Manual de supervivencia yonki: segunda parte. Aspecto del yonki. Identificación. (Capítulo 1)

Como decíamos en la primera parte de este informe, los yonkis esteparios podrían invadir las calles de nuestras ciudades. No se lleven las manos a la cabeza, los yonkis no solo podrían invadir las calles, sino que puede que ya las hayan invadido.

Para eso están. Lo que sucede es que ustedes no se han dado cuenta. Como los zetas de Max Brooks, el yonki mesetario, el lloni autóctono, viene impelido por una compulsión: el vehemente deseo de dar por saco.  El lloni autóctono, como el zeta, tiene hambre. El zeta quiere carne humana o, en su defecto, carne de cocodrilo. El lloni autóctono no ha llegado al canibalismo, su hambre es de otra especie: hambre de veneno. El veneno es la heroína. Eso por lo general, pero −según aseveran expertos como Antonio Escohotado− no se para de inventar en laboratorios secretos el efecto de otras sustancias en el cuerpo humano. La intención de esas oscuras investigaciones es crear drogas nuevas, drogas más potentes que la heroína. Y lo van consiguiendo.

Mientras nos hacemos eco de la llegada a ciertas ciudades castellanomanchegas de esos venenos de última generación, ceñiremos el Manual de supervivencia yonki a lo que debe hacer un ciudadano no drogadicto −esto es: una persona− con respecto a los nuevos zombis. No es una oferta gratuita: los llonis autóctonos de La Mancha se han multiplicado en los últimos diez años. Como consecuencia de la crisis de 2008/2010, calles céntricas que anteriormente habían sido respetadas por los drogadictos se han convertido, hoy, en su terreno de caza. El lloni autóctono, como todo carroñero, elude los territorios que le son ajenos. Pero, también como todo carroñero, el lloni autóctono, azuzado por la presión demográfica que aparece como consecuencia del aumento del número de especímenes de llonis autóctonos, no tiene más remedio que alejarse de sus territorios originales e indagar por ahí a ver qué puede buitrear. El lloni autóctono de ciertas ciudades de Castilla La Mancha, pues, a diferencia de otras especies como el águila imperial, pero a semejanza de otras especies como los chacales en Norteamérica, ha visto aumentada la superficie de su hábitat natural en las pequeñas capitales de provincia castellano manchegas, sin señalar.

Por poner un ejemplo tomado al azar, cierta calle de cierta ciudad, hasta el año 2010, jamás fue visitada por pedigüeños, vagabundos y otros individuos del submundo. Hoy, esa misma calle es casi el cuartel general de los habitantes de ese submundo.

¿Por qué? Porque son tantos que ya no caben en los lugares que en otro tiempo constituyeron su coto, su territorio, su gueto, por así llamarlo. Los barrios periféricos pobres ya no son capaces de acoger a la inmensa masa de desahuciados, de pobres y de miserables que los habitan. Hasta la crisis de 2008/2010, eran pocos los drogadictos que habitaban esos barrios periféricos, pero desde esos años el número de yonkis se ha multiplicado por tres o por cuatro, y ya no pueden estar todos los yonkis en el mismo sitio, han de marcharse, emigrar, explorar otros territorios donde buscarse la vida y donde no se molesten unos a otros. Los yonkis son tantos que van invadiendo otras zonas de la ciudad donde hasta hacía pocos años no se decidían a establecerse.  

