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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (31)

- 27 abril, 2021 – 13:164 Comentarios

Habían alcanzado la zona sudoriental de la ciudad de Zaragoza, aquella donde la judería se había instalado desde finales del siglo XIII. Fue una zona de gran relevancia que poseía varias sinagogas, diversos centros de asistencia, beneficencia y enseñanza, baños públicos y rituales, hornos, tabernas, carnicerías e, incluso, un cementerio.

Detalle de la judería en la ciudad de Zaragoza del siglo XV (FUENTE: Falcón Pérez, María Isabel: Zaragoza en el siglo XV: morfología urbana, huertas y término municipal)

Tenían la intención de pasar desapercibidos pues eran cristianos y el territorio en cuestión tenía judíos y conversos que no confiaban demasiado en los que creían en el símbolo de la Cruz. Un lugar para pasar la noche había sido la decisión más acertada y obligada hasta que se encontrasen con las primeras luces del día y averiguasen qué más podrían hacer. Sería entonces cuando tendrían que ponerse en contacto con aquellos que Eliezer les había recomendado, algunos de los que residían en la judería intramuros de aquella gran ciudad, pero eso ya sería una cuestión por resolver en el día de mañana. En el recodo de una calleja donde no parecían estar muy a la vista decidieron pasar aquellas horas nocturnas.

Enseguida, como si de un lapso se tratase, comenzaron a aparecer los primeros rayos de sol y, viendo como se dibujaba el entramado urbano de la amurallada ciudad zaragozana ante sus ojos, decidieron levantar el vuelo para iniciar la búsqueda. Sin embargo, no todo estaba planificado en aquel día…

-Amado mío, ¡espera un momento! ¡A nuestro hijo le ocurre algo, ya que su frente está ardiendo de fiebre y parece que no puede tenerse en pie! ¡Debemos pedir ayuda! –Cinta, en voz baja, aunque reprimiendo el grito que la ahogaba ante la dolencia de su vástago, avisó a Ismael.

-¡Dios santo! ¡Tienes toda la razón! No podemos buscar nada más que a alguien que nos otorgue su ayuda. Estamos en territorio de hebreos, cuna de excelentes médicos. Habrá que correr el riesgo y encontrar a alguien que nos eche una mano. ¡Nuestro hijo es ahora lo más importante! –respondió sobresaltado al comprobar el mal estado del muchacho– ¡Quédate aquí con nuestro hijo, pues voy a intentar encontrar un físico lo más pronto posible!

-Aquí te espero, amor mío, y date prisa, ¡por Dios! –respondió asustada la joven madre.

Las desconocidas calles de aquella judería a las que había accedido por la Puerta de Valencia le hacían estar alerta y a la vez preocupado por quien más importaba en su vida, su propia sangre, su primer hijo varón, aquel que consolidó la relación con el amor de su vida, Cinta.

Una y otra calle le encaminaron a un edificio cuya fachada le resultaba más bien familiar, pues ya había conocido algunos de ellos. Era una de las sinagogas existentes en aquella ciudad de Zaragoza, aunque desconocía cuál podía ser. Fue, en ese preciso momento, cuando alguien se disponía a acceder a ella, pero Ismael le cortó precipitadamente el paso:

-¡Discúlpeme, señor! Necesito que me diga dónde podría encontrar un médico, pues me es muy urgente.

-Perdóneme, joven, ya que yo mismo le podría acompañar, aunque tengo mi instrumental un par de calles más abajo. El ejercicio de la medicina es uno de mis oficios. Puesto que su rostro no me es conocido y tan grande es su premura, supongo que no hay tiempo para dar explicaciones en este momento. Me las dará por el camino. Acompáñame pues –respondió aquel converso que, tras la instauración de la Inquisición, se había convertido en la sombra de lo que había sido, trasladando su lugar de residencia más allá de las murallas, pasando desapercibido y huyendo de miradas inquisitivas de envidiosos y cristianos viejos.

-Le sigo entonces, señor.

Ismael y su nuevo ángel de la guarda aparecieron como si de una señal se tratara. Un golpe de suerte le había llevado a encontrárselo por el camino, en una situación tan agobiante como la de localizar a alguien apenas recién llegado a un lugar del que nada conocía.

-Dime, muchacho, ¿con quién tengo el gusto de hablar? ¿qué me puedes contar de la urgencia que te ha llevado hasta mí? –preguntó el médico.

-Me llamo Ismael. Tengo un hijo que he dejado unas calles más allá en brazos de su madre. Desconozco cuáles son sus nombres, aunque le puedo decir que está muy cerca. Mi vástago tiene la frente muy caliente, apenas se mantiene en pie… No me ha dado tiempo a saber nada más. ¿Qué le ocurre a mi hijo, señor? –resumió al matasanos lo poco que conocía de la situación del niño.

