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Día de besos con versos

- 21 marzo, 2021 – 13:378 Comentarios

Manuel Valero.- Dice la almanaquería oficial y globalista que hoy es el Dia Mundial de la Poesía. Una onomástica de tal calibre, la celebración planetaria de la estética sentimental de la palabra, debería hacer que el mundo se detuviera por un momento en el filo del abismo y obrar el sortilegio de su disfrute.

Sin embargo, amaneces al mundo huérfano de poseía y te preguntas donde reside, a qué lugar remoto se ha ido a arrumbarse para siempre, cuando no se amustia  en las baldas de la biblioteca donde convecinan los poetas de todos los tiempos.

La poesía es un estremecimiento que dura lo que dura un verso y tiene réplicas menudas que te acompañan durante el día, cualquier día, no solamente el día universal que la proclama. Siempre está por ahí, suelta y deshilachada, en las cosas insignificantes y en los grandes alardes de los hombres. La poesía es sabiduría, un poco mistérica y ahonda como un bisturí de cirujano los vericuetos insondables del alma humana. Diría Oscar Wilde que como todo lo inservible por ser fugaz, de destello errante, como una belleza que se contempla en toda su nitidez y luego se  va desvaneciendo como un espejismo, la poesía sólo sirve para aliviar el tormento, añorar lo perdido, revivir el tiempo que se nos fue entre los dedos. De cualquier corazón sensible puede brotar un verso, luego hay que darle la forma esencial que lo hace imperecedero. Como Walt Witman que pintaba prodigios con los elementos más sencillos de su observación, como Baudelaire y sus  demonios, como García Lorca y su mitología costumbrista hasta que lo deslumbró Nueva York. O como Pablo Neruda: “Si me preguntan qué es mi poseía, les digo que no lo sé; pero si le preguntan a mi poseía, les dirá quien soy”.

De la inutilidad wildeana de todo lo bello que solo se consagra en su observación a los poetas sociales y visionarios. “La poesía es un arma cargada de futuro” que decía Gabriel Celaya. Y de pasado, que digo yo. La poesía es eso, la lucha denodada contra el tiempo para rellenar los huecos que nos dejó en vivencias no vividas, en heridas que cicatrizan con lentitud de buey. Y luego el arrebatado testimonio de lo social bruñido de un lirismo directo, que golpea al lector como lo hace el guante de boxeador. Vientos del pueblo, me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta. Qué grande Miguel Hernández, brutal, elemental como todo lo auténtico de la vida y qué grande Antonio Machado en su profunda sobriedad provinciana. Y que grande Pedro Salinas:

Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

La historia de la Humanidad es un poco la historia de los grandes poetas que pusieron nombre a la complejidad de los sentimientos, sin adornos de superficial impostura.

Para los escritores en prosa, entre los que me incluyo, porque es lo que he estado haciendo a lo largo de mi vida, hay un temor irremediable a hollar en la movediza arena del verso. Entre lo sublime y lo ridículo hay el grosor de un pelo. Pero aún así, hasta en el ripio más parvulario hay un destello de ternura si se escribe con sinceridad.

Es un alivio comprobar cómo en estos tiempos de redes endemoniadas que nos tiene a todos presos en sus panzas de faena pululan como setas los talleres para que la gente se inicie en el oficio de la escritura. Yo los he visto casi por cientos y casi todos inducen a la iniciación de la novela en cualquiera de sus temáticas. No he visto talleres o cursos de inicio a la poesía. O son muy pocos. Tal vez porque se trata de un trabajo de orfebrería en que se dan cita el talento natural y la maestría de encontrar la palabra justa, natural, sin fórceps, que como dijo Lorca unida a otra palabra revela un misterio. Escribir una novela es más fácil que hilvanar un buen poema porque la novela es un tratado de hechos y circunstancias en que se desenvuelven los personajes. En un poema, un buen poema, el poeta llega al tuétano del lector en apenas treinta líneas… o cuatro. Es por eso que las redes, a pesar de la carencia de maestros poetas han prodigado la poesía breve, pulsátil, inmediata, que ya andan estudiando los eruditos del sistema.

La poesía es tan necesaria como el agua que bebemos, porque en el tiempo exacto de su lectura transgredimos hasta las leyes de la física al poner a hervir los sentimientos humanos incluso de los hombres más inhumanos. Hasta el movimiento obrero revolucionario, tan materialista,  se dotó de una letra para  la banda sonora de la Internacional:

Arriba parias de la tierra, en pie patética legión.

Sin rodeos. Un llamamiento explícito.

Con apenas dos versos ya estaba dando en el clavo del sentimiento colectivo de la hermandad y solidaridad universal aunque todo, como todo lo inservible (Wilde, otra vez) la letra obrera se quedara en el bello enunciado y la praxis en una larga novela, a veces, infumable.

¡Vaya si la necesitamos en estos tiempos de pandemia global, de Juego de Tronos local! Nada tienen de poético los enredos palaciegos de la clase política

Pero ya sea a un olmo viejo, al canto a uno mismo, al duelo de la muerte,  al amor idealizado o carnal, a la loa épica de los heroes… la poseía ha seguido su camino entre aquellos elegidos que la han tratado con la exquisitez de los corazones limpios.  O tortuosos, pero limpios. Desde los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo

Era un simple clérigo pobre de clerecía
dicié cutiano missa de la Sancta María;
non sabié decir otra, diciéla cada día,
más la sabié por uso que por sabiduría.

A cualquier verso del poeta cubano Silvio Rodríguez

¿adónde van las palabras que no se quedaron?
¿adónde van las miradas que un día partieron?
¿acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?
¿o se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor?
¿acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿acaso nunca vuelven a ser algo?
¿acaso se van?
¿y a dónde van?
¿adónde van?

Pasando por una lista primordial e interminable de cuantos poetas y poetisas han sido. Cojo al vuelo, Alfonsina Storni

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Y si me permiten la osadía, les añado uno de un servidor, superado ya el pudor de los inicios (lo mío es la narrativa). Todo sea por mi granito  de arena en este Día tan oficial y protocolario de algo que en verdad no lo necesita.

No vengas
Déjame en esta soledad vieja
Porque duele cuando te vas
¡y es tan dura la soledad nueva!

Buen día de besos con versos.

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