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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (28)

- 5 abril, 2021 – 16:002 Comentarios

La partida se había reanudado y el muchacho, bien sujeto y a lomos de la acémila, había descansado lo suficiente como para iniciar aquella travesía que se prolongaría durante varias horas y que aún les restaba para alcanzar la ciudad de Zaragoza.

Detalle del Mapa geológico de España y Portugal, D. Federico de Botella y de Hornos, 1879.

Aquellos a los que los últimos rayos del día les podrían estar acechando para dejarlos en la mayor de las penumbras antes de llegar a aquella gran ciudad, sabían que el paso firme habría que acelerarlo lo más posible. Por ello, en aquellos momentos no pareciera que los ánimos de los miembros de aquella familia estuvieran para muchos temas de conversación. Como principal objetivo se habían planteado llegar a aquella ciudad antes de que anocheciera, redoblando sus esfuerzos lo suficiente hasta que no dieran más de sí. En pleno esfuerzo, ya comenzaban a imaginar aquel universo en el que estaban a punto en adentrarse.

-Ismael, puesto que ya conoces bien cómo y por dónde llegaremos a las murallas de Zaragoza y quizás no podamos atravesarla en la noche de hoy, deberíamos pensar en buscar un lugar donde refugiarnos y ya mañana veríamos con más calma dónde nos hallamos exactamente, ¿no crees? Si no recuerdo mal, me pareció escucharte hablar con Eliezer Alantansí y él mismo te dio algunas indicaciones de la parte de la judería que se hallaba fuera de aquellos muros, aquellos que la formaban ciertos sectores que llamaban callizos y es lo que deberíamos averiguar en cuanto estemos cerca de allí. Pero, y es más urgente que lo que te he dicho, antes nos convendría localizar algún abrevadero, fuente o manantial donde saciar un poco nuestra sed, pues en estas tierras bañadas por el río Ebro ninguno de ellos debe faltar según me contó mi difunto padre que ahora tanto echo de menos. Además, por la cara que tiene nuestro hijito, creo que es el que más necesita beber un poco de líquido… y ya de paso los haremos nosotros también. ¿No te parece amado mío?

-Por supuesto que estoy totalmente de acuerdo con todo lo que estás diciendo, Cinta, pues este jovencito ya parece que se encuentra algo cansado y necesitado de beber el agua que no se tomó en el río Aguasvivas cuando unas horas antes acabé metido yo mismo en remojo tras alejarnos de la llana Zaylla ¿o era Azailla como se llamaba aquel lugar pues no lo recuerdo bien?; y después que acabásemos alcanzando Quinto ya va siendo hora de que calmemos nuestra necesidad de líquido. –comentó socarrón a la vez que le hizo un guiño de complicidad al muchacho. Ese comentario provocaría la risa de los tres, relajando el ambiente de cansancio que se había adueñado de sus rostros. De ello ya llevaba percatándose desde hacía un largo rato el avispado muchacho tras alejarse de aquel asentamiento de origen romano que se convirtiera más adelante en baluarte para los árabes, de lo que eran testigos sus torreones, y que más adelante fue pasando por las manos de varios señores feudales–. Además, poco más podríamos hacer en esta noche salvo encontrar un lugar donde guarecernos lo mejor posible. Ya, por la mañana, con la claridad del día iremos conociendo paso a paso el lugar y nos dirigiremos en la búsqueda de la imprenta de los hermanos Hurus, pues según me dijo Eliezer el más afamado y más tiempo lleva en el mundo de la tipografía es uno que se llama Pablo, aunque parecía estar lejos de Zaragoza hasta no hace mucho tiempo, aunque su hermano Hans, o Juan para nosotros, también podría ser digno de confianza pues nuestro médico de Híjar me habló incluso de que llegó a imprimir algún libro de un rabbí aquí en la mismísima Zaragoza. Así que tendremos que probar suerte, aunque también no debemos asumir riesgos innecesarios que pongan nuestra vida en peligro.

-Como siempre, sabes que tengo plena confianza en ti y aceptaré lo que propongas pues todo lo haces por el bien de nuestra familia, la que hemos formado con este pequeñín y de la que me siento muy orgullosa y feliz de pertenecer.

-Yo sí que me siento dichoso, primeramente, de haberte conocido y llegar a lo más hondo de tu corazón, pues nunca pude conocer familia alguna y puedo disfrutar ahora de los dos seres a los que más quiero.

La ternura de aquella conversación los condujo a estrecharse en un cálido abrazo, siendo testigo de ello el fruto más preciado de aquel amor, su pequeño, que intuitivamente estiró sus brazos reclamando ser parte de aquel caluroso achuchón.

Tras recomponerse y haber satisfecho la sed todos los integrantes de aquella travesía en la nueva localidad visitada, Fuentes del Ebro, integrante desde hace poco más de dos décadas del Condado de Fuentes, sus ojos mostraron cierta alegría al contemplar las dimensiones de la población que ya alcanzaban con su vista. Estaban ya muy cerca de la otrora Caesaraugusta, la Medina al-Baida Saraqusta de los árabes, que fuera conquistada por Alfonso I El Batallador, convirtiéndose poco después en capital del Reino de Aragón, y más adelante en el centro de la Unión Aragonesa. Nada más y nada menos tenían ante sí una ciudad de tan largo pasado y tan enorme relevancia, aunque su alegría de pronto se tornó en una insospechada prudencia ante las dimensiones de aquel gigante tan desconocido.

