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El silencio de la tierra y el resurgir de nuestros árboles

- 20 abril, 2021 – 21:10Sin comentarios

Natividad Cepeda.- Los jóvenes almendros plantados en hileras acarician la mirada de quien los mira. Los hemos traído hasta nosotros buscando no abandonar la tierra que nos tiene que alimentar, incluso en tiempos de peste de pandemia. El viñedo clavado en nuestra sangre no basta para tapar agujeros que anuncian ruina

Los vestigios de los almendros nos han acompañado en cunetas y caminos. En corrales que de ponto brotaban y se dejaban crecer como dádiva venida del cielo. El almendro y la higuera los he visto brotar buscando renacer  en huecos de piedras y areneros. En Tomelloso surgen brotes de higueras espontáneos en el letargo sombrío de las lumbreras de las cuevas. Se asoman buscando la luz para renacer después de muchos años en las que fueron talados sus troncos sin que viéramos ni adivináramos, sus ocultas raíces.

Y es un prodigio ver emerger en la penumbra de las lumbreras, que ya no se encalan porque muchas de esas casas están cerradas, pugnar por asomarse a la luz de la calle los brotes de las hojas de higueras. En el pasado la higuera deba sombra y fruto a las familia y cuando avanzaba el verano y había exceso de cosecha de tomates en las huertas de Tomelloso, el precio se abarataba y en las orzas de barro de los alfares de Mota del Cuervo, de La Solana o Villafranca, compradas en los puestos de cacharros de la feria de finales de agosto, se echaban los tomates en sal, que se cubrían con hojas de higuera y se llenaban con el agua de algún pozo tomellosero que no había sido echado a perder sus aguas por los contaminantes de las filtraciones de las alcoholeras. 

Antaño, las mujeres ancianas con pocos recursos, aconsejaban hervir durante cinco minutos unas hojas de higuera o rezar unos credos y filtrada la infusión tomarla endulzada con miel  para curar las toses tercas y duraderas. También se machacaban en el mortero y se ponían sobre folículos para reventarlos. Con la leche de las higueras aplicadas a las verrugas se eliminaban pasados unos días…Leche de higuera para picaduras de tábanos y mosquitos… 

Enmudezco ante el alma callada de la tierra que aguarda con su gran potestad cuidar las semillas preciosas de los árboles. Y ante esa fuerza emergente, yo, que soy huésped de paso, siento que todo lo que hay a mi alrededor es sagrado. Y lamento que con tanto coloquio expuesto en plataformas de información, se eluda trasmitir lo que más importa, la vida en el conjunto humano con la naturaleza.

Abril por esta alta meseta se abre en verdor de pequeñas hojas temblorosas ante el viento o el calor repentino sin apenas transición del frío al paso suave de la primavera. La tierra a pesar de estar cubierta con capas de asfalto de negro alquitrán, cuando se resquebraja, enseguida empuja semillas depositadas en su seno para que vuelvan a la vida. Antes en las casas había corrales  y patios donde la higuera daba sombra y frutos junto a las parras y los membrillos.  En los mercados y tiendas los sacos llenos de higos secos  se compraban por kilos, los hombres se los llevaban en talegas de tela para la semana en el campo. Eran consumidos por otros oficios masculinos y femeninos por su bajo coste y la energía  que aportaban. Almendras guardadas para cocidas añadirlas al mostillo, a la comida de la pepitoria guisada para bodas y comidas familiares. Con miel se hacían las almendras garrapiñadas y tostadas en sartén con sal se servían en aperitivos.

En Cámaras y alacenas se guardaba el arrope y la carne de membrillo junto al tomate seco y los higos. Todo se aprovechaba y se respetaba a los árboles, no solo a los frutales caseros, también a las encinas y allozos silvestres. En caminos y cunetas, en descampados y montes bajos no había basuras ni botellas ni latas de bebidas. Se nos educó para respetar nuestro entorno. Se nos enseñó la dependencia que tenemos de la naturaleza como legado sagrado que hemos de trasmitir a los que vienen detrás de cada uno de nosotros.

El esparto verde y machacado en manojos era trabajado en los días lluviosos por mis abuelos, de ellos aprendí a entrelazarlo y a distinguirlo. Teníamos una cultura de supervivencia que se ha olvidado. Como se ignora los telares manchegos que hubo trabajado por mujeres. En una de las cámaras familiares descubrí un telar y todos sus enseres, hasta la parafina que se empleaba para el hilo y la lana. Cuánto se ha perdido de esa cultura que respetaba la vida de las plantas y la vida de las personas.

Ahora se vuelve como novedad a los huertos urbanos. Y se abandonan los cultivos por su escasa rentabilidad. Me pregunto, ¿cuántas generaciones  pasarán hasta descubrir que la tierra y nosotros somos un Todo?

Natividad Cepeda

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