Por otra parte, las personas hundidas en la pobreza son cada vez más: fruto del paro, del cierre de empresas y de una economía que se hunde por culpa, entre otros, de la Covid 19. Es por ello por lo que estos mismos miserables van tomando poco a poco los barrios céntricos. El mecanismo por el que una zona es ocupada por los desahuciados es complejo. En líneas generales, un barrio periférico construido en los años 80 para los pobres se ocupó en su día por trabajadores y familias sin problemas de drogas en su seno. Pero como ese barrio periférico caía cerca de un centro de venta de droga, algunos de sus vecinos −jóvenes desocupados, sobre todo− cayeron en el consumo de heroína y luego de cocaína. Así se inició el efecto bola de nieve: unos drogadictos atrajeron a otros. Algunos pisos de ese barrio fueron abandonados por sus propietarios, que no querían vivir cerca de drogadictos. El piso desocupado es asaltado precisamente por esos drogadictos. Y allí se quedaron para siempre. Otros vecinos se marchan también porque ahora tienen que aguantar no a un vecino yonki, sino a varios. El bloque se va quedando vacío, los pisos abandonados son ocupados por más yonkis y delincuentes, y el proceso va repitiéndose mes a mes, año tras año, hasta que unos treinta años después de edificarse ese barrio, la tercera parte de sus viviendas son pisos ocupados por drogadictos, narcopisos, pisos donde se vende droga, donde se producen delitos de receptación, de encubrimiento, de lesiones, de amenazas de muerte, de acoso sexual, de agresión sexual, de pedofilia, de tenencia de armas de fuego, de estafa, de apropiación indebida, de robo, de hurto, de intento de homicidio, de pornografía infantil, de homicidio consumado, de rapto, de secuestro, de asesinato… son pisos donde se ocultan delincuentes muy peligrosos.

El barrio, que se edificó para los trabajadores, es ahora el territorio de un enjambre de avispas venenosas. El barrio, otrora tranquilo, se ha transformado en un refugio para la maldad. Ese conjunto de edificio en cuyas aceras y plazas −hace treinta años− se sentaban las familias de los trabajadores y jugaban sus hijos, es en la actualidad un lugar donde ni a la Policía le apetece acercarse. Los jardines donde hace años se oían las risas de los niños son ahora lugar de encuentro de jóvenes enfermos que se inyectan heroína, que esnifan cocaína, que fuman basucos, pipas de base de cocaína, o rebujao, también llamado rebujitos: una letal mezcla de heroína y cocaína cortada con venenos de toda clase: matarratas, Ciclofalina, Roipnol (la droga de los violadores, utilizada por los yonkis para sabe Dios qué). Ya no hay niños a ninguna hora en esos jardines. Ni ancianos. Ya no haya más que muertos vivientes: zetas, zombis, caminantes, llonis autóctonos… ¡drogadictos!

Y ese barrio no está aislado, tiene otros barrios cerca. Barrios, precisamente, de viviendas unifamiliares, donde viven hijos de papá aburridos, que van a esos pisos ocupados a comprar droga. El virus se empieza a extender ya no solo entre los hijos de los pobres, sino también entre los hijos de los burgueses. Y para cuando la población quiere darse cuenta, tiene entre sus habitantes a jóvenes enloquecidos, contagiados del virus de la droga y del delito: hijos de médicos, hijos de abogados, hijos de banqueros, hijos de empresarios y empresarias, hijos de profesores universitarios, hijos de comerciantes, hijos de fiscales, hijos de jueces, hijos de notarios, hijos de papá, hijas de mamá. Y todos ellos, hijos del tedio y de la sobreabundancia: niños de papá que se aburrían y combatieron el aburrimiento con heroína y con cocaína, y también con una droga nueva: la base de cocaína, el basuco. En estos momentos, en esas ciudades castellanomanchegas, hay una nueva casta de delincuentes desconocida hasta ahora: los yonkis ricos.  

¿Qué habría pensado el Ingenioso Hidalgo, tras su elevada posición, al comprobar que el ciudadano medio pasa al lado de un lloni autóctono, de un carroñero, y no se da ni cuenta? Seguramente, que no es culpa del ciudadano medio, sino de la falta de información que este padece. Como todo buen cuaderno de campo, las investigaciones llevadas a cabo por el equipo que elabora este Manual de supervivencia yonki, se ha desempeñado en el mismo terreno de los llonis autóctonos. Los autores de estas palabras han convivido con ellos, con los drogadictos, les han entrevistado, han escuchado sus desnortados discursos, han aguantado sus quejas, les han dado monedas cuando no les ha quedado más remedio, han observado su lenguaje, su comportamiento, sus ropas y sus miradas.

El lenguaje no verbal es muy rico en el lloni autóctono, hay que estar pendiente de dos de ellos para saber qué se están transmitiendo como quien no quiere la cosa. Aquí se ha observado de todo en los llonis autóctonos. De todo. Teniendo en cuenta los años dedicados al estudio de las costumbres del lloni autóctono, y teniendo en cuenta además que visto uno vistos todos (pues, aunque secreto, su mundo −el de los drogadictos− es simple, limitado y rudimentario), nos atrevemos a realizar una osada afirmación.

