De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (70)

Desde que Isabel había mantenido aquella conversación con el mercader Juan de la Sierra, Ismael no paraba de darle vueltas a la cabeza de cómo sería la situación en la ciudad de la que aquel procedía, Ciudad Real, la misma en la que se encontró con el que era el amor de su vida, Cinta. Todas aquellas circunstancias le llevaron a pensar en la necesidad de llevar a cabo un cambio de aires. Había llegado el momento de abandonar Segovia, pero ¿hacia dónde partir si la plaga que suponía el Santo Oficio para los que habían sido sus protectores, conversos mayoritariamente, se había extendido por los reinos de Castilla y Aragón y amenazaba al vecino Portugal? ¿Qué hacer entonces ante tantas adversidades?

<¿La ruta más idónea sería quizá encaminarse a Hervás para luego ir más al sur hacia Lisboa?> Pensaba Ismael. Ese planteamiento le llevaría a planificar bien todos los pasos a seguir pues con los jóvenes que le acompañaban, las jornadas se harían más llevaderas, y siempre la ayuda de su hijo le vendría muy bien para sacarle de cualquier apuro. A pesar de sus poco más de treinta años, la vida le había enfrentado a infinidad de retos hasta aquel instante. Tras un nacimiento del que aún seguía sin conocer sus orígenes, su infancia le llevó a deambular por las tierras de Castilla al amparo de aquel librero del que apenas sus rasgos quedaban almacenados en su memoria, aunque nunca pudiese olvidar sus grandes enseñanzas. El encuentro que cambiaría su vida en Ciudad Real y el comienzo de su existencia con su amada Cinta. La huida lejos de Ciudad Real, acompañados de los conversos liderados por Sancho de Ciudad, siendo el gran momento de entonces el nacimiento de su vástago. La vida en Híjar con Eliezer, Mariam, Esther y todo aquel universo que se habían visto obligados a abandonar. Zaragoza vino después y su relación con Juan Alazar “el judío”, aunque también alejándose de ella al no haber fructificado su ejercicio profesional en el mundo de la impresión con los hermanos Hurus. De nuevo vendría el regreso a Castilla, por tierras de Soria, Almazán y los recuerdos que le llevarían a rememorar la imprenta de Híjar, y su estancia en Segovia durante más de una década. Allí fueron creciendo los jóvenes Isabel y su hijo. En esa esplendorosa ciudad maduraron Cinta y él mismo, viéndose acogidos por el anciano Abraham, al que tuvieron la desgracia de ver alcanzar el final de sus días. De nuevo vinieron los recuerdos de Ciudad Real con la visita del mercader Juan de la Sierra con el que conversó Isabel. Pero la vida les puso de nuevo en marcha. Ahora el destino sería abandonar la mismísima Castilla, aunque para ello quedasen aún bastantes jornadas, pues la afamada y efervescente Lisboa quedaba aún lejos y ciertamente las etapas por el camino se sucederían hasta alcanzar tan ansiada meta. Nuevamente el trayecto a realizar estaría lleno de forma certera de varios lugares de residencia temporal. De Hervás había oído hablar tanto a Eliezer como a Alazar, por lo que no dudó ni tan siquiera un instante en elegirla nuevo destino, aunque después quedara Portugal. Esa disyuntiva aún no la tenía demasiado clara, ya que oscilaba entre adentrarse por el norte directamente hacia el territorio luso o descender más al sur, transitando por Plasencia, avanzar hacia Cáceres y, posteriormente tras penetrar por el puerto de Alburquerque, arribar a las tierras lusitanas. El tiempo que aún les restaba en Segovia para ultimar los detalles de su marcha le ayudaría a despejar aquellas dudas que tan constantemente le asaltaban, pues algunas de aquellas vías las había conocido cuando ejercía de ayudante del librero. Pero ¿qué sería de él en aquel momento? ¿Seguiría vivo o habría fallecido? Ese tipo de cavilaciones también asaltaron la mente de Ismael pues aún recordaba los recelos que le despertaba el muchacho. Creía que había sido judío y tornado en converso, pero aún no había salida de aquella fluctuación cuando alguien reclamó una mayor atención:

-¿Dónde tienes la cabeza, querido? –preguntó Cinta a su amado valedor.

