Silencio… empieza la función

Manuel Fuentes Muñoz.-Después de casi tres años sin poder hacerlo, el pasado viernes asistí a una representación teatral en la nueva etapa —que no temporada—, del teatro Quijano de Ciudad Real. Circunstancias personales insoslayables; la pandemia sin fin que vivimos desde hace más de dos años, con sus sucesivas olas y variantes; y, las obras del local, tan necesarias como aparentemente invisibles, han impedido una normalidad cultural de la ciudad que por fin parece irse recuperando.

Blanca Portillo, como Juan Mayorga, en Silencio | Teatro Español

Se representaba Silencio, una obra vanguardista escrita y dirigida por el dramaturgo y recientemente nombrado miembro de la Real Academia Española de la lengua, Juan Mayorga Ruano. Esta pieza teatral es un monólogo en el que su autor hace una adaptación de su discurso de ingreso en la RAE y en la que invita al espectador a sumergirse en el valor del silencio como elemento, en ocasiones, más elocuente que las propias palabras.

Blanca Portillo es la actriz que interpreta esta obra en la que nos muestra sus tablas sobre el escenario, su excepcional voz y la devoción que muestra por el teatro. Nos ofreció una actuación más que solvente, soberbia. El monólogo estaba lleno de matices con los que mantuvo el interés de la platea en las cerca de dos horas que duró la función, haciéndola amena a pesar de la austeridad de su puesta en escena.

El argumento esencial de la obra es que un aspirante a entrar en la Real Academia Española, encarga a un amigo que lea su discurso de ingreso ante los órganos de representación de la institución, el resto de académicos y del público en general, entre quienes se encuentran las autoridades que asisten al acto. Pero el escenario está vacío y solo aparecen en él, además de la actriz, tres mesas y las sillas dispuestas para el acto —perfectamente ordenadas por grupos de asistentes— y un cuadro de Cervantes, vacío, que preside la sala.

En esta obra, su autor, hace uso de la metateatralidad como técnica narrativa. En ella la actriz mantiene un sorprendente diálogo con el autor, llegando incluso a censurar parte del texto ininteligible que este ha elaborado. En un momento del discurso lee que: el silencio es matemáticamente posible en mundos tridimensionales, a lo que responde la actriz: mira que le dije que esa parte la quitara, que no la entendía ni él

En esta especie de ensayo, Mayorga nos presenta el silencio como un recurso de capital importancia, tanto en el lenguaje cotidiano, como en el teatro, en la música o en la poesía. Tiene su hueco como un elemento tangible cuando, durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, la actriz se mantiene en silencio. Algo extraordinario con lo que el autor parece querer reconocer al compositor musical y filósofo, John Cage, que en 1952 presentó una pieza silenciosa —sin tocar una sola nota— durante ese mismo tiempo.

Y nos introduce en el sentido que se concede al silencio, a través de algunas obras literarias muy representativas. En Antígona de Sófocles el silencio se utiliza como símbolo de poder; nos cuenta cómo lo utilizan Calderón de la Barca en La vida es sueño y Cervantes en el Quijote. Hace una representación de la escena final de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, y el valor de autoridad que le otorga, cuando la protagonista impone el silencio a sus hijas; continúa con Dostoyevski en Crimen y castigo, para finalizar con Antón Chéjov y El jardín de los cerezos, con el valor que se da al silencio por decir lo indecible sobre el amor.

No deja de citar, como de pasada, al dramaturgo Antonio Buero Vallejo o al poeta Carlos Bousoño. Y a contarnos —sin mencionarlo siquiera—, como usa William Shakespeare el silencio en Hamlet, su tragedia más reconocida.

Silencio, parece una obra escrita para entendidos, aunque no deja de mostrarnos la ironía de su autor con la que se acerca al gran público. Llama la atención la detallada exposición de su uso en el teatro. Y nos habla del silencio involuntario del actor —cuando este se queda en blanco debido a un lapsus de memoria—, que le impide continuar con su interpretación.

Los responsables de las instituciones públicas —locales, regionales y nacionales— más o menos relacionados con las actividades culturales, estaban generosamente representados ocupando los asientos preferentes y, junto al resto de espectadores de abono, con entradas de butaca o de anfiteatro, casi completaron el aforo del teatro. 

Al final de la sesión —bajando del anfiteatro— encuentro a Carlos, un antiguo compañero de viaje, con quien comento lo invisibles que resultan las obras acometidas en este local. Él me dice que le pasa lo mismo, que a lo mejor es que ha perdido más visión de la que él creía y que quizás por eso no las reconoce. Eso será, le digo entre escéptico y resignado, a lo que él responde con una mueca sarcástica.

Manuel Fuentes Muñoz
En otoño

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2 COMENTARIOS

  1. Y es que, como decía Miles Davis, «el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos»……

    • Obviamente, aclarar que no he leído la mencionada obra.

      No obstante, tu comentario me parece patético.

      No comparto la aseveración de Miles Davis, sino todo lo contrario: «el que calla otorga».

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