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Manual de supervivencia Yonki. Insomnio (Cuento para no dormir).

- 10 enero, 2022 – 07:402 Comentarios

Ciudad Real, año 2022, el tercer año de la Plaga.

Conocí al muchacho que murió en la calle hacia el año 2016. Me llamó la atención porque nunca iba con nadie, a pesar de su extrema juventud. Es una norma no escrita entre los indigentes condenados a dormir en la calle que hay que buscarse una compañía, alguien que permanezca despierto mientras el otro duerme.

Un imaginaria, por así decirlo.  Pero aquel chico se sentaba a pedir en la puerta de Carrefour, en la calle Ciruela, o en el Supermercado Coviran de la calle de la Mata, o en la puerta de la Iglesia de San Pedro, y en otros lugares, a solas. Puede que alguno de ustedes diga que han visto a pedigüeños en esos sitios solos, sin compañía. Yo les respondo que esos pedigüeños están solos en apariencia. La mayor parte de ellos forman parte de un grupo o al menos de una pareja. Tienen a quien recurrir, aunque cuando ejercen su oficio de pedir lo hagan a solas. Es la manera en que se hacen las cosas: un pobre, cuando está solo y nos tiende la mano, ya produce bastante rechazo como para que, encima, se ponga otro a su lado a tendernos la mano al mismo tiempo. Como podrá comprenderse con facilidad, el oficio de pedir es un oficio solitario, ha de ejercerse de manera individual, salvo que las peculiaridades del individuo o del lugar exijan otra manera de actuar.

          Por lo tanto, no fue viéndolo pedir cómo me percaté de que el chico que pedía estaba solo, que no tenía a nadie y que por lo tanto nadie preguntaría por la causa de su fallecimiento, cuando se produjera. No. No fue viéndolo como concluí que corría peligro.

 Enseguida de habérmelo encontrado por las calles de Ciudad Real un par de veces, vi lo que saltaba a la vista: era demasiado joven. Aunque luego me dijo que tenía veinte años, creo que mintió, y que el chico que pedía sentado con una mochila en su regazo, a lo mejor, no era ni mayor de edad. Esas cosas ocurren cuando uno está solo y no hay nadie que se interese por él. Supongo que una persona en esas condiciones no querría que nadie supiera eso de él: que es menor y, por lo tanto, vulnerable. Los servicios sociales no siempre son perfectos. Hay que tener en cuenta que en ellos trabajan personas que se ven desbordadas por los papeles y, peor aún, por las tragedias que han de ver día tras día en su trabajo. Si el chico que pedía era menor de edad cuando empezó a hacerlo, no se puede culpar a los asistentes sociales. O no a todos, ni en todo momento.

En todo caso, con veinte o con diecisiete años, el chico vivía en el desamparo, en la calle. Dormía en cajeros, dormía en solares y dormía cuando le permitían dormir. De su insomnio no me habló, lo hicieron sus ojos: su expresión cansada, su apatía y su confusión. De sus debilidades no me habló, no hacía falta: las tenía delante de mí: en su rostro y sus palabras. Como toda persona que ha conocido el peligro, el chico que pedía sabía del valor que tiene ocultar los puntos débiles. El punto débil del chico que pedía era él mismo. Y lo sabía. No tenía fuerza, y eso le obligaba ser listo, y como su inferioridad física le exponía a todos, sobre todo a los que viven en la calle como él, no tuvo nunca la confianza en nadie ni en sí mismo para permitir que otra persona le hiciera las guardias mientras él dormía. Y como lo hacía en lugares públicos, en sitios que carecen de una puerta cerrada que separe al durmiente de las pesadillas reales de la noche de Ciudad Real, el insomnio se había convertido en él en un compañero inseparable.

Me contó otras cosas. Recuerdo que cuando llegó a los aspectos más oscuros de su pasado no me miraba a mí. No podía sostener la mirada cuando contaba a un desconocido, a mí, las razones por las que se veía en el muy improbable suceso que yo conocí en algunos detalles: el de verse tirado, solo, en la noche. Durmiendo en un cajero. Pero si el chico que pedía temió que su secreto fuera desvelado, por mí podía dormir tranquilo. O podía dormir, simplemente.