El lloni autóctono no guarda secretos para los autores de este informe. Ya no es un misterio para nosotros de qué va el personal lloni autóctono. Se podría resumir en muy pocas palabras: son una manada de buitres a la busca de carroña. Pero nos proponemos ser más precisos. Invocar a Don Quijote no ha de hacerse en vano, eso nunca, y aunque por supuesto jamás podríamos compararnos con Don Miguel de Cervantes (honor y gloria a él), haremos los que podamos. Y para ello, comenzaremos con la pregunta del millón, la que puede que atormente a algunas personas tras darse cuenta de que podrían estar rodeadas de llonis autóctonos y no saberlo.

¿Qué medidas ha de tomar un hijo de vecino ante la presencia de esta plaga ciudadana? La primera, por supuesto, pasa por identificar, señalar y reconocer posteriormente y cuanto antes a todos los drogadictos posibles del entorno urbano. Concretamente, a los de ciertas ciudades castellanomanchegas. Y ahora vamos a señalar.

Primero: identificación.

Es preciso y muy importante saber quién es drogadicto en su ciudad, en su barrio o en su mismo bloque de edificios o conjunto de chalets adosados. Un vecindario se puede contaminar con la presencia de uno solo de esos mamones. Es preciso saber cuanto antes que el drogadicto anda cerca, que duerme cerca de nosotros o de nuestros hijos, que deambula entre nuestros automóviles aparcados en la acera con un deseo bilioso en sus ojos de carroñero: el deseo de robar.  Si el drogadicto pasa inadvertido, si no se le pone cara, puede actuar impunemente. Un yonki, un lloni autóctono, se desenvolverá con soltura por el centro de la ciudad castellanomanchega como Pedro por su casa. Transitará por el centro de la ciudad, caminará por sus calles comerciales, se asomará a los escaparates de las joyerías sin que nadie, salvo tal vez las dependientas, sea consciente del peligro que las acecha. Como la ley española impide detener a nadie sin causa justa, el lloni autóctono sabe que por mucho que las fuerzas del orden anden cerca, no podrán hacer nada con él mientras él se comporte. Por lo tanto, si el lloni autóctono que se ha asomado a la joyería detecta en las proximidades algún peligro en forma de agente de policía, se abstendrá de robar nada, se marchará y buscará otro sitio donde robar. Y no va a parar hasta conseguir su propósito, que, por si no ha quedado claro, volvemos a indicar.

El propósito, el único deseo, la única misión del drogadicto cuando sale a la calle, y a veces sin salir, es robar, afanar, chorizar, atracar, volcar (como dicen ellos), apandar, sirlar, pegar el palo, asaltar, extorsionar, amenazar y golpeary hasta violar, torturar y asesinar si hace falta. No sería la primera vez que un drogadicto acaba con la vida de una ciudadana.  

Por eso es imprescindible que la ciudadanía conozca si no a la persona lloni autóctona, al drogadicto concreto, sí unas características físicas −y a veces mentales− que son comunes a la mayoría de ellos.

Pero antes haremos una distinción: yonkis ricos y yonkis pobres. Hasta hace pocos años, la mayor parte de los llonis autóctonos eran pobres. Pero a partir de la crisis de 2008−2010, las circunstancias dieron un vuelco, y aunque por ahora se soslayará el estudio de los aspectos sociológicos en el auge de la epidemia de llonis autóctonos, baste saber que ahora también hay bastantes llonis autóctonos ricos. Y con ello queremos decir que ha surgido una nueva casta de delincuentes que no son fruto de la pobreza, como se afirmaba en los años 80. Son, más bien, niños de papá crecidos y criados con todos las necesidades cubiertas.

 Esos niños de papá han formado, en ciertas ciudades castellanomanchegas, un frente común con los delincuentes barriobajeros: entre ellos, se entiende, intercambian información acerca de las casas donde entrar, acerca de a quiénes vender droga, a quiénes robársela, de quiénes chivarse. Sobre los llonis ricos, los niños de papá reconvertidos en drogadictos y delincuentes, se volverá en próximas entregas de este Manual de supervivencia yonki.

