Jack London: Relatos

Emilio Morote Esquivel.- «Nosotros somos lo inevitable. Somos la culminación de la injusticia social e industrial. Nos volvemos contra la sociedad que nos ha hecho. Somos el triunfante subproducto de nuestro tiempo, el azote de una civilización degradada.»

Con estas palabras −claras y adecuadas al tono de su ficción−, se define un personaje de un cuento de Jack London que ahora anda en boca del paisanaje consumidor de papilla subnormal merced a cierta adaptación televisiva para después de comer, ese rato del día en que el ciudadano se regodea en aquello de haberse librado del hambre, de momento, hasta la próxima comida. «Los favoritos de Midas», relato de tinte anarcoide en su vertiente dinamitera e incluido en este volumen, es quizá el cuento definitivo de Jack London. Queremos decir, «definitivo» para aquellos que no tengan tiempo ni ganas ni vacaciones sin teléfono móvil para introducirse en la vasta obra cuentística de un señor que conoció el rencor, la miseria y el decimonónico ergástulo para muertos de hambre, o sea: el trullo. Luego conoció la fortuna, la fama y la simpatía interesada de los mismos y las mismas (aquí, lenguaje inclusivo, que luego verán) que le habían despreciado cuando no tenía dinero ni para comprar papel en el que escribir. Por cierto: Jack London escribía a mano, hasta que alguien le avisó que si quería que los editores de su tiempo le aceptaran manuscritos estos habían de ir mecanografiados.

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De su estancia en los dos lados de la línea que separa a pobres de ricos, a propietarios de desposeídos, a burgueses de obreros y aun de desechos sociales de las calles, Jack London concluyó en sus cuentos que la gente es más mala que el balagre. En sus historias, contenidas en este volumen publicado por la editorial Cátedra, los seres humanos se hacen la vida imposible, se odian, se matan y hasta se devoran entre ellos. Homofobia, machismo, clasismo, intolerancia, violencia, sadismo, dominancia, abuso, racismo, xenofobia, mal rollo y polacadas varias. Todas las virtudes y defectos del hombre blanco, protestante y anglosajón de clase media, media alta y alta se dan cita en sus textos. Echen un vistazo, si no, al poco conocido relato sobre la conveniencia y aun la necesidad de exterminar a los habitantes de China en su propio terreno antes de que estos se echen encima del mundo occidental. Como ya se ha dicho de otros escritores de nación, Jack London no se corta un pelo. En estos tiempos inciertos en que las libertades, las democracias y el buen rollo lo invaden todo, Jack London cumpliría penas de prisión por lo que escribía. O a lo mejor, con su fortuna ganada de vender libros (no de escribirlos, que por eso no pagan, pagan por venderlos), podría comprar las voluntades de bienintencionados magistrados que lo absolverían o sobreseerían su caso o, directamente, le darían un permiso de salida de la cárcel dos días antes del juicio. Sic transit gloria mundi.

Y como de latinajos ya tuvimos suficiente y aun de sobra en el lejano instituto, aquí solo les traemos una referencia para que se vayan ustedes dejando de telefonitos móviles, guasaps y demás patrañas que no paran de inventar para que la gente no piense. Si están hartos de literatura acomodada de esa que hace al lector creerse más listo de lo que es, de esa que confirma al lector su roma, su chata visión del mundo, abran este tomo y deléitense con lo que de todos nosotros −y de él mismo el primero− pensaba un hombre tan afortunado que acabó suicidándose antes de cumplir cincuenta años. Como dijo el gran Borges (y parafraseamos), Jack London buscó en la negrura eterna, en el tenebroso fulgor de la nada, un consuelo para su dolor, el dolor de estar vivo. Esperemos que su transición por este valle de lágrimas le sirva a alguien de algo. Aunque sea a uno que esté pidiendo en una esquina. En todo caso, si alguien se viera tirado en las aceras, podría optar entre aprender de este libro o torrarse los sesos con vino barato. Elijan ustedes, que para luego es tarde.

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5 COMENTARIOS

  1. No me gusta el «tono» de algunas de sus, frases pues derrochan demagogia.
    Por ejemplo cuando comentario y «criminaliza» el uso de las redes sociales…
    ¿No tiene usted móvil?
    ¿Como manda sus escritos a este digital?

  2. Dado que sufro de paranoia profunda y pedorra, comprenderá usted lo siguiente: en respuesta a su primera pregunta, tengo un móvil de dieciocho euros sin guasap, ni Internet ni nada que no sea otra cosa que la posibilidad de hacer o, Dios no lo quiera, recibir llamadas. Poco más puede hacer mi móvil.

    En cuanto a su segunda pregunta, yo NO envío escritos a nadie. Podría decirle que el gran Eusebio y yo nos entendemos como los apaches: con señales de humo, pero eso usted no se lo creería. En realidad, yo me acerco -siempre de madrugada y con peligro de ser sancionado en horas de toque de queda- a un parque desierto y oscuro en las afueras de cierta ciudad.

    Allí, se me acerca un desconocido ataviado con gabardina y recoge unos papeles donde figuran mis críticas literarias. Parece (digo eso porque no lo sé) que luego ciertas personas teclean el contenido de esos papeles, escritos a mano y sin rastro alguno de huellas dactilares que me puedan identificar, lo convierten en un archivo digital de esos que hay ahora y luego lo meten en este simpático periódico.

    Espero que sus dudas queden aclaradas. Pregunte usted, que si tengo un día bueno le cuento más de mi vida, así tendrá usted de qué hablar con sus amiguitas.

    Buenas noches. Y buena suerte.

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