-Está bien, muchacho. Aunque por mis venas corre sangre de médicos muy ilustres que estuvieron cerca de la corte aragonesa, nunca dispuse de tantos medios como para haberme convertido en estudiante de medicina ni incluso logré tener la fortuna de recibir ningún privilegio real que evitase llevar una rodela como entonces sucedía o que se me concediese el acceso a la formación médica necesaria. Además, mi conversión al cristianismo ha sido puesta en duda. Todo ello me lleva a usar mis conocimientos hospitalarios sólo en las ocasiones en que mis vecinos de confianza me requieren, pues aún poseo algún que otro libro que me legó mi padre y al que ayudé en más de una ocasión. En cuanto a mi nombre, me llamo Juan, aunque si preguntas por ahí debes hacerlo más bien por Alazar “El judío”, y enseguida te podré servir de ayuda –respondió.

-Muchas gracias, señor Alazar.

-No, hombre, con Juan es suficiente, y guíame hacia donde están tu hijo y tu esposa.

Desandando lo que Ismael había previamente andado, apenas le costó esfuerzo recordar dónde se habían quedado su amada y su retoño.

-Al lado de aquella casa, en esa especie de callejón, señor… Juan –indicó dubitativo al metge judío.

-Buen lugar para pasar desapercibido habéis elegido –precisó el oportuno salvador, dando muestras de cariño ante los nervios que su guía había mostrado.

Alcanzaron el recodo donde se escondían, cuando los rayos de sol estaban a punto de desaparecer. En ese momento Cinta se percató de la llegada de su amado con alguien que no había visto hasta entonces, aunque advertía que ambos traían un rostro que transmitía cierta tranquilidad.

-Buenas tardes, señora. Me llamo Juan Alazar, soy barbero y lo que vosotros conocéis en Castilla como físico, metge en aragonés, cuando la ocasión lo requiere. Su esposo me ha explicado la situación. ¿Dónde se encuentra el muchacho?

-Aquí detrás, Mosén Alazar ¡Dios le bendiga! –respiró aliviada la joven madre.

El judío que hace una década se había tornado al cristianismo llegó hasta el jovencito, le miró con ternura, palpó su vientre, trató de comprobar la temperatura que aquel cuerpo desprendía. Miró entonces a los progenitores y les dijo:

-¿Cuánto hace que no coméis algo en condiciones?

El rubor, ante la responsabilidad que como padres debían ejercer, tiñó las caras de ambos, y el padre respondió:

-Apenas probamos nada en todo el día. Un mendrugo que quedaba se lo comió el muchacho esta mañana… y agua tampoco nos quedaba, por lo que le di a probar algo de vino al muchacho.

-Me lo temía. Este desfallecimiento es consecuencia de aquello e incluso el pan no debía estar muy en condiciones o ser poca cantidad, por lo que debe recomponer su estómago y recuperar algo de fuerzas para ello, además de que un poco de descanso tampoco le vendría mal.

-Señor, gracias por vuestra ayuda, aunque apenas tenemos nada ni para pagarle por la ayuda recibida. ¿Qué va a ocurrir entonces con nuestro hijo? –respondió su madre, aunque mirando con un aire de recriminación a Ismael, al descubrir que le había dado vino a su hijo.

-No os preocupéis pues todo tiene solución. Ismael ya conoce donde está mi casa que, aunque es modesta, servirá para que paséis la noche y el tiempo de más que necesitéis, y así el jovencito puede volver a daros la lata que esos vivos ojos parecen demostrar.

-No sé cómo os lo podré agradecer, señor… Juan –enjugándose el rostro ante el asomo de algunas lágrimas que la situación de impotencia le había provocado, respondió el padre, además de sentirse avergonzado ante su amada.

-Pídame lo que quiera, señor. No podría negarle nada, pues a este que dice ser un hombre ya ve que poco puedo requerirle con lo que acabo de enterarme –agradeció Cinta al judío, al mismo tiempo que mostró su enfado con Ismael.

-No os preocupéis, tampoco es para iniciar una discusión por algo que más común de lo que cree, señora. Ya sólo me queda preguntar al joven. ¿Cómo te encuentras, muchacho para ponerte en pie y caminar hasta mi casa? –en tono paternal se dirigió al muchacho.

-…Podré señor, aunque con un poco de ayuda, pero podré –respondió aún débil por la flojedad de sus extremidades que no parecían sostenerle muy erguido, a lo que respondió su apesadumbrado padre cogiéndole entre sus brazos.

Escasa ya era la luz que restaba de aquel astro solar que alertase de su presencia. Con rostros con muy diverso talante, el barbero y metge sin título y los cristianos se encaminaron hacia la morada del primero, próxima a los otrora baños judíos, no muy lejos de la Puerta de la Carnicería de los Judíos y de su Sinagoga Mayor, conocida también como Becorolim o de los Enfermos. Lo demás ya sólo el tiempo lo repondría.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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