector de ambos. Él mismo se sentía orgulloso del maridaje del que formaba parte. Se había convertido, en pocos años, en un auténtico hombre, un verdadero cabeza de familia, cuando ni tan siquiera había logrado un trabajo estable con el que protegerlos, pero no estaba dispuesto a renunciar a aquella situación por muchos quebraderos de cabeza que supusiera y por muchos esfuerzos que supusiera mantenerlos a flote. En ese preciso instante recordaba los sabios consejos que en la fuga lejos de Ciudad Real recibió de un inesperado y paternal compañero de viaje, aquel que todos conocieron con el sobrenombre del heresiarca y que su familia bien conocía como Sancho de Ciudad.

-Recuerda muchacho que, a pesar de tu juventud, la vida te ha llevado a encarar unas circunstancias que pudieran superar la propia experiencia vivida. Sin embargo, como has de suponer, tienes ante sí un reto o, mejor dicho, dos, pues son dos las personas que ahora dependen de ti, tu joven amada y el niño que acaba de nacer. No debes nunca cejar en el empeño para que esta familia que estáis empezando a construir sufra lo menos posible. Eres su pilar, aunque tu dama es realmente muy valiente al afrontar el reto de abandonar el hogar de su esposo, sencillamente por amor. Eso no debes nunca olvidarlo, pues el precio que ella ha puesto a la llave de su corazón es su propia honra, algo que en los tiempos que corren se pondrá siempre en tela de juicio al encontrarse casada y haber mancillado el supuesto honor de su marido. Si, como me has dicho, aquel que contrajo nupcias con Cinta es un soldado de mal vivir, nunca podréis bajar la guardia ni mostraros tal como sois. Deberéis siempre guardar ese secreto, sólo para vosotros dos, y cuando lo estiméis oportuno, se lo habréis de decir a vuestro muchacho. Pero para ello queda aún mucho tiempo y vosotros debéis caminar por la senda de la madurez con el fin de encarar todas esas adversidades con las mejores armas. Te lo dice ya un viejo que frisa cabellos plateados, y estos no salen salvo porque la propia vida te haya hecho enfrentarte a multitud de adversidades.

-Le agradezco, don Sancho, todos sus consejos. Jamás podré, podremos, olvidar la ayuda que hemos recibido de todos ustedes. Más fácil hubiese sido desprenderse de dos jovencitos como nosotros que suponíamos una carga para alcanzar sus metas lo más rápido posible. No podremos olvidar nunca la ayuda prestada en el alumbramiento de nuestro hijo. A su señora, su nuera y su consuegra le debemos poco más que la vida de nuestro retoño, y eso nunca se podrá pagar por muchos favores que yo le hiciese. Jamás, don Sancho, podré borrar de mi memoria cómo la huida de Ciudad Real nos unió. Éramos unos extraños, unos gentiles o goyim como dicen ustedes, y aun así nos tendieron sus manos y nos ayudaron en nuestra difícil travesía. ¿Qué podría hacer yo sino honrarles al menos con el encargo que usted me propuso de dar a conocer los avatares y penalidades que soportó su comunidad? ¡Apenas serían unas migajas respecto a lo recibido! Espero hacer honor algún día de méritos suficientes para compensar su ayuda.

-Nadie podría hacer más por mi de lo que tú estás dispuesto a hacer, muchacho. No se trata del cuánto sino del cómo. Los avatares de la vida nos conducen a ponernos la mayor de las pruebas. Así es como uno va madurando, va creciendo, hasta que llega un momento que uno, como a mí ya me sucede, va menguando pues la vida es un ciclo y si cuando nacemos necesitamos ayuda para ir creciendo por estar indefensos, cuando llega nuestro ocaso volvemos a necesitarla pues la fuerza que tuvimos en nuestra plenitud va desapareciendo.

-Aún así, don Sancho, no podré dejar de pensar en usted y los suyos pues ya son parte de mi historia, de mi propia familia. No lo digo por otorgarle lisonjas inmerecidas sino todo lo contrario. Un hombre de su posición…

-¡Ismael, Ismael! ¿Dónde tienes metida ahora la cabeza? – interrumpió bruscamente Cinta el ensoñamiento de su amado.

-¿Quéee ocurre, amada mía? – respondió desconcertado.

-¡Acaso no ves donde te has metido! Ahora tendremos que esperar un poco más a que se seque tu ropa, pues vaya pinta que llevas. – le recriminó la joven.

-¡Ay va! Ni me di cuenta de por donde estaba pisando. Me hallaba ensimismado viendo vuestra conversación lo que luego me llevó a recordar otras cosas y ¡qué cabeza la mía! – respondió.

Las risas entre los tres, padre, madre e hijo, no se hicieron esperar ante la cómica escena protagonizada por el joven padre. Ismael había ido a parar al río del que se suponía había ido en auxilio de su vástago. Sin embargo, no fue así, sino a la inversa. La cabeza del otrora ayudante de librero y aprendiz de impresor no estuvo demasiado pendiente de donde metía los pies. Encharcado hasta por encima de las rodillas se hallaba y apenas quedaban dos horas de sol intenso con las que secarse, aunque para ello lo mejor sería desprenderse de los ropajes para que estirados en el suelo llegasen a desecarse con mayor rapidez.

-¡Ven aquí Ismael que ya tienes la ropa seca! – indicó Cinta con premura, tras haber comprobado que la vestimenta de su pareja se había secado en su totalidad. Habían transcurrido apenas dos horas desde entonces.

-¿No me las podrías acercar tú misma?, pues estoy quedándome helado. – manifestó el muchacho, provocando la dulce sonrisa de la joven.

-No creo que a estas alturas tengas nada nuevo que enseñarme, ¿no? – respondió con sorna.

-¡Anda, por favor, que me voy a quedar helado!

-¡Ay, Dios mío, el hombretón éste qué blandito nos ha salido ahora! ¡Toma y vamos a recoger enseguida!

Escondiendo nuevamente una sonora carcajada, Cinta aceleró el paso e indicó a su retoño para que la ayudase a poner los enseres que poseían a lomos de la acémila y así iniciar la marcha. La ciudad de Zaragoza era su destino, aunque sabían que debían darse un poco de prisa pues las sombras de la noche se les podrían echar encima. Habían descansado lo suficiente para poder incrementar la marcha.

De nuevo, una vez enfundadas las vestimentas tras el accidentado remojón, Ismael cogió las riendas de la acémila, tras haber aupado al jovencito que esbozaba una enorme sonrisa al sentirse desde aquella altura el rey del mundo.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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