Lo vi en más ocasiones. Los meses del verano dieron paso al otoño invisible de La Mancha, al que llamamos invierno para simplificar. Como yo andaba por las noches en plazas y parques desiertos, me lo encontré donde no debí hacerlo: solo, en la calle, de noche. En el Torreón había un solo sitio abierto. Corrían malos tiempos. No se veía un alma en la zona. Los bares cerrados se confundían con los locales en alquiler: ostentaban todos la bandera de la rendición, la némesis de todo negocio: la oscuridad.

La camarera agradeció que yo saliera a la calle a terminar la quinta cerveza. Era obvio que no le gustaba tenerme dentro de su pub: solo, acodado a la barra, con cinco chupitos en el cuerpo. Y eso, con esa camarera, siempre fue así: me obligaba a beber fuera, aunque hubiera otros clientes en el local: generalmente, otros hombres solos. De hecho, es muy posible que, si no hubiera habido otros a los que servir y aguantar, a mí me hubiera echado la primera noche que pasé por su pub. Le disgustaron mi cara y, sobre todo, mi voz. Podía elegir y eligió que yo bebiera en la calle. Pero que le devolviera la botella antes de irme, y por supuesto que pagara antes de abandonar el local, aunque fuera para cincos minutos. Resignado, salí a la noche. A diferencia de lo que vi en otras épocas en Ciudad Real, a esas horas de la noche el Torreón estaba silencioso. Ni un vehículo circulando. Nadie daba gritos beodos, y nadie llamaba para quejarse al Ayuntamiento. La gente dormía. O callaba, que, según y cómo, es casi lo mismo. Me zumbó un oído. Y lo agradecí: era la señal de que algo iba a suceder. Me dispuse a esperar el suceso, fuere cual fuere. Estaba prevenido. Como casi siempre, y eso fue lo que convirtió aquellas horas de silencio en el Torreón en lo que tengo que contarles: un encuentro en la noche. O, mejor dicho: dos encuentros.

Bebí mi cuarto tercio de cerveza alemana apoyado en la pared del único bar abierto del Torreón. Y eran las doce de la noche. Y era martes, claro. Miré hacia la calle de la Mata, y me quedé un rato observando.

Entonces apareció el chico que pedía, iba con su mochila, caminaba aprisa. Creo que le hice un gesto con la mano, y que le chisté. Pero o no me oyó o no me vio o tenía prisa. Se fue. Lo perdí de vista. No pensé en ello más esa noche. Volví al local, pedí una cerveza y un chupito, los pagué y salí a la calle, otra vez, a terminar de emborracharme: las cosas o se hacen bien o no se hacen.

Otro personaje de la noche apareció en la calle de la Mata. Caminaba en la misma dirección que lo había hecho unos minutos antes el chico que pedía. Lo reconocí también, como al otro. Este era más alto, caminaba a grandes zancadas: también tenía prisa. Miró un segundo en mi dirección y yo levanté el brazo. Todavía no sé por qué lo hice. El recién llegado me miró, paró en seco su marcha. Pensó algo dos segundos más y se encaminó hacia mí. Se llamaba… ¿qué más da? Era un lloni autóctono, ¡y de los ricos! Una oportunidad única (o quizá no tanto) de interactuar con un espécimen de su clase. Pues para hablar con un lloni autóctono, estar borracho siempre es una ventaja. No es lo mismo ir mamao que haberse fumado un chino, pero ahí le andan: el resultado de las dos −digamos− ingestas (como escriben algunos fiscales cuando dan el visto bueno a un  drogadicto) es una deformación de la realidad. La realidad para él, para el drogadicto, se había transformado al verme: había visto una presa.

Y para mí ni les digo si se había transformado la realidad: hasta me cayó simpático, el hijoputade él. De lo borracho que iba yo, por si había que aclararlo.

