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La vida sexual de los drogadictos (¡Viva Afganistán!)

- 19 septiembre, 2021 – 12:378 Comentarios

En su popular novela Trainspotting, el señor Irvine Welsh nos muestra cómo se lo montaban los heroinómanos británicos en la oscura Gran Bretaña de la Era Thatcher. Oscura al menos para ellos, los drogadictos ingleses y escoceses entre otros, pues el sistema penitenciario, el aparato judicial y las bases legales de la Pérfida Albión no se andaban con miramientos a la hora de reprimir con dureza a los amigos de lo ajeno, a los matones propiciados por el síndrome de abstinencia y a todo delincuente de variado jaez, por mucho que (como en cierto país mediterráneo) los drogadictos, por una vez que eran atrapados con las manos en la masa, invocaran su adicción como una excusa para hacer el marrano.

Las cochinadas de los drogadictos eran, como se muestra en la obra de Irvine Welsh, castigadas con todo el rigor que permitía la ley británica. En aquellas tierras no tenían código penal, y al parecer ni falta que les hacía.

En las páginas de tan singular novela −casi ilegible por otra parte, aun cuando dio lugar a una película de gran éxito−, se facilita una pista acerca del carácter y nivel (por no decir calibre) de la sexualidad drogadicta, de las costumbres de los toxicómanos en el tabú dentro del tabú: qué hacen los drogadictos en el plano no digamos afectivo, sino puramente instintivo.

En la parte que toca a estas líneas, el protagonista de la novela, cuando supera por enésima vez el síndrome de abstinencia hasta la próxima, afirma que el deseo de mujer había estado enterrado por el otro deseo, el mayor de todos: el de droga. Una vez desaparecido el mono (momentáneamente, como decimos, hasta el próximo pico, pipa, chino o loncha), nuestro héroe se embarca en la odisea humana de conseguir con quién arrimar la patata.

Según se deduce, los drogadictos de los años ochenta carecían de libido, no tenían ganas, se la traía floja el asunto ese que recrea o atormenta a los seres humanos más o menos íntegros en lo físico: el folleteo.

Un amiguete de quien estas líneas redacta, estuvo hace no mucho inmerso en la triste tarea de acompañar a una persona drogadicta en su agónico deambular por cierto poblacho. En esos meses de pesadilla, constató que esa persona −joven y, hasta cierto punto, de buen ver− no mostraba el menor interés por el sexo. Ni el menor. Le interesaban otras cuestiones: el dinero, la que más; pero de sexo, nada de nada. Mi amiguete no compartió con esa sola persona las tenebrosas horas que completan la vida de todo drogadicto. Permitió que se le acercaran otros lamentables compadres de adicción, otros yonquis en diversas fases del proceso de consumo de sustancias letales. Y de su cercanía a esos escombros de la sociedad, dedujo algunas verdades más o menos eternas, modestia aparte en lo que se refiere a mi amiguete, que nosotros solo constatamos lo que él nos narró, nervioso y hasta deprimido por la experiencia de haber andado entre muertos vivientes y seguir vivo (y suficientemente cuerdo) para contarlo.

Sepan ustedes, escasos lectores de estas confusas líneas, lo siguiente:

Que el Estado se hace cargo de la manutención de los drogadictos, que los acoge en su sistema de Seguridad Social sin hacer preguntas, más allá, se entiende, de las necesarias para iniciar esa farsa que es el proceso de curación de un drogadicto, de un yonqui.

Que un drogadicto, un yonqui, no se cura jamás, que quien fue yonqui una vez lo será toda su vida, que eso que se les mete en el cuerpo ya no los abandona nunca en sus pensamientos, que un yonqui puede pasar diez, veinte y treinta años de abstinencia y, aun así, expuestos a las calamidades que reserva la existencia a los mortales, sean o no drogadictos, estos seres medio muertos, al menor percance, se acordarán de la aguja, de la pipa, del turulo, de la papela, del polvillo blanco o marronáceo, de aquello que una vez consumido los lleva a los paraísos artificiales en los que el pensamiento, el raciocinio y la memoria desaparecen, y por tanto también se esfuma el sufrimiento que los atormenta. Yonqui una vez, yonqui para toda la vida, y cada vez más yonqui, por cierto.

Que los yonquis empiezan todos, todos, consumiendo por placer, por experimentar una huida de la realidad, y que una vez pasado un tiempo más o menos breve, descubren, por si no lo hubieran sabido antes, que esa sustancia les pide un aumento de la dosis, cada vez mayor cantidad de droga para volver a ese estado de muertos vivientes en el que el sufrimiento no existe.

Que, a su debido momento, la droga ya no actúa eliminando el sufrimiento de estar vivo, sino que ya solo sirve para alimentar el deseo de esa droga. Es decir, que el yonqui acaba consumiendo para no acordarse de que necesita droga. La droga se vuelve la razón de ser del yonqui, nada hay más importante, nada se interpone en ese pensamiento: el yonqui quiere droga. Nada más.

El sexo, por lo tanto, ocupa no ya un segundo plano, sino ningún plano en absoluto. Ni la comida ni el sueño ni ninguna función biológica, podríamos decir, primaria tiene la menor validez, la menor resonancia en las mentes de los muertos vivos: los yonquis, los cadáveres andantes del siglo XXI. Cada vez más numerosos, cada vez más caros de sostener, cada vez más molestos, y ahora que Afganistán, el primer productor de opio del mundo, ha caído en manos de gentes que necesitan el dinero que Europa les ha negado y van a precisar un montón de divisas, adivinen de dónde las van a sacar y adónde va a ir a parar el opio, la heroína y sus derivados que saldrán, en miles de toneladas, de ese país talibán en los próximos meses y, si Dios no lo remedia, en los próximos años con rumbo a Europa.

En conclusión, y por ahora, los yonquis (y las yonquis) van a ir bien servidos de lo que más les gusta. Se avecinan grandes tiempos para nuestros hermanos y hermanas drogadictos y drogadictas.

A ellos y a ellas, y ya que estamos, con todo nuestro cariño y el sincero deseo de que consigan toda la droga que necesiten, de calidad y a buen precio, les dedicamos estas líneas. Mi amiguete y un servidor de ustedes, yonquis.

El Lobo Solitario.

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