Una vez más, la cautela debió caracterizar el comportamiento de aquellos jóvenes padres, tal y como les había aconsejado el judío Eliezer. Eran unos tiempos turbios en los que la instauración del Santo Oficio había provocado cierto malestar. En tierras de Aragón llegarían tales altercados a provocar que la diócesis de Teruel, Albarracín y la parte aragonesa del Obispado de Segorbe pasasen a formar parte del tribunal de Valencia. Incluso ya desde el asesinato del inquisidor Pedro Arbués a mediados de septiembre de 1485 en la Seo de Zaragoza perpetrado por los secuaces del huidizo converso Juan de Pero Sánchez, en aquel adverso clima de imposición de este tribunal por el rey Fernando, había provocado que el cerco sobre la estirpe de los conversos se estrechase aún más, tratando de eliminar a todos aquellos que no fuesen fieles al monarca. De hecho, la conjura surgida en casa de Micer Montesa días antes traería como consecuencia que el propio rey Fernando cediese el Palacio de la Aljafería al Santo Oficio para garantizar su mayor seguridad, además de que los ánimos exaltados derivaron en insultos al propio lugarteniente real, Juan Fernández de Heredia, ofensas que propiciarían la ejecución pública del jurado segundo, el electo jurado en cap Martín de Pertusa. Una mera curiosidad de aquel momento sería que ni tan siquiera los desvelos del médico judío que atendió en su languidecer al inquisidor Arbués durante los pocos días que se prolongó su agonía, fueron suficientes para salvarle la vida. En aquel momento la ciudad de Zaragoza se vio consternada ante tan fatales acontecimientos.

Asimismo, la ciudad a la que una noche llegaron Cinta e Ismael años después de ocurrir tales sucesos distaría mucho de la semejanza de cualquier población que habían visitado hasta ese preciso instante, pues su propia magnitud la había llevado a quedar estructurada en dos partes diferenciadas, existiendo un enorme término municipal que se hallaba extramuros y el recinto principal de la ciudad que se encontraba amurallado, y corriendo paralelamente a esta un coso que se subdividía en varios tramos: el Coso de Talada, desde el Mercado a la Calle Cerdán, el Coso de Segueros, entre la Puerta Nueva y el trenque de Ximeno Gordo, el Coso de Carabaceros, desde el trenque anterior hasta la puerta Cinegia, el Coso de Pelliceros, desde la Puerta Cinegia hasta el trenque del Tesorero, y desde aquí hasta otra calle para finalmente alcanzar el Coso de la Judería, cuyo final estaba en la Puerta de Valencia. De todo ello le había hablado Eliezer a Ismael, y cada vez que lo imaginaba comprendía la relevancia de aquella enorme población.

Las puertas principales que se distribuían por aquella muralla eran las de Toledo, Cinegia, de Valencia y del Puente. A ellas se habían unido numerosos trenques y postigos cuya apertura se manifestaba a lo largo de aquel recinto amurallado. Aquel espacio se hallaba compuesto por tres núcleos bien diferenciados: los barrios cristianos, agrupados en unas quince parroquias, la Judería, y la Morería. Una de ellas sería el destino inicial de los nuevos visitantes que se acercaban a la otrora Caesaraugusta.

El padre junto a la madre y el hijo, siguiendo estos dos últimos las precisas indicaciones del primero, sabían que debían encontrar un lugar donde establecerse, aunque apenas eran conocedores de los vericuetos que escondía aquella milenaria ciudad. Su pasado, desde los romanos hasta los musulmanes, la había llevado a adquirir cierta relevancia en aquellas tierras de Aragón. Era una capital con una dilatada historia, y a ella venían dos jóvenes padres que apenas tenían conocimiento de grandes ciudades pues en sus peripecias habían tratado de sortearlas para pasar lo más desapercibidos posible, aunque la ya lejana Valencia había sido la única excepción cuando se hubieron despedido de sus amigos conversos, aquellos que iban liderados por Sancho de Ciudad. Ciudad Real e Híjar, sin duda alguna, se habían convertido en sus dos grandes referencias, localidades sin el peso específico ni el dinamismo social ni económico que desde hacía mucho tiempo había caracterizado a la urbe zaragozana a la que ya divisaban en sus tierras extramuros.

La mirada de Ismael mostraba cierta concentración y preocupación pues sí sabía el objetivo que pretendía aquella noche, pues antes de encontrar la imprenta de los hermanos Hurus, debía acceder a la judería para poner a buen recaudo aquellos documentos tan preciados que conservaba, tal y como le había aconsejado su amigo y maestro Eliezer Altantansí. Por ello, sabía que, aunque aquella misma noche se alojasen cerca de la parroquia de San Miguel, a la mañana siguiente debían encontrar el acceso a la judería intramuros próximo a la Puerta de Valencia, dejando metros atrás el mismísimo fosar de la Magdalena.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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2 Comentarios »

  • Charles dice:

    Relato bien documentado. Es cierto que la imprenta se desarrolló en Zaragoza debido a que era una ciudad episcopal, y había una necesidad clara de transmitir la ortodoxia, los textos eclesiásticos, etc. Aunque también es cierto que había 3 ó 4 imprentas de cierta calidad en esta ciudad mientras que en otras ciudades como Venecia existían más de 60….

  • Manuel Cabezas Velasco dice:

    Gracias Charles de nuevo por tu seguimiento y tus acertados comentarios. Un saludo

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