Lo que sigue a continuación va referido a los llonis autóctonos pobres, salvo que se diga lo contrario. Sobre la distinción entre llonis autóctonos pobres y llonis autóctonos ricos, se volverá más adelante. Las características de los llonis autóctonos son las siguientes:

Delgadez. El lloni autóctono no tiene tiempo ni ganas para comer. Cuando se despierta, por la mañana o a la hora que sea, el lloni autóctono en lo último que piensa es en la comida. El llamado «mono» o síndrome de abstinencia aprieta, y el drogadicto, que consumió su última dosis hace ya horas, debe salir a la calle a lo que el propio lloni autóctono llama «buscarse la vida», que es ni más ni menos que robar. Por lo tanto, como no come ni cuando busca algo que cambiar por droga, ni come tampoco cuando ya tiene la droga y se la ha metido o está a punto de metérsela, porque en lo último que piensa un drogadicto cuando está colocado bajos los efectos de la droga es en comer… como todo eso es así, como el drogadicto no come, su cuerpo se consume en una delgadez, en un aspecto emaciado que le identifica con lo que en el cine,  gracias a Max Brooks, llamamos zetas, y en la vida real se identifica con muchas denominaciones: yonki es la más precisa, pero también valen drogadicto, colgao, drogota, heroinómano, cocainómano, endrogao, farlopero… la nómina es larga. Elijan ustedes. 

Mirada demente. El lloni autóctono pobre suele mirar como un desquiciado. Lo hace así siempre. No les quepa duda. La mirada de un drogadicto dice mucho de lo que tiene en la cabeza: un montón de mierda. Y esta regla nunca falla. Verán. Han de tener en cuenta, lectores de este Manual de supervivencia yonki, que un drogadicto solo conoce dos estados, tres a lo sumo: o está colocado de droga, o está buscando droga o está dormido. También puede que en este último caso lo que esté es muerto, pero ahí no hay que preocuparse. Ello por razones explicadas en la primera parte de este informe: los muertos no andan, mal que les pese a Max Brooks, Zack Snyder, Roger Kirkman y otros directores de cine, guionistas,  escritores y dibujantes abonados al rollito guapo de los zombis, los zetas, los caminantes y esa chusma tan poco recomendable.  En consecuencia, esté como esté, el drogadicto mira como un poseso. Estén atentos a los ojos de la gente, como en los lejanos 80’s decían Golpes Bajos, pero al revés.  Pero tengan mucho cuidado: si un lloni autóctono pobre se percata de que usted le observa, corre usted peligro de que se le acerque a pedirle dinero. Y si son dos o más llonis autóctonos y usted está solo y es de noche en ciertas ciudades castellanomanchegas, lo que puede pasar es que le atraquen, le quiten todo lo que lleve encima y le den un palizón. Están ustedes avisados: cuidado con las miradas, las de ellos y las de ustedes: que no se crucen nunca. El lloni autóctono pobre tiene un facilidad extrema para detectar las miradas de los no-llonis, y un sentimiento que participa en igual grado de la codicia por el dinero del no-lloni y de envidia por su condición de persona libre de la heroína y de la cocaína, da como resultado una actitud hostil ¡No mire a los ojos de un lloni autóctono pobre más que un segundo y solo para identificarlo!

Ropa de saldo. Este es quizá el rasgo más definitorio del yonki pobre, del lloni autóctono pobre: la ropa. La vestimenta del lloni autóctono pobre fue evolucionando con los años y tal vez con las modas: de los chandalistas de los años 80, que adoptaban la vestimenta de la cárcel, se ha pasado a un look, como se dice ahora, que ayuda al lloni autóctono a pasar inadvertido entre las hordas de hirsutos chavales que visten así porque no tienen otro remedio: es decir, porque es barato. Entre esos chavales se mueven verdaderos llonis autóctonos que llevan los pantalones ceñidos, la pernera subida, zapatillas baratas, calcetines blancos o de otro color, en verano camisetas, y en invierno nada mucho más caro que una cazadora barata.