Me lo quité de encima con un billete de diez euros. En la capital, en Ciudad Real, hay que pagar el impuesto revolucionario a estos llonis autóctonos para poder tomarse una copa a gusto en la noche, o una horchata en la Plaza Mayor, o unas cañas en cualquier terraza de verano: hay que aflojar el impuesto, la preceptiva alcabala con la que unos compran su tranquilidad de conciencia, y otros −más realistas− compran unos minutos de tranquilidad, a secas. Los llonis carecen de conciencia y es mejor negociar en sus propios términos: yo te doy un euro y tú te vas. Pero si a uno lo pillan en la noche, cerca de la calle de la Mata, donde uno ya ha oído algo acerca de cierta pareja formada por un hombre fornido y una mujer a la que en el submundo delincuencial de Ciudad Real llaman La Rubia que se dedica a atracar ancianos o lo que pille, si uno no quiere problemas y si uno se encuentra a esa hora a solas con un drogadicto que le pide dinero, más le vale llevar algo encima. Si no, a uno lo señalan. Ellos, lo señalan ellos: los llonis. A usted. Lo señalan con el lápiz invisible de la memoria, y ya obra usted en una lista secreta. La lista secreta de todo delincuente. La de los que puede asaltar, robar, amenazar, golpear, chulear e incluso denunciar ante la misma Policía (el lloni a usted, si usted se defiende): los llonis ricos no se cortan. Pero sí que se pican. Eso sí: se pican caballo. Y el caballo −esto es la heroína− cuesta dinero.

Por otra parte, si usted que lee esto da dinero a quienes no debía dárselo, una sola moneda, ahora conocen su cara, al menos la conoce quien recibió de usted ese euro solitario que en unas cuantas peticiones más en los días y semanas sucesivos, se habrá convertido para usted y sin que usted se haya dado cuenta de cuándo ni de cómo, en una obligación: el lloni, el carroñero, ya sabe que usted cede, que usted paga para que le dejen tranquilo. Y no va a olvidar su cara nunca, así lo vea entre veinte otros ciudadrealeños de los que ya sabe el carroñero que no va a sacar nada. Usted le dio dinero, usted se lo buscó.

 Ahora está usted en el Torreón, de noche, con Er Xolo o solo. Y un drogadicto de un metro ochenta y cinco y todavía ágil y fuerte se le acerca. Y usted le dio dinero en el pasado y él se acuerda de usted. Reflexione unos segundos, tendrá que hacerlo, ya que no lo hizo cuando pasó el drogadicto que iba detrás del chico de la mochila. ¿Quién le manda llamar su atención levantando el brazo? Este sí que le ha oído, este nuevo actor del escenario de la calle de la Mata nocturna tiene muy buena vista. Como las mujeres, tiene visión periférica. Y como los hombres, tiene fuerza para imponerse a usted. Y como los niños, tiene una mamá. Una mamá con dinero. Que lo ha soltado a la calle para que no moleste en casa. Las madres de drogadictos también tienen derecho a la tranquilidad. ¿No cree? Céntrese. ¿No se acuerda de que este drogadicto de metro ochenta y pico iba en la misma dirección que el chico que pedía hasta          que le vio a usted? ¿Por qué cree que se lo ha pensado y ya no va detrás de ese chico? ¿Por su linda cara de usted? Es usted un iluso, más que Er Xolo. Que ya es decir.

Y con un mensaje claro: con este, mano dura. Los llonis comparten información: saben a quién hay que rogar y a quien hay que amenazar. Saben quién se conmueve y quien se asusta. También saben, como todo carroñero, con quién no hay que meterse. Pero usted no se asuste. Conserve la calma. Tantéese el bolsillo de atrás, sin que el drogadicto se percate (y se fija en todo, pero todavía lo separan unos metros de usted). Cuando empiece su discurso, usted no haga caso a nada de lo que dice: como buen carroñero, el drogadicto de Ciudad Real sabe del valor de la ceremonia, de la liturgia de quien nos está atracando a la vez que simula implorar, suplicar, llorar o reír. Lo que convenga al caso será representado por el carroñero, que sabe que es mejor sacar por las buenas las cosas que por las malas. Y por las malas también sabe hacerlo, pero eso es un lío y como usted le ha dado la pasta, el lloni le suelta algún ruego más, alguna queja alguna promesa, incluso, y usted respira tranquilo: el lloni se va, por el Torreón arriba. Se pierde en la noche. Usted ahora aguza el oído, ya no disfruta de su cerveza. Entra en el local, allí pide un güisqui doble e intentar olvidar que un tercio de birra nacional le ha salido por dieciocho euros.

