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De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (46)

- 8 octubre, 2021 – 11:242 Comentarios

Un nuevo estío más bien benigno transitaba por las tierras de Zaragoza. Aquella estación estival del año de 1491 sería la última en la que allí residirían para la joven pareja de padres, Cinta e Ismael, pues la decisión, aunque dura, respecto a su partida, había sido tomada a conciencia tras ser meditada profundamente en los últimos meses de la primavera.

Puerta de Herreros de Almazán (Soria)" (FUENTE: Joarizti, Miguel; 1 estampa, dibujo a pluma, Barcelona, 1889, en Biblioteca Digital de Castilla y León: https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/inicio/inicio.do)

Cuando el verano de aquel año estaba llegando a su fin, poco más había que decir sobre su partida hacia otras tierras pues ambos ya estaban predispuestos para iniciar una nueva travesía. Inicialmente su traslado tendría puestas las miras en la importante ciudad de Segovia, aunque primero habría que atravesar las tierras de Soria, donde quizá nuevamente debieran permanecer aún un tiempo. Serían unos meses difíciles de sobrellevar, pero, a pesar de su juventud, tanto Cinta como Ismael habían encarado sus respectivos destinos con gran valentía.

Mientras tanto en tierras de Castilla resonaban nuevos ecos de antisemitismo al conocerse el secuestro y posterior asesinato ritual de un niño conocido como Juan en la pequeña población toledana de La Guardia. Eran aquellos los tiempos en los que los partidarios de la expulsión de judíos y conversos buscaban cualquier tipo de excusa, rumores, malentendidos o delaciones falsas para avivar la presión que los gobernantes ejercían de por sí sobre los seguidores de la Ley de Moisés. Aquel suceso traería como consecuencia la condena en la hoguera de una docena de personas, acusadas no sólo de ser judíos sino de haber llevado a cabo el suplicio de aquel chiquillo que había sido secuestrado por su cabecilla, aquel que llamaban Juan Franco.

Los ecos de aquel nuevo caso en el que los detractores de la estirpe judaica volvieron a pergeñar aquellos fantásticos hechos provocarían igualmente temor en los jóvenes padres que residían en Zaragoza. Cinta e Ismael, al no sentirse protegidos en aquella gran ciudad, los escasos resultados en la búsqueda de trabajo en la imprenta de los hermanos Hurus por parte de Ismael y, además, por estar viviendo en casa del judío Alazar, se vieron nuevamente obligados a ponerse a salvo de cualquier persecución y condena por parte de los que aún desconocían su irregular situación familiar. Las sentencias de la Inquisición tanto en Castilla como en Aragón habían infundido tanto miedo que dispusieron tomar un nuevo rumbo en sus existencias, alejándose de aquella urbe para poner de nuevos sus vidas a salvo.

La despedida se tornaría muy emotiva, sobre todo para quien nuevamente se quedaba solo, Juan el judío, sin una familia que había perdido casi diez años antes de que los nuevos huéspedes le acompañasen en su día a día. Aún recordaba el judío cómo había sido ayudado en algunos socorros médicos por los ungüentos que su amada esposa le preparaba. Y aunque a él no se le daban bien aquellos preparados y, sólo pensando en ello, le asaltaron entonces los más tristes recuerdos. Aquella dama que enterneció el duro corazón del fracasado metge se había ido entre sus brazos, y sus ayudas médicas dejaron de ser tan eficaces, además de no poder estar avaladas por un título que estaba autorizado en última instancia por el monarca aragonés. Hasta el último hálito de vida de su esposa se le escapó y esos infaustos recuerdos le habían golpeado una y otra vez durante años y, de nuevo, regresarían al quedarse nuevamente sin ningún tipo de compañía en aquellas tristes paredes que constituían su morada. En esos momentos del adiós andaban la joven familia y su médico y amigo judío.

-¿Cómo os podremos agradecer, amigo Juan, todo lo que habéis hecho por nosotros en el tiempo transcurrido en su morada? ¡Jamás podremos olvidar la ayuda que nos brindó desde el mismo momento en que llegamos a Zaragoza impulsados en la búsqueda de un futuro más prometedor del esperado! ¿Cómo no recordaremos la atención recibida ante las dolencias de nuestro hijo? ¡Siempre estaréis en nuestro corazón, Mosén Alazar! –refirió agradecida la joven Cinta a su anfitrión, aguantando en ese momento con el nudo que tenía en el estómago, el torrente de lágrimas que deseaba de todas formas liberar.

