De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (36)

Difícil fue el despertar en aquella mañana por parte del muchacho en las tierras de Híjar. Apenas había podido pegar ojo y no se encontraba con fuerzas para encaminarse a los campos en los que enfrentarse con aquella turbadora mirada que tan nervioso le había puesto el día precedente.

Plano de situación de la judería de Híjar (FUENTE: Hernández Pardos, A. y Franco Calvo, J. G. (coords.): La antigua sinagoga de Híjar: claves de un monumento excepcional (Teruel, España))

Aún desconocía muchas cosas de la vida, pues siempre estuvo al amparo de su padre y tampoco estaba versado en las costumbres femeninas al no haber podido disfrutar de su madre desde su prematuro nacimiento. Pero eso no era responsabilidad suya. Había sido el destino quien manejase los hilos con maestría en el futuro de aquellos dos hombres, uno ya entrado en años y otro que apuntaba maneras y que estaba en plena construcción. Sin embargo, no estarían acompañados por la dulzura de una mujer, tanto el hombre maduro que había perdido al amor de su vida tras recibir la dicha de ser padre, como aquel retoño que había ido creciendo a pasos agigantados y que desconocía lo que hubiera sido el calor materno. Ambos tuvieron que vivir solos e iniciar una vida sin ella, de ahí que muchas veces sus conversaciones fueran más bien parcas o de temas superfluos, pues nunca habían expuesto los dolores de su corazón encima de la mesa, el uno para el otro.

Entonces habían llegado su huida de tierras de Valencia hasta llegar a la modesta población de Híjar de la que apenas guardaba algunos recuerdos el padre que ya se tornaba en anciano, aunque aún pareciese joven en años. ¡Se acercaba a los sesenta por entonces y llevaba ya demasiados años sin el roce ni el contacto con la señora de sus desvelos! <¿Cuánto tiempo había pasado ya?>, se preguntaba a veces para sí, tratando de disimular cualquier pesar en ese aspecto en presencia de su hijo, pues siempre había comprendido que no podría echársele la culpa de nada de lo que a él le hacía sufrir, aunque su nacimiento fuera la causa de aquello. El muchacho permanecía aún en su ignorancia, aunque el encuentro con aquella muchacha le había despertado ciertos instintos y provocado ciertas inseguridades que le condujeron a pensar en las mujeres, y entonces le llegó a su mente el desconocimiento que tenía de su propia madre.

Por otra parte, al padre los recuerdos le volvieron a llevar a su más tierna infancia, aquella en la que se había visto amparado por sus padres, Cinta e Ismael, y a todos aquellos que les rodeaban, la anciana que los acogió, la señora Mariam, y su amiga Esther, con la que su madre había hecho tan buenas migas, y sobre todo, los cuidados del impresor y médico judío Eliezer Alantansí, aquel que se convirtió en un auténtico padre para el suyo, Ismael.

Aquel universo le llenó de nostalgia y apenas pudo disimularla ante la presencia de su hijo, que ya se hallaba bien despierto.

-Buenos días, padre. ¿Está usted bien? –preguntó el muchacho ante el rostro serio que mostraba su progenitor.

-¡Ay, hijo mío, si yo te contara! La memoria es a veces muy juguetona y nos lleva a rememorar cualquier cosa que habíamos enterrado hace tiempo. Mi cara de circunstancias que te lleva a extrañeza tiene esa motivación, nada más y nada menos. Era aún mucho más pequeño que tú cuando estuve en otra Híjar muy distinta a la que hoy contemplamos. El Duque de entonces aún protegía a aquellos que trabajaban en la imprenta, judíos principalmente, y a muchos del resto de su comunidad. Sin embargo, ahora mismo todo aquello parece haber quedado en el olvido, pues han cambiado mucho las cosas, y algunas no son necesario explicártelas pues nos vimos obligados a huir de Valencia por todo aquello. Debemos seguir siendo muy cautelosos, no confiar en nadie, pues no tenemos a nadie que nos pueda proteger en estos momentos.

-¿Pero el señor “tuerto”…? – preguntó dubitativo el muchacho.

-A él aún mucho menos, pues todo lo que tiene antes pertenecía a las personas de las que siempre te he intentado hablar, de aquellas que cuando era apenas un bebé me llegaron a salvar hasta la vida y que a tus abuelos los protegieron como si de unos padres se tratasen. Además, están aquellos documentos que descubriste, que eso viene aún de más lejos, de cuando mis padres huyeron sin ser matrimonio y aún no había nacido. En aquel tiempo, la huida de unos judeoconversos significó la tabla de salvación de aquellos dos jóvenes por los que tú y yo hoy estamos aquí. Por todo ello, tenemos que proteger esos secretos al haber cambiar mucho las circunstancias y no sernos posible mostrar con orgullo la historia de aquellos que en momentos tan adversos se cruzaron con los miembros de nuestra familia. Al menos, eso les debemos y mientras no podemos dar motivos para que todo ello salga a la luz.

-No se preocupe usted, padre. Haré lo que me pide, pues siempre hice caso de sus sabios consejos.

-Y otra cosa más, hijo mío. ¿Hay algo que me quieras contar o hablar de alguien en particular? Vi que esta noche no lo pasaste demasiado tranquilo sino más bien alterado. ¿Acaso has conocido a alguien de quien me deba preocupar?

-Nada de lo que tenga que preocuparse usted. Aún soy demasiado joven para pensar en cosas que desconozco, y como bien usted me ha aconsejado, no debemos fiarnos de quienes aún no conocemos ni son dignos de nuestra total confianza.

-Por cierto, muchacho. Basta ya de cháchara, que el tiempo se nos echa encima y no quisiera llegar tarde pues Bernat, “El Tuerto” como le llaman, aunque no querría abusar de ese calificativo hasta no conocerlo mejor, ni tampoco que comenzásemos con mal pie en nuestras tareas ya que nos brindó una oportunidad de asentarnos en esta villa de forma más permanente.

-Recojamos, pues, lo que necesitamos, pues quizá sí lleguemos algo justos al campo y en otro momento hablaremos de nuestras cosas, padre.

-Así será, hijo, otro día te contaré más historias que esta cabeza aún logra retener a pesar de los largos años transcurridos.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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3 COMENTARIOS

  1. Esta localidad entró en la historia al convertirse en señorío de un bastardo real. Después vivió el declive que supuso la expulsión de los judíos y la traición de su duque. Estas oscilaciones en su suerte se pueden apreciar en su arquitectura y fiestas. Como siempre, muy interesante…..

  2. Gracias de nuevo Charles:
    Espero seguir siendo de tu interés y, aprovechando este fin de semana, te invito a que te pases por la Feria del Libro para contrastar ideas.
    Estaré firmando ejemplares de «La huida del heresiarca» el sábado 12 a las 19,30 horas en el stand de Librería Serendipia.
    Nos vemos.
    Un saludo

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