-¡Ese es el problema, mujer, que ni yo mismo sé dónde me hallo! Son tantas las cosas en las que tengo que pensar en estos momentos que quizá se me olvide la más importante, prestarte la atención que mereces. –respondió cariñoso aquel hombre.

-Está bien, Ismael. Te dejo que sigas planeando nuestra partida. Pero, por curiosidad, ¿hacia dónde nos dirigiremos? Ya sabes que somos cuatro, dos mujeres que no nos asusta el mal tiempo ni las adversidades, pero de constitución más frágil en cuanto a combatir las inclemencias del tiempo. Por eso mismo necesito que me lo digas para estar preparadas. –precisó la mujer.

-Cierto es que nuestro destino final sería alcanzar las tierras de Portugal, donde parece haber mayor permisividad a los judíos y conversos y a los próximos a ellos, aunque para ello restan aún muchas jornadas o quizá meses, según las circunstancias que nos acontezcan por el camino. Mi intención es, al menos, poder realizar el viaje, pasando por Ávila, Hervás, Plasencia, Cáceres y Santarem, para finalmente alcanzar Lisboa. Los lugares que encontremos en el camino y si durmiésemos en campo abierto o en población iríamos viéndolo según respondan nuestras fuerzas. –contestó Ismael de forma sosegada y repleta de firmeza.

-Como siempre, veo que tienes las cosas bastante claras y que siempre has sido merecedor de la confianza que siempre he depositado en ti. –respondió cariñosamente.

No hubo mucho más que decir desde aquel preciso instante. Los jóvenes, testigos de aquella conversación entre los dos adultos, ya no necesitaban preguntar más. debían arrimar el hombro para preparar lo que fuese preciso. La hermosa Isabel acompañó a Cinta en cuestiones de cariz más femenino, principalmente las ropas de abrigo que podrían precisar para el camino y algunas vituallas con las que soportar las horas siguientes desde que iniciasen la salida de la ciudad de Segovia. En cuanto a Ismael, ayudado por su hijo Juan, se encargó de acondicionar las acémilas que servirían tanto para transporte de bultos como para dar descanso a aquellas que notasen que las fuerzas le habían menguado.

Transcurrió el día sin más sobresaltos. Sabían que era el momento de las despedidas. De los pocos amigos que habían logrado consolidar y que fueran de confianza, ya estaba todo dicho. Ahora sólo quedaba contemplar por última vez aquella modesta vivienda, la casa que les acogió cuando llegaron tiempo atrás, en donde el anciano Abraham soportaba en soledad sus últimos años de vida tras el fallecimiento de su esposa, y que cuando la abandonasen regresaría al propietario que durante los últimos años se la había arrendado, un hombre que siempre gozó de la confianza y de la protección del viejo judío, lo que facilitó mucho las cosas. Poco más había que decir al respecto. Con sólo mirarse los cuatro residentes de aquella humilde morada, se habían dicho todo. Serían años difíciles de olvidar, pues habían asistido a la mismísima expulsión de los judíos desde uno de los lugares preeminentes del momento, la Segovia de Abraham Seneor, la ciudad que vio coronarse a la reina Isabel. Pero todo aquello quedaba en el recuerdo, aunque nunca podrían olvidar que habían logrado consolidar una familia, sin temor a que fueran perseguidos ni por el padre de Isabel ni por el esposo de Cinta. Habiendo dejado todo listo para el inicio de una nueva aventura, decidieron marcharse a la cama con el fin de descansar lo suficiente para encarar las jornadas que les esperaban.

Llegaron entonces las primeras luces de un nuevo día, aquel que iluminaba unos rostros que reflejaban la contradicción de sentimientos que suponía su marcha de Segovia. Todo lo que dejaban atrás era mucho más la esperanza de un futuro mejor los llevaba a modificar el serio rictus de su faz por uno más alegre.

