Cenizas en el rostro

Desde la ventanilla del coche veo las cenizas que pueblan el ambiente. Se han mezclado con las lágrimas de la despedida de mi hogar. Se ha quedado atrás, entre prisas y carreras.  Aún no me he atrevido a girar la cabeza para despedirme, prefiero no sentir el pánico que se ha apoderado de mí. El suelo tiembla bajo nuestros pies, se confunde con los nervios que recorren mis piernas. Me falta el aire y no sé cómo bajar las pulsaciones.

Solo sé que no estoy sola. En ambas direcciones de la carretera, la misma que nos aleja de mi hogar, se repite la misma escena. Amigos, vecinos, conocidos y decenas de personas nos miramos aterrorizados, asustados sin saber que sentir. Un terremoto de emociones, con una banda sonora de explosiones y zambombazos, más típicos de batallas navales, nos da el adiós. El cielo oscurece por segundos, atenuando el color azulado, presentando un nuevo arcoíris basado en tonos rojizos y grises. Toda una nueva paleta de colores otoñales que no permiten diferenciar el maravilloso paisaje de nuestra isla.

Al otro lado de la calle, manos azarosas, que no se detienen, apilan enseres diversos. Recuerdos amontonados entre colchones y prendas de vestir sin diferenciar estaciones. Todo es válido cuando se pierden los autobiografías entre el negruzco hollín. Un espejismo demasiado real de lo que jamás pensé que ocurriría. 

A nuestras espaldas se alzan las columnas de humo.  Desprenden fogonazos y llamaradas pidiendo piedad por haber usurpado terrenos que pertenecían a la naturaleza. Pequeñas fincas alquiladas al planeta para plantar sueños: cosechas de plátanos, aguacates y mangos. Tierras que quedarán estériles bajo capas de fuego y lava.

Entre estruendos y sobresaltos no soy capaz de recuperar las pulsaciones. Van enloquecidas, casi al ritmo que marcan los gritos que salen de las bocas del enfurecido volcán. Cantan a coro una canción de blues, con voz gruesa y ritmos atormentados. La cosa no pinta nada bien. Sé que debería agradecer que todos estamos íntegros, pero una vez que la vida no corre peligro solo piensas en lo que el presente se ha llevado. Nos ha robado el futuro con cada colada, arrasando a su paso el ticket a la tranquilidad, tan trabajada durante años. El sudor de nuestra estirpe se va diluyendo bajo las pavesas de color petróleo que tiñen las nubes.

Los abrazos son de gran ayuda. Besos y mascarillas ennegrecidas nos reciben para compartir lechos improvisados. Todos en lugares destinados para otros fines: centros deportivos, iglesias, cobertizos,…

Estoy agradecida por tal despliegue, pero dolida con el destino que nos agitó sin pensar en las consecuencias.

Observo a mi alrededor. Solo veo caras emocionadas y petrificadas por tanto dolor, horrorizadas al ver por televisión como sus casas son devoradas por muros fundidos a miles de grados. Acongojadas de ver como son empujados sus jardines y coches a las entrañas de la tierra, cubriendo de color pizarra el paisaje.

Sé que rezar a los Dioses, como se hacía antiguamente, no funciona, pero lo pienso intentar. Daría cualquier cosa por detener este torrente de destrucción, consciente de que lo más importante lo tengo a mi lado: mi familia y personas que me quieren, pero nuestro interior se derrite ante tales temperaturas emocionales.

Nos esperan miles de vidas con nuevas partidas por jugar, con cartas recién estrenadas a repartir y un tablero sin reglas en el que echar el resto. Deseo que todas esas muestras de cariño y apoyo no se olviden de nosotros cuando desaparezcamos de los titulares de los noticiarios. Necesitamos seguir sintiendo esas palabras de ánimo.

No sé si podré conciliar el sueño. De fondo escucho a ese enfurruñado volcán que no deja de protestar, pero debo de descansar o caeré enferma. Me quedan muchos días hasta comenzar un nuevo sendero. Voy a cerrar los ojos e imaginar que mañana será el mejor día de mi estrenada vida.

Dedicado a todos esos valientes.


JYDC

Sin palabras mudas

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2 COMENTARIOS

  1. Y es que, en una época en que la tecnología parece haberse adueñado del ser humano, la madre naturaleza alerta sobre su fuerza secreta. No somos nada……

  2. Emotivo artículo, pero a mí, lo único que me podría alterar el sueño, es que pasados los días en que el volcán deje de estar activo, nos olvidemos de los palmeros (compatriotas habitantes de la isla de La Palma). Estoy firmemente convencido de que España no va a abandonarlos. Las catástrofes naturales son inherentes a la vida sobre nuestro planeta. Surgen cuando surgen y forman parte de él. Nada tienen que ver con nuestro comportamiento (léase «cambio climático) que, ahí sí que nos podemos sentir culpables.

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