Agresiones y humillación: la dura realidad de Jessica, una joven trans en Ciudad Real

Jessica ha tenido que luchar contra su propio cuerpo, después contra la cerrazón y la incomprensión social, y finalmente contra la humillación y el maltrato. La población trans soporta un fuerte estrés en las grandes ciudades, pero su situación raya la pesadilla en los municipios más pequeños, donde los convencionalismos aún están fuertemente arraigados.

Jessica, una joven trans de 18 años natural de Pedro Muñoz, en la provincia de Ciudad Real, ha tenido que soportar algún tipo de agresión física o psíquica desde que fuera al colegio. Aún sigue afrontando situaciones de gran tensión, y su vida se convierte en una odisea diaria en búsqueda de la normalidad. Ahora, se ha animado a contar su caso para visibilizar la realidad de un colectivo que solo pretende vivir con dignidad en su proceso de transición, algo tan natural y necesario para ellos y ellas como el acto de respirar.

«Todo comenzó en marzo de 2020, cuando comencé mi transición, siendo aún menor de edad», recuerda. Las primeras personas que le comenzaron a acosar fueron sus propios vecinos, a los que ha denunciado hasta en siete ocasiones por amenazas de muerte e insultos. «Me gritan desde el balcón ‘maricón de mierda’ y ‘guarra’, y escriben en cartones amenazas que dejan en la puerta de mi casa», relata.

Los episodios de acoso se suceden de forma recurrente, con gritos desde los vehículos que pasan a su lado. «Incluso en una ocasión dos chicos jóvenes me preguntaron por qué estaba disfrazado de mujer y, cuando les contesté que porque yo quería, salieron del coche y me golpearon, me cogieron del cuello y me empujaron contra el maletero, haciendo fuerza contra el cristal», cuenta Jessica. Este hecho no fue denunciado por miedo a las represalias, reconoce la joven.

«Cada vez que salgo a la calle la gente me mira, cuchichean, se ríen, me insultan, me graban con el móvil, bromean con mi sexualidad, algunos coches intentan atropellarme dando volantazos», sigue enumerando Jessica, que no puede disimular su impotencia.

«Un día estaba en el supermercado, recuerdo que era la primera vez que los demás me veían como mujer», prosigue. «Entonces, cuando fui a la caja a pagar, me registró un vigilante de seguridad asegurando a gritos que había robado, y todo esto mientras me miraba la gente cuchicheando y riéndose». «Yo en ese momento no sabía qué hacer y me moría de vergüenza, no tuve fuerzas mas que para llorar, y cuando la gente vio que no había robado nada le dijeron al vigilante que tuviera cuidado conmigo, que era un delincuente».

Incluso aún la siguen llamando compañeros de instituto con insultos y amenazas. «Todo esto lo estoy sufriendo a diario; sé que es muy rocambolesco, pero es mi realidad, la misma que padecen muchas personas del colectivo LGTBI», remacha.

Jessica ya ha interpuesto varias denuncias ante las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, en las que en todo momento ha encontrado apoyo y un mensaje unánime: «no les parece normal que en la época que vivimos sigan sucediendo estas cosas».

Esta joven cuenta su historia pera reafirmarse en su dignidad como ser humano, pero también para «visibilizar los delitos de lgtbifobia» y contribuir a una mayor concienciación social sobre la realidad de estas personas, aún extremadamente vulnerables en todos los aspectos, pese a los avances sociales.

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