-Nada hice, querida señora, más que echar una mano a personas de bien que necesitaban ayuda, y que correspondieron agradecidamente con la modesta ayuda que les di. Soy yo mismo quien tengo que agradecer el tiempo transcurrido con vosotros, en el que me habéis rescatado de una soledad en la que ya llevaba postrado demasiados años. Tengo yo más que agradecer, pues sin vosotros esta casa continuaría carente de vida, y la habéis vuelto a resucitar, por lo que mi corazón siempre os recordará. –respondió Juan.

-…Querido Juan. ¡Perdónanos si con la decisión que hemos tomado de dejar tu tierra te sientes abandonado por nosotros! Nada más lejos ha ido nuestra intención, pues tuvimos meses atrás la fortuna de encontrarte en nuestras vidas y siempre serás un grato recuerdo que nos costará mucho tiempo olvidar. Además, perdóname a mí si no he podido ayudarte a finalizar las pequeñas reformas que aún quedaban pendientes en tu vivienda, pues poco más podía hacer para corresponder a la acogida bajo tu techo sin tener ningún tipo de ingresos con los que compensarte. Demasiado bien sabes que lo intenté, aunque a pesar de que Eliezer me había dado muy buenas referencias de que los talleres de los Hurus tenían contactos con judíos y no eran remisos a aceptar mano de obra que conociesen esas tipografías, no podríamos asumir el riesgo de vernos sorprendidos por ningún tipo de delación en la que se pusiese al descubierto nuestro pasado vinculado a la imprenta hebrea de Híjar o nuestra peculiar situación familiar que no tenía la bendición de la mismísima Iglesia. No sabría qué más decirte para que nos dispenses de cualquier culpa si en algo que hemos fallado. –tras un momento de duda, señaló con un tono profundo y pesaroso Ismael.

-¿Cómo podría echarte alguna cosa en cara, muchacho ? Llegasteis en una época difícil para la ciudad, pues al duro invierno habría que añadir la pestilencia que asoló Zaragoza y territorios cercanos. Habéis sido una auténtica familia para mí desde el mismo momento en que requeristeis de mi auxilio médico para subsanar las dolencias de vuestro jovencito. Poco puedo decirte salvo darte las gracias por todo lo que habéis compartido conmigo. Vuestras vivencias. Vuestro buen talante. Tu saber hacer como ama de casa, Cinta. Las gracias del muchacho… Y, por supuesto, ese gran corazón que tienes tú, gran Ismael, aunque no hayas tenido la suerte que merecías a pesar de las múltiples ocasiones en las que te dirigiste a la parroquia de San Gil donde se hallaba la Casa de l’amprenta de los Hurus cuyas prensas habían adquirido gran prestigio mucho antes de que llegaseis a esta ciudad, y por ello entiendo todo aquello que os une, aunque no parezca visible para los demás. Es algo que da envidia y de la sana, pues es amor en mayúsculas. Sólo os deseo la mayor de las fortunas en vuestra nueva travesía, vayáis donde vayáis, pues uno siempre tiene un punto de partida y, aunque se marque una meta, lo que es el destino muchas veces se alcanza por caminos más enrevesados.

Tras un profundo abrazo entre los dos hombres, un tierno beso de Cinta en la mejilla del judío y un pequeño pellizco de Juan en el rostro del muchacho, las vidas de esta familia de circunstancias nuevamente discurrieron por rumbos muy divergentes, lo que quizá les alejase para siempre.

Abandonaron entonces aquellos jóvenes padres la ciudad de Zaragoza con el objetivo de encaminarse a tierras de Castilla, aunque para aquello todavía quedaba un largo trecho.

Difíciles serían los días posteriores alejándose de la ciudad zaragozana, pues debían atravesar territorios que se encontraban entre los reinos de Castilla y Aragón. Aunque a pesar de todo, lograron avanzar a paso firme y sin ningún tipo de desventura que les pusiese en un aprieto. Tras la primera dura jornada, hicieron una parada en la villa de Ágreda, aquella población cuyo origen se fundamentaba sobre el suelo de un antiguo castro celtibérico y romano y que por su ubicación sería lugar donde a comienzos del siglo XIV se acordasen los límites entre la Corona de Aragón y el Reino de Castilla.

Una vez repuestas las fuerzas en aquella villa donde convivirían cristianos, musulmanes y judíos, se encaminarían en dirección suroeste para finalmente alcanzar una localidad soriana donde los judíos siempre habían estado especialmente protegidos, como ya ocurriera en Híjar con el Duque. Tenían a simple vista una puerta de arcos apuntados y torreones circulares. Era la Puerta de Herreros y constituía una parte muy representativa de la muralla de una villa que tenía por nombre Almazán.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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