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Manual de supervivencia yonki: una guía para las víctimas (Parte 1)

- 30 noviembre, 2021 – 09:005 Comentarios

El señor Max Brooks tiene en su haber dos obras opuestas, distintas y tal vez contradictorias. Una es una novela de terror y la otra es una broma, una guasa y un pitorreo; no vamos a decir el cachondeo padre, pero casi. La novela de terror dio lugar a una película de presupuesto millonario que, como no podía ser de otra manera, falta al respeto al espíritu del libro cosa mala.

Para ahorrar en tinta, tanto la novela como la película recibieron el mismo título: Guerra Mundial Z. En esta obra, Max Brooks construye una falsa crónica de hechos acaecidos en un pasado inconcreto. Esto es lo que los británicos llaman mockumentary,y los españoles llamamos una bola.La crónica lo es de un virus que se extiende por el planeta y que convierte a los recién muertos en cadáveres andantes con querencias caníbales. Estos seres sin alma se meriendan al gordo de su barrio a la que el gordo se descuide, y medio vivo todavía. No se despisten lo gordos y, por si acaso, que tampoco se despisten los flacos ni los de tamaño terciado.

La película Guerra Mundial Z fue interpretada por la estrella de turno Brad Pitt, un profesional de lo suyo que distingue cuándo trabaja por dinero y cuándo lo hace porque es su pasión. Aquí no queda clara la cosa, pero ustedes se harán una idea. La novela Guerra Mundial Z no se presta a una adaptación cinematográfica por la misma razón que no se presta Cien años de soledad: porque carece de protagonista.

Los protagonistas de Guerra Mundial Z son los muertos vivientes. Para hacer de muerto vale cualquiera. Es cosa de estar callado cuando te lo digan y de aullar y babear cuando proceda.  Max Brooks ya está mayorcito para ir por ahí aullando y babeando, y además es hijo de Mel Brooks, lo que quiere decir que algo aprendió en casa. Entre otras cosas, a ganar dinerito con su arte. A nadie le amarga un dulce. Y para sacar algún rédito a la cosa de los zetas (Max Brooks inventa tal expresión para designar a los zombis) el escritor publicó la broma, o tal vez deberíamos decir el cachondeo padre intitulado Manual de supervivencia zombi. El libro instruye al personal para un futuro poco probable, por no decir imposible. Los muertos −afirma la Ciencia− nunca se levantarán de sus tumbas:  ello supone un ahorro en prestaciones por desempleo y en ayudas para vivienda. Por consiguiente, no hay peligro en el horizonte futuro (como dicen los locutores de TV) de que nos las tengamos que ver con una cabila insurgente de muertos que quieran cobrar el paro o acogotarnos, mordernos y contagiarnos de su condición. Los muertos, muertos están; el muerto al hoyo y el vivo al hoyo; muerto el perro, se acabó la rabia. Y así.

Todo sería como muy guay si no fuera porque, sin hacer un ejercicio excesivo de imaginación −sino más bien de observación−, uno podría llegar −y de hecho llega− a la conclusión de que los muertos vivientes existen, están entre nosotros, nos muerden, nos agreden, nos acogotan y a algunas de sus víctimas las contagian de su condición de muertos vivientes. También cobran el paro, miren por dónde; reciben ayudas para vivienda, no están en ningún hoyo, se comen nuestro boyo y, si la pillan en casa, el boyo de la vecina. Y no trabajan. Qué envidia.

Estos muertos vivientes reales reciben el nombre de yonkis.

***

No se me aglomeren. Vamos a explicar este misterio de la sociedad capitalista, a saber: la convivencia en cualquier ciudad española, y más concretamente en ciertas poblaciones de la Submeseta Sur (y aquí no se señala a nadie, seamos educados), de vivos y muertos. De personas y no personas. De los zetas y de sus víctimas. Al loro.

En primer lugar, hemos de volver a la fantasía, a la novela Guerra Mundial Z o −si tienen ustedes problemas de comprensión de la escritura− a la película Guerra Mundial Z. En ese entretenido filme, observamos que los zetas no tienen conciencia, carecen de la más mínima humanidad, su condición no es la de los vivos.  De hecho, en cuanto un zeta divisa a un ser humano, su primera y única intención es comérselo. Dicho de otra forma, el zeta solo existe para hacer daño. Los zetas corren para arriba y para abajo, como turcos corren; se suben por las paredes, saltan al vacío, mordisquean los surtidores de gasolina; cargan con televisores de plasma, trapichean con frigoríficos, roban hasta fregonas y almohadas, lo que sea. Por si no bastara, hacen más cosas: vocean, chillan y rugen; babean, muerden y jadean. Al mismo tiempo, huelen mal, visten que da pena y son flacos de más. Tienen el pelo sucio como la bombilla de una cuadra. No se cambian de ropa interior (ni exterior), no se duchan ni se cepillan los dientes; entran sin dar los buenos días, se van sin despedirse y −como norma drogadicta de obligado cumplimiento por el ciudadano yonki− con algo de valor (una cartera, un reloj, un móvil) sustraído poco menos que a hostias y casi siempre a mordiscos. Menuda peña. Como para invitar a un menda de estos a la cena de Nochebuena. A rollitos de primavera. O a caballa, que lleva vitaminas.

Y hablando de rollos y de caballa, ¿qué habría pensado Don Quijote desde su privilegiada atalaya sobre los zetas? Si los británicos, esos listillos, imbricaron la ficción maestra de Jane Austen con las finiseculares fantasías de los zombis hambrientos, caníbales y un poco hijos de puta en Orgullo, prejuicio y zombis, nosotros, españoles, caramba, no vamos a ser menos. El Quijote, en su tercera parte, que bien podría haber sido escrita por Avellaneda o por alguno de esos que ganan premios de postín, podría titularse Don Quijote y los llonis. Con dos eles.  Pero, en estos tiempos inciertos, ese título podría traer problemas relativos a delitos contra la propiedad intelectual. Nos centraremos en algo más prosaico y menos propenso a la querella criminal, a dar con alguno en el banquillo de los juzgados. Así, el título quedaría de la siguiente manera: Manual de supervivencia yonki. Ojo. Con i griega.

Esta obra, aún por publicar y puede que aún por escribir, ilustraría al lector sobre aquello que podría suceder: una invasión de zetas mesetarios, de yonkis autóctonos que desbordaran las terrazas de los bares a media tarde, que merodearan por las esquinas donde están situados los cajeros automáticos donde cobran los jubilados y que, ¡hay que amolarse!, pegarían palos a diestro y siniestro aprovechando la llegada de la noche. Como dijo un sabio: a río revuelto, ganancia de pescadores. El río es la sociedad hispana, que revuelta anda, pero bien; y los pescadores, a los efectos de este artículo, son los zetas mesetarios, los yonkis autóctonos de ciertas ciudades de la Submeseta Sur. Sin señalar, que es de mala educación.

¿Qué habría dicho Don Quijote ante tales polacadas? ¿Qué habría pensado ese ilustre hidalgo, desfacedor de entuertos, de los drogadictos?

Lo sabremos, tal vez, dentro de poco. En la segunda parte de Manual de supervivencia yonqui, una guía de comportamiento para la gente honrada.

Continuará…

El Lobo Solitario

5 Comentarios »

  • Canano dice:

    Interesante artículo. Muy en la línea de comentarios del Camello de la Puerta de Alarcos……
    Por favor, echo de menos esas historias de nuestros paisanos yonkis tipo Juanito Almorzamingas….

    • Iñaki, el camello de la Plaza Puerta de Alarcos, frente al Parque de Gasset dice:

      Es Juanito Almorzamindas, con d, con Almorzamingas. Hay que respetar el lenguaje. Por favor, seamos serios. Vaya usted abriendo boca con esto de aquí: según me han dicho hay ahí material guapo y por la cara: entre otras cosas, se oyen psicofonías tomadas en Ciudad Real. ¡Se oyen voces!
      https://tontosdemipueblo.blogspot.com/

      De hecho, parece ser que se oye a alguien decir la palabra maldita: ¡Iñaki! El camello de la Plaza Puerta de Alarcos, frente al parque deGasset, pillado in fraganti con una hembra, con la HEMBRA SONRIENTE, para más señas. Dele usted caña, joer.

  • Charles dice:

    Bueno, una sociedad ‘yonki’ del dinero, de Internet, de los medicamentos antidepresivos,…….

  • El Lobo Solitario dice:

    Existen yonkis de muchas clases… si usamos un lenguaje figurado. La utilización de las palabras para confundir es propia de personas que no tienen ganas de ver la realidad o que forman parte de ella. Un comentario como el anterior, en el que se dice que un obseso de la informática o del porno o del dinero es equiparable a un drogadicto que va por la calle buscando la primera presa a la que pueda intimidar, golpear y amenazar para que le dé lo que lleve de valor encima, un comentario como ese solo puede provenir de una persona cobarde o mentirosa.

    Si uno tiene información sabe que un drogadicto es un drogadicto, un enfermo con patologías sexuales es otra cosa y un banquero forrado de dinero es otra más y bien distinta.

    Confundir unas categorías con otras solo sirve para el propósito contrario de este «Manual de supervivencia yonki», como se verá en próximas entregas.

    El propósito de la próxima entrega será dar INSTRUCCIONES PRECISAS para que las personas que no saben identificar a un DROGADICTO puedan hacerlo.

    Por lo tanto, la anterior intervención, en la que se CONFUNDE o se intenta CONFUNDIR equiparando la figura de UN DROGADICTO peligroso que sale a la calle como un CARROÑERO a buscar presas débiles con un empresario adinerado, un obseso sexual o un fanático de las redes sociales solo puede provenir, como hemos dicho, de un tonto o una mala persona, de un mentiroso o de un ignorante.

    De todos modos, vivimos en tiempos de confusión, y es obvio que aquellos que no pueden enfrentar la realidad (los cobardes, que llaman a las cosas por nombres distintos de los que les corresponden a esas cosas) estén en boga.

    Son tiempos de lenguaje político, tiempos de confusión y tiempos de mentiras.

    Pero si un lema tiene El Lobo Solitario es el de LLAMAR A LAS COSAS POR SU NOMBRE, porque si no, nunca sabremos lo que tenemos delante: un drogadicto, un embustero o una mala persona. O las tres cosas a la vez.

    Un saludo, y estén pendientes de la nueva entrega de «Manual de supervivencia yonqui» en su segunda entrega: El aspecto de los drogadictos. Cómo saber si alguien es drogadicto solo con observar su comportamiento, forma de hablar, vestimenta, gestos y compañías.

    https://tontosdemipueblo.blogspot.com/?fbclid=IwAR2RJ348su-tB3tWsgYR_l1V6SHRNumLmoEWclYBct-1uMCXkuBKMzwYvB0

  • Jhonny dice:

    Esperando la segunda parte.

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