Tras cerrar la puerta de aquella casa y despedirse de su propietario al que eran entregadas las llaves de esta, abandonaron las calles de aquella ciudad. Su destino sólo lo conocían los adultos con todo detalle, aunque el lugar concreto de Hervás como una de las paradas elegidas en el trayecto despertó ciertas emociones en la joven Isabel, pues allí había existido durante el último siglo una comunidad judía que había soportado los mismos rigores que se impusieron con la proclamación del edicto de expulsión a sus compañeros de fe. Pero, aun así, era un lugar que evocaba un pasado que, tras el fallecimiento del viejo Abraham, apenas había podido recordar aquella doncella con alguien de confianza que fuera igualmente fiel a la ley mosaica, cumpliendo así los preceptos más relevantes como guardar el shabat o cuidar de la higiene y preparación de los alimentos que iba a comer, las leyes dietéticas que regulaban todo aquello que debía ser kosher. El camino, sin embargo, para alcanzar dicha localidad aún se haría largo, principalmente para aquella muchacha.

Como ya había indicado el cabecilla de aquella expedición, pues no era precisamente un viaje de placer, Ismael, irían descendiendo paulatinamente desde la ciudad segoviana hacia el sur, siendo la primera población de relevancia Ávila, a la que llegarían tras una larga jornada, aunque antes habrían realizado una pequeña parada en un lugar muy próxima.

-¿Dónde nos encontramos, Ismael? –preguntó Cinta.

-Si no recuerdo mal las instrucciones que me dio el que fuera propietario de nuestra vivienda y que conocía bien estas tierras, nos hallamos en un lugar cuyo nombre procede de un personaje anónimo llamado Obieco Loçano. Este municipio, muy cercano a Ávila, se llama Vicolozano. Aquí aprovecharemos para restablecer un poco nuestras fuerzas y si necesitamos beber algo de agua, pues creo que ya nos escasea. – sin dar tregua a más, tras lo precisado por aquel mozo de librero y aprendiz de impresor, reanudaron la marcha sin tan siquiera prestar la más mínima atención al cercano dolmen del Prado de las Cruces ni tampoco profundizar en las virtudes y defectos de aquel humilde lugar.

Deseosos de encontrar algún sitio donde cobijarse durante la próxima noche, se encaminaron hacia la ciudad amurallada, aquella que los mismísimos vetones poblaron mucho tiempo atrás, aunque el paso de los siglos y de diferentes pueblos daría lugar a numerosos términos como los romanos Abila y Obila hasta la musulmana Ābila.

Casi sin darse cuenta, se hallaron frente a aquella robusta muralla que permanecía impasible ante las caras de asombro de los recién llegados.

-Padre, ¿cómo es posible que se haya realizado esta muralla tan robusta? ¡Pareciera incluso mayor que la que vimos en Segovia! –expresó anonadado el hijo de Cinta e Ismael.

-Sin duda alguna, en estas tierras de Castilla, debido a las disputas entre los reinos de Castilla y de León, e incluso de estos con los moros, los sistemas defensivos como los castillos y las murallas serán estampas que contemplarás en más de una oportunidad. Aunque los orígenes de Ávila vienen de muchos siglos atrás, la firmeza que supone aprovechar la propia roca en algunos de los lienzos de la muralla hace que esta muestre más solidez y parezca más inexpugnable tanto para el que pretende asaltarla como para el que la contempla por primera vez, como es nuestro caso. Además, las hiladas que se muestran de forma alterna de piedras grandes y más pequeñas vienen ayudadas por el careo a base de ripios, piedras diversas y mortero de cal. Todos estos elementos habrían aprovechado una anterior cerca que se remontaría a tiempos de los visigodos, ni más ni menos.

-¡Cuánto sabe usted, padre!

-Nada mejor que haber recibido ciertas enseñanzas durante los años que estuve de ayudante de un librero y aprendiendo más tarde con impresores en la villa de Híjar que tú conociste desde que apenas eras un bebé.

La perorata de aquel padre se pospuso tras encontrar acomodo en un lugar resguardado próximo a la muralla, en su lienzo sur, aunque sin haber penetrado en aquella ciudad, dejándolo mejor para cuando los rayos del día iluminasen los ajados rostros de aquellos cuatro forasteros recién llegados.

Con las primeras luces y los cuerpos repuestos tras el merecido descanso, decidieron reiniciar la marcha en dirección a Hervás, aunque antes incluso de alcanzar Béjar pasarían por poblaciones cuyos habitantes tenían un origen más bien del norte como cántabros, burgaleses, sorianos o incluso navarros. Aquellas tierras circundaban la población conocida como La Serrada que estaba habitada por esclavos cuyo medio de vida era el trabajo en las tierras del pueblo, siendo su propiedad perteneciente a la mismísima Catedral abulense. Allí la ganadería lanar y labrar las tierras de las dehesas de los alrededores eran habituales, teniendo la trashumancia una relevancia significativa pues los ganados regularmente se dirigían hacia Extremadura.

