Manual de supervivencia yonki: pasado y presente de la yonkidera. Carta de un lector

En mis tiempos, los yonkis eran yonkis.

Empezamos esta nueva entrega del Manual de supervivencia yonki con una carta que nos ha enviado un amable lector. Lo cierto es que no sabemos nada de él. O sabemos poco. Sabemos que nos escribe desde Farlopa City, capital del estado independiente de Camellolandia.

También sabemos lo que nos ha aclarado en una nota de presentación de la carta. Nos ha rogado que no demos publicidad a esa nota. También, nos ha permitido, dentro del respeto a la intimidad que facilitemos, si nos pareciere necesario, alguna noticia acerca de su condición (el corresponsal no es delincuente, pero aun así se acoge a la Ley de Protección de Datos). Los comentarios del equipo redactor de este Manual, si los hubiere, serán publicados en la próxima entrega o en otra o no serán publicados. El futuro es incierto y las penas del amor no perdonan. El Alzheimer, la esquizofrenia y el infarto tampoco es que perdonen mucho. Como dijo un venerable anciano: Dios persona siempre, el hombre algunas veces, la Naturaleza nunca. Que sea, pues, lo que Dios quiera.

Vamos, pues, con la carta.

Estimado Lobo Solitario: le escribo la presente para informarle de que anda usted un poco despistado. No lo digo por el contenido de su informe:  Manual de supervivencia yonki respeta más o menos la realidad. Pero, como digo, ha caído usted en un error muy común de los periodistas: la falta de perspectiva. Trataré de explicarme: usted habla mucho de los drogadictos actuales. Y olvida, en detrimento de la verdad, realizar un análisis comparativo en lo que se refiere a la yonkidera del presente y la yonkidera del pasado. El yonki del pasado, ese entrañable yonki perdonavidas, hijo puta y casi persona que paseaba por la Plaza del Prado en los lejanos 80’s, apenas recibe atención por parte de su, por otra parte, correcto Manual. Y no nos parece justo. Somos (permítame que use el plural mayestático como hace usted… o como hacen ustedes), somos, digo, personas que vivimos en los años 80 en Ciudad Real. La fortuna nos envió a lejanos lugares, a playas soleadas, a bares de borrachos y a calabozos del Ejército Español. En esos lugares aprendimos a usar las barquitas de pedales, a beber por la tarde y estar borrachos a las nueve y, también, a no fiarse de esos que parecen buenas personas pero que, cuando tienen a un pobre diablo a su merced, en un calabozo del Ejército, le hacen todo aquello que se aguantan de hacer en la vida, digamos, pública. Al fin y al cabo, cada uno se relaja como Dios o el Diablo le ha dado a entender: pedaleando en el mar, bebiendo un litro de whisky al día o torturando a un recluta indefenso, atado a un camastro y golpeado hasta la inconsciencia. Baste concluir, a este último respecto, que todos somos muy buenos cuando estamos de visita.

 Pero no se preocupe, en esta carta no le vamos a hablar de la mili, ni siquiera de cuánto hubo de cantera de drogadictos en esa venerable y ya extinta institución: la mili era lo que era, sirvió para lo que sirvió y, como los asesinos de la ETA, la mili es una cuestión olvidada, que a nadie importa.

No queremos imaginarnos que un destino similar al de los asesinos y mafiosos etarras y al de las vidas arruinadas en el antiguo servicio militar sea el elegido por usted, señor Lobo Solitario, para los yonkis del pasado. Esos venerables seres todavía se encuentran entre nosotros. Son pocos, es cierto, pero merecen un respeto. Los yonkis supervivientes han de ser amparados en la corriente de inclusión. Vivimos en una sociedad inclusiva. A la que uno se descuida, zas, ya está incluido. Y el venerable yonki de los años 80 ha de ser incluido. Luego le decimos en qué. Los yonkis fueron pioneros. Ellos abrieron el camino para que nuevas generaciones de desgraciaos y de mierdecillas se apuntaran al camino de la droga como hace cuarenta años se apuntaban al Ejército en los banderines de enganche. Qué tiempos. El Banderín de Enganche de Camellolandia vino a sustituir a los Banderines de Enganche que operaban en suelo hispano cuando existía la mili. El Banderín de Enganche de Camellolandia, en sus sucursales de Ciudad Real, ya existía en aquellos tiempos. Nos referimos a la España posterior a 1975. Antes de ese año, las cosas eran distintas en muchos aspectos.

En los años 70 antes de la muerte de Franco, el consumo de drogas ilegales, concretamente de drogas duras como la cocaína, era un hecho anecdótico y se producía en ambientes marginales hasta la náusea, es decir: con Franco, la cocaína en España era un elemento exótico. Queda ello acreditado en la novela del olvidado escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester, La saga fuga de J.B. En esa novela, se explica claramente que la adicción a la cocaína de su protagonista es extraña, inhabitual, un reflejo, como decimos, de su excentricidad. No creemos, y corríjanos usted si nos equivocamos (joder, con el mayestático), que la alusión al consumo de farlopa −en una novela ambientada en el siglo XXI− se usara por el escritor como un signo distintivo de que quien sorbe polvo blanco por la tocha se halla en la marginalidad. Ni mucho menos: hoy, en España, en lo que queda de ella, el consumo de farlopilla es una moda dabuten, una corriente casi cultural y un negocio siempre.  

Entre la abstinencia forzada del franquismo y el despiporre del siglo XXI, hubo en España una raza intermedia: el yonki venerable, el viejo yonki adscrito a las modas del momento: los Chunguitos, la litrona y la chuta: el kit de supervivencia del yonki del pasado, los ingredientes para montar un guateque de colgaos o preparar un asalto a una gasolinera con un Seat 131 Supermiriafiori y unas navajas (las llamaban baldeos o bardeos), o unas escopetas de caza recortadas con las que persuadir al empleado de turno de que les entregara el dinero de la caja.  Sabían ser persuasivos, aquellos ciudadanos enganchados a la heroína. Como decimos, unos chavalotes entrañables, aquellos yonkis de los 80.

Y a esto queríamos ir a parar.

El yonki de mis tiempos era un yonki como Dios manda. Era un pedazo de yonkarra más enganchado que una mona. Era un yonkarra a tiempo completo, un yonkarra que se comía un marrón si hacía falta, un yonkarra que se buscaba la ruina para él y para tol que pillara cerca. El yonkarra entraba en el talego y allí se quitaba o no se quitaba del caballo. El yonkarra se hacía fan de Extremoduro, concretamente de aquella bonita tonada que rezaba lo siguiente: me estoy quitando, me estoy quitando, solamente me pongo de vez en cuando. Un tipo simpático, el líder de Extremoduro, bromeando con la heroína, joder, como debe ser. Roberto Iniesta es extremeño, ganó pasta cantando −o algo parecido− y se jacta de haber sido yonki.

Pero aquellos yonkis de los 80, aquellos venerables y hasta provectos drogadictos de la primera mitad de la década no habían oído a Extremoduro. No. El primer disco de Extremoduro salió a la venta cuando ya la yonkidera añeja iba camino del cementerio, o de la Unidad de Larga Estancia o de la clínica forense para la preceptiva autopsia. El yonki de los 80’s era de otra pasta. Se comía una ruina y luego otra y luego, zas, para el jardín de los callados. El yonki del pasado tenía la buena costumbre de morirse joven. Aunque a usted, si los viera como yo los vi, pudiera parecerle que el yonki de aquella época contaba setenta años, lo cierto es que podía usted, señor Lobo Solitario, tener delante a alguien que no superaba la treintena. Y sin embargo parecía un octogenario.

Aquellos viejos yonkis sí que sabían de pasarlas putas: de pasar el mono, el monazo, el temido monazo de caballo que les hacía, literalmente, subirse por las paredes. Luego llegó la metadona, llegaron las reformas del Código Penal y llegaron, qué le vamos a hacer, los nuevos yonkis, lo que usted llama llonis. Llonis autóctonos que han desplazado al viejo y venerable yonki por varias razones: porque la juventud viene con fuerza, porque ahora la ley permite de todo al delincuente y porque los viejos yonki están muertos, fallecidos, han palmado, son cadáveres. O sea, el lloni autóctono rico (y el pobre) no han desplazado al viejo yonki. Solo han ocupado un nicho vacío. Entienda, señor Lobo Solitario, que el nicho no es el del cementerio. Enterrar vivos a los llonis autóctonos sería una muestra de barbarie. Y somos gente civilizada. Y sobre los drogotas de ahora, nosotros no entendemos gran cosa. Nos marchamos hace mucho de Ciudad Real, leemos sus artículos porque nos traen recuerdos de aquellos lejanos años, cuando éramos jóvenes, nos emborrachábamos con un litro de whisky al día y veíamos con nuestros propios ojos −en los calabozos del Ejército Español− cómo a un pobre diablo lo tenían días y días seguidos sin dormir y dándole palos hasta que se volvía loco. Solo entonces lo devolvían a casa. También veíamos con a un asesino vasco lo condenaban a cientos de años de cárcel y, sin embargo, ahora está en la calle. Pero, como hemos avisado ya, esa es otra historia.

Espero que esta carta le sirva para, de ahora en adelante, ayudarse de la perspectiva que da el estudio del pasado −de lo que se llama contextualización histórica− para redactar artículos sobre los drogotas, sus padres, sus madres, sus abogados y sus nichos. Ahora sí. Los nichos del cementerio.  

Con el deseo de que al recibo de la presente usted se encuentre bien, se despide un corresponsal anónimo desde la ciudad de Farlopa City, capital del Estado Independiente de Camellolandia.

P.D. Ya le contaré cómo funcionan las cosas en un narcoestado. Aunque, según me dicen, a lo mejor no le hace falta.

−Fin−

Más información en el blog Tontos de mi pueblo y algún que otro hijo de puta.

Tontos de mi pueblo y algún que otro hijo de puta

Dedicado a Iñaki, un drogadicto de los de antes. Con un par.

Relacionados

1 COMENTARIO

  1. Yo me pregunto como mi ciudad real.es se presta a publicar semejante mierda.

    Para tu “blog” vale, pero ¿para un periódico digital que en teoría es profesional? No lo entiendo.

    Y mira que he leído cosas muy buenas de este autor (no aquí) pero esta mierda no tiene ni pies ni cabeza, carece de sentido alguno.

Los comentarios están cerrados.

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img