En cuanto al peinado, en el lloni autóctono pobre prima un pelado al rape por detrás y por los lados, así como un tupé tipo Elvis Presley. Algunos drogadictos llevan los pelos pintados de colores, pero son los menos. Ciertos drogadictos antiguos, supervivientes de las oleadas de heroína de los años 80 y de la invasión de la cocaína  a finales de los 80 y sobre todo ya en los 90, presentan además un deterioro físico añadido al convencional: existen todavía en ciertas ciudades castellanomanchegas algunos de esas reliquias del mundo de la droga de los años de la película El pico, de las hazañas de El Vaquilla y del Torete, de la muerte del Nani, y de todos aquellos heroinómanos de la Transición, aquellos entrañables cerdos que dieron ejemplo a los drogadictos de hoy.  

…Continuará…

El Lobo Solitario.

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9 COMENTARIOS

  1. Te dejas el yonqui vacunal.

    Tengo la esperanza de que la vacuna sea un placebo cuya única finalidad sea implantar una secta comunista.

    La primera vacuna es un ritual de paso como un bautizo , la primera comunión, ingresar en una asociación o firmar un contrato …

    Las vacunas periódicas son rituales de pertenencia a grupo como ir a comulgar los domingos .

    La finalidad es que una vez que el individuo acepta las vacunas , acepta cualquier otra imposición ( al pertenecer al club de los vacunados ) sin necesidad de tener que analizar y replantear todo constantemente como hacemos los » negacionistas » .

    Si una persona acepta pincharse una sustancia rara » por el bien de la comunidad » aceptará que le quiten la herencia de sus padres por lo mismo ( por ejemplo ) o una inflación que disuelva sus ahorros.

    • Te olvidas de lo más sencillo, sobra población mundial y los Estados están quebrados. Demasiados pensionistas. Con las vacunas no aprobadas formalmente se consiguen efectos secundarios (2030) que debilitan el sistema inmunológico. Cualquier otro virus entra en las células y los vacunados la palman.

  2. El tío que escribe este no sé de qué película se cree que ha salido. Se cree William Burroughs. Los enfermos mentales que escriban en su cuaderno pero no en el periódico.

    • Mal ejemplo es el Burrouhgs: un niño de papá vicioso, drogadicto y asesino que se libró de la ruina por el dinero de su familia. Yonki y escritor del montón que si alcanzó la fama fue, precisamdente, por yonki. Quizá el único escritor yonki de la historia… o al menos al más conocido. Mal ejemplo, decimos, es Burrougs. Esperemos que El Lobo Solitario siga sin meterse heroína, cocaína y base de cocaína, al menos no tendrá que ir a comprar a Iñaki, allí en la puerta del parque de Gasset, en un portal que cae en un rincón.

      https://www.youtube.com/watch?v=6Z4TsAJura8

    • La Asociación de Chivatos de Colegios de Pago de Ciudad Real, en representación apud acta de El Lobo Solitario se persona en este periódico y da traslado al mecomeloscojonesellobosolitario para decirle que:

      El Lobo Solitario no le ha comido las partes pudendas a machos de especie alguna jamás. Lo que sí hizo el Lobo Solitario, en su lejana juventud (ains!) fue comerle las partes pudendas a miembros femeninos de la especie.

      Dados los resultados obtenidos entonces, y la vida llevada por esos miembros femeninos de la especie humana terrícola después de haber sido PETROLEADAS COMO DIOS MANDA EN LOS BAJOs en su juventud…

      …El Lobo Solitario, con el apoyo de la Asociación de Chivatos de Colegios de pago de Ciudad REal AFIRMA:

      …Que si a alguna que nosotros nos sabemos le hubiera comido pero bien y la hubieran petroleado de aquella manera cuando hubo que hacerlo…

      …ahora no andaría por ahí haciendo LA JALIPOLLA.

      Feliz cumple. Béiba.

      No teniendo nada más que manifestar, la Asociación de Chivatos de Colegios de Pago de Ciudad REal firma el presente en Ciudad REal a cuatro de diciembre de 2021, el segundo año de la plaga. 😉

      https://tontosdemipueblo.blogspot.com/

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