Tras pasar por La Serrada, alcanzarían la población de Muñogalindo, igualmente repoblada por vasco-navarros y aragoneses siglos atrás. Seguía siendo importante la presencia del elemento religioso

Desde que abandonaran Ávila, en la jornada siguiente habían atravesado las poblaciones de La Serrada, Muñogalindo hasta que Casas del Puerto fue alcanzada cuando apenas se iniciaba el anochecer.

Allí decidieron nuevamente hacer una parada tras un fatigoso día de caminata, donde la mayoría de los viajantes ni tan siquiera hizo uso de las dos acémilas para evitar sufrir las consecuencias de tan larga jornada. Aquella población nuevamente mostraba signos de haber sido repoblada siglos atrás, aunque incluso se atisbasen vestigios que se remontaban a la época de dominación romana. Contábase en escritos de reyes antiguos como Alfonso XI en su Libro de la Montería, que en un lugar próximo conocido como Hoyociruelo hasta hacía poco tiempo había sido habitual la caza del oso. Pero aquellos relatos que había ido almacenando en su memoria Ismael, solo de vez en cuando los ponía de manifiesto, no causando pavor a los que le acompañaban si no era realmente necesario. Sin embargo, sí quedarían asombrados ante la estampa que mostraba la recientemente construida, aunque no terminada, Iglesia de Santiago Apóstol en las últimas décadas. Poco pudieron deleitarse al respecto pues la escasa luz existente les obligó a intentar localizar un refugio donde resguardarse y descansar aquella noche.

A la mañana siguiente se alejaron de Casas del Puerto penetrando el Valle del Corneja para luego dirigirse a Béjar. Por el camino se encontraron ante extensiones de realengo pertenecientes a la Tierra de Ávila, siendo una de ellas el conocido Puente del Congosto. Más de media jornada medió desde que partieron de Casas del Puerto, por lo que las fuerzas de algunos obligaban a hacer uso momentáneo de los animales como medio de transporte. Con aquella medida lograron, no obstante, incrementar el ritmo de la marcha, lo que les supuso que cuando estaba anocheciendo había alcanzado la localidad de Béjar.

En aquel lugar hubieran deseado poder permanecer durante algún tiempo, pero una situación inesperada les obligó a cambiar de opinión.

Sería Isabel testigo de una fuerte discusión entre dos lugareños por la necesidad que tenían de que hubieran permanecido los judíos expulsados en 1492. Uno de ellos, de mayor edad, dedicado a labores más del campo, a trabajos de mucho esfuerzo, pensaba que demasiado habían sacado “aquellos asesinos de Jesús” y que bien merecido tenían haber sido expulsados. Como contrapunto, estaba uno más joven, que realizaba trabajos más artesanales y que había logrado trabar amistad incluso con algunos de los expulsados, aun poniendo en riesgo su propia vida los días de los saqueos y ataques a los conversos que eran considerados falsos cristianos. Aquella discusión casi llega a las manos si no hubiera sido porque advirtieron la presencia de la muchacha y se sintieron cohibidos ante el femenino rostro de temor que presentaba y no querían ser causantes de ningún alboroto. Por ello, decidieron reprimirse y al acercarse a aquella para consolarla lograron el efecto contrario: la joven Isabel salió despavorida como alma que la llevaba el diablo en busca de sus acompañantes de travesía. Al encontrarse con ellos, se acercó con timidez y con un gesto advirtió a Cinta que quería hablar a solas con ella. En ese preciso momento, le relató lo ocurrido y la mujer, a la que consideraba desde hacía ya tiempo como su verdadera madre, habló al acostarse con Ismael. La partida de Béjar, en las primeras luces del alba, ya sería un hecho.

Tras abandonar aquella población que más de un siglo atrás había sido fruto de un canje entre Diego López de Zúñiga, señor de la villa de Frías, y el rey Enrique III de Castilla, señor de esta villa de realengo, Ismael, Cinta, Isabel y Juan se dirigieron más al sur, atravesando las tierras bañadas por los arroyos de los Horquillos, del Castillejo y de los Horcajuelos para alcanzar poco antes del mediodía el Puerto de Béjar, que también había sufrido las consecuencias de la permuta entre Béjar y Frías, pues por aquel entonces pasaría a formar parte del reino de León.

Allí buscarían un lugar a la sombra donde dar cuenta de los ya escasos alimentos que poseían. Tuvieron suerte por la frondosidad de aquellas tierras, pudiendo alejarse del sol inclemente durante al menos el tiempo que durase la ingesta. Sin embargo, sin apenas dar tiempo a que pudiesen disfrutar de lo comido, Ismael, imperante, lo tuvo claro:

-¡Todos en pie! ¡Reanudamos la marcha! No lo digo por decir sino porque debemos adentrarnos en el valle de Ambroz, donde la población destacada seguro que hace las delicias de la joven Isabel. ¿Me podrías decir su nombre? –refirió orientando la mirada hacia la muchacha.

-¿Hervás quizá? –respondió esperanzada, aunque dubitativa.

-¡Así es! Pero antes nos refrescaremos y haremos acopio de un poco de agua, pues en breve llegaremos a los conocidos Baños de Montemayor, que parecen remontarse a tiempos de los romanos, ya que son de sobra conocidas tanto la calzada como la fuente de aguas termales. Allí, el río Baños nos surtirá del agua necesaria para que alcancemos más tarde los ríos Ambroz y Gallego que riegan las tierras de Hervás.

>Pronto ya llegaremos a este pueblo, que se haya bajo el dominio del Duque de Béjar y que no sólo es conocido por la comunidad judía que hace un siglo se asentó cerca del río Ambroz, sino que tiempo atrás en torno a un afluente de este río, el Santihervás, se erigiría una ermita construida por monjes templarios, quienes ayudaron a repoblar diversas zonas que los cristianos habían conquistado.

>Más tarde se llegó a construir un castillo por la Orden del Temple cuando el rey Alfonso VIII reinaba en Castilla. Por entonces, Hervás pertenecía al alfoz de Béjar.

>…En cuanto a la comunidad judía, Isabel, he de decirte que el decreto de expulsión de los Reyes Católicos obligó a muchas de sus familias a emigrar a otras tierras, principalmente a Portugal, mientras que los que se convirtieron llegaron a formar la Cofradía de San Gervasio y San Protasio. Antes de ser expulsados había zapateros, curtidores, sastres, lenceros, escribanos, prestamistas entre sus miembros. ¿Quién de aquellos nos podamos encontrar, querida? ¡No lo puedo saber! Sin embargo, el sueño de ver Hervás lo vas a cumplir, aunque como ya nos ocurrió en otros lugares en los que no conocíamos a la gente o que eran poco de fiar, debemos ser cautelosos en nuestros comportamientos. ¿Estamos de acuerdo todos? –pregunto al resto Ismael, recibiendo el asentimiento de los que le escuchaban por respuesta.

Aún les quedaba mucho camino por recorrer hasta alcanzar la ansiada Lisboa, pero si tenían suerte y lograban asentarse durante algún tiempo, Hervás podría servir de morada para dar descanso a sus maltrechos cuerpos, y para que las acémilas fueran debidamente alimentadas ya que al menos una de ellas estaba a punto de quedarse famélica.

Lograron mantener en Hervás una semana. Quizá demasiado tiempo si no habían logrado asentarse, pues así había sido.

Aunque pasear por aquellas estrechas calles no les suponía más esfuerzo que el de jornadas precedentes, lo que no habían logrado era que alguien confiara en aquellos cuatro forasteros que sin ninguna referencia y sin conocer el pueblo con anterioridad, hubiesen decidido asentarse en él. Aún se mantenían demasiado recientes los resquemores que la expulsión de los judíos había provocado. Que hubiese una cofradía de antiguos judíos que los amparase no era una solución demasiado duradera ni una garantía para permanecer mucho tiempo allí, por lo que la alegría que despertó la llegada a Hervás, sobre todo en Isabel, fue tornándose en pesadumbre y decepción. Así que nuevamente quien llevaba las riendas de aquel grupo se vio obligado a poner en común la decisión adoptada:

-Hemos permