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David Wallace Wells: El planeta inhóspito

- 21 mayo, 2021 – 10:42Un comentario

El señor Wallace Wells es un afamado periodista norteamericano que ha bicheado por ahí acerca de los efectos del calentamiento de este planetucho que habitamos.

Un planetucho de poca monta que gira alrededor de un sol, hasta hace unas pocas décadas, dador de vida. El calor del sol es esencial, un requisito sine qua non para que nosotros, pobres antropoides deseosos de llegar a fin de mes y de irnos a la playita en verano, podamos deambular para arriba y para abajo y, de paso, hacernos preguntas acerca de nuestro destino. De nuestro destino como individuos, poco se puede decir: nadie sabe dónde va a estar dentro de un año, dentro de un día o, si nos apuran, dentro de una hora. De nuestro destino como especie animal (o como cúspides de la Creación, si lo prefieren), ya es otra cosa lo que se puede apuntar.

La cosa es que en el mundo hay tanta gente, se ha llegado a tales extremos de superpoblación (y lo que te rondaré, morena) que nos hemos convertido en la primera especie animal de la historia de la vida en la Tierra que es responsable, por sí sola, del aumento de la temperatura de un cuerpo planetario. Sí, señores: la Tierra se está calentando, y el señor Wallace realiza en este libro una interesante exposición de los efectos de tal fenómeno, todos indeseados: refugiados climáticos, guerras por el agua, hundimiento de ciudades y de islas (algunas, de hecho, Estados) por efecto del descongelamiento de los polos; incendios forestales y tormentas como no se habían visto nunca antes, hasta el punto de que se han tenido que acuñar nuevos términos para designar fenómenos meteorológicos porque las palabras, literalmente, se quedan cortas para nombrar ciertas tormentas de las que, antes, solo teníamos noticias una vez cada diez años y, ahora, por el contrario, las vemos en televisión un mes sí y otro también. El uso masivo de automóviles, frigoríficos, aparatos de aire acondicionado y otras zarandajas electrodomésticas de las que nos provee el estado de bienestar tan enrollado que se ha montado la especie humana, llevará, si nadie lo remedia, a una catástrofe mundial cuyos efectos finales no se atreven a vaticinar los hombres de ciencia. Eso es así hasta el extremo de que, para después del año 2100, nadie en este mundo que agoniza, ningún científico, ninguna corporación, ningún sabio, en definitiva nadie, nadie se ve capacitado para efectuar previsiones. Pero no hace falta llegar a tan lejana fecha, fecha en la que vivirán, si viven, como ancianos aquellos que nacen el día de hoy. No, no hace falta. Según se advierte en esta obra y en otras por el estilo y en declaraciones efectuadas por hombres de ciencia, no habrá que esperar ni treinta años para que veamos por televisión, o allí mismo, el Polo Norte descongelado, los mamíferos salvajes mayores que una vaca extintos, el mar Mediterráneo envenenado y los océanos del mundo convertidos en basureros incapaces de proveer de pescado a una Humanidad cuyo número de individuos no para de crecer. ¿Quién detendrá esto? Nadie lo sabe. Y existe cierta corriente de conocimiento que apunta a una magra esperanza: la de que el avance de la ciencia, que rula cada vez más rápido (y si no, piensen que el mundo ha conocido más adelantos técnicos y científicos en los últimos cincuenta años que en toda la Historia de la Humanidad anterior a 1970) el avance de la ciencia, decimos, procurará a la humanidad una solución, literalmente, milagrosa antes de que sea demasiado tarde. Es, pues, una carrera, una carrera de ratas. ¿Quién llegará primero? ¿La aniquilación o el descubrimiento que nos salve? Nadie lo sabe. Pero piensen una cosa, pequeños ignaros. Si la solución a la extinción de la especie llega a tiempo, lo hará solo para quienes puedan pagarla y para quienes les sirvan. En definitiva, y a nuestro modo de ver, si hay una Humanidad en el siglo XXII, esa categoría (la de seres humanos dignos de vida) se asignará solo a los ricos y sus sirvientes. O sea, que los pobres, como siempre, lo llevan clarinete. Que pasen ustedes un buen verano, con temperaturas como no se han visto nunca. Y si nos equivocamos en este oscuro vaticinio, mejor.

Emilio Morote Esquivel.

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