A mí, como a usted, el lloni que iba detrás del chico que pedía me sacó la pasta y se marchó. Y no precisamente en la dirección que llevaba cuando me vio, sino, seguramente, a un sitio donde le venderían droga. A eso había salido él, a lo mismo que un servidor: a ponerse ciego: él, de base de cocaína. Lo conseguiría tras otros cuatro o cinco encuentros como el que acababa de tener: una media de cinco atracos al día necesitaba este tío. Cien euros por un gramo de basuco. A mí me sacó diez, y si acaba de empezar la jornada, si su mamá de dinero no le abría la puerta del piso céntrico −de cuatro cuartos de baño, entrada para el servicio y calefacción (o aire acondicionado) las veinticuatro horas del día, todos los días del año, hasta el amanecer− el yonkarra tenía tiempo (y motivo) para buscar a otros cinco a los que amenazar sin palabras: diez euros por atracado, cinco atracados en una noche, total: cincuenta euros. Y cinco atracos al día, los tres cientos sesenta y cinco días del año, son: 5 x 365 = 1825 atracos en un año pega un mandinga de estos. Y hay docenas de mandingas enganchados a la droga en Ciudad Real. Y llevan muchos años haciéndolo. Si contamos que la vida útil de un atracador drogadicto es de unos diez años, este menda habrá pegado algo más de diecinueve mil atracos el día que se lo lleven al jardín de los callados. Si tiene usted en cuenta que como este hay docenas en Ciudad Real y que se les suman más delincuentes que vienen de fuera atraídos por la facilidad para conseguir droga, comprenderá esto: que el número de atracos cometidos en Ciudad Real, que son impunes, casi secretos y nunca denunciados desafía la imaginación de quienes realizan estadísticas.

Las estadísticas dicen que Ciudad Real es tranquilo. El yonkarra que me sacó el dinero esa noche en el Torreón desierto, al lado de la calle de la Mata (su territorio de caza) no sabe de estadísticas. Y usted tampoco.

Así es.

Pero no se preocupe: todo es una broma. Son números, y con los números se pueden hacer juegos malabares. Se puede engañar a cualquiera. Como le decimos: es una broma. Ciudad Real es tranquilo. Las estadísticas no engañan.

Puede usted comprobarlo por sí mismo. Salga usted una noche, solo, sin teléfono móvil, no le diga a ninguno de sus allegados dónde va. Y dese una vuelta, a las tres de la madrugada, por la calle de la Mata, por los jardines del Torreón y alrededores. Cuando todo haya cerrado. Antes no vale. Sería trampa.

Ponga atención a esa hora. Oirá. Verá. Y callará. Verá como sí, verá como callará lo que ha visto en esas horas en que nadie sabía dónde estaba usted.

Mientras buscaba el número del teletaxi en mi móvil para jubilados, pensé en lo que me había dicho esa mañana el chico que pedía: que no podía dormir. No le había preguntado por qué. Supuse que era parte de su identidad. No dormir. Como era parte de la identidad del drogadicto niño de mamá asaltar a los solitarios, ir detrás de ellos, como un chacal. Pero ¿y si el chacal vio una carroña más apetecible (y borracha) mientras acosaba al chico que pedía? ¿Acaso no fue obvio −para mí, el único espectador aquella noche− que el drogadicto grande y fuerte iba por la calle de la Mata siguiendo al chico que pedía?

¿Por qué no podía dormir el chico que pedía? Se me había olvidado preguntárselo. El alcohol tiene esas cosas. Otro día sería, otro día me lo encontraría. Al chico que pedía y dormía en los cajeros lo volví a ver. Pero esa es otra historia.

Pedí un taxi. La telefonista de acento sudamericano me indicó amablemente que al lado de donde yo la llamaba había una parada. Se me había olvidado.

Llegué a casa y cerré bien la puerta.

          Y en la calle, en Ciudad Real −a la hora que yo me dormía arropado por un edredón sueco y el güisqui de fabricación nacional− los chacales  andaban sueltos. Entonces, esa noche y todas las noches. Y también ahora. Hoy −en enero de 2022, el tercer año de la Plaga− los chacales andan sueltos en Ciudad Real. Y tienen hambre.

Yo los he visto. A los chacales.

Y el chico que pedía también los vio. Antes de morir. Por eso murió como lo hizo.

Pero eso se lo contaré otro día.

Palabra.

−Fin−

El Lobo Solitario.

Más información en el blog Tontos de mi pueblo y algún que otro hijo de puta.

 Tontos de mi pueblo y algún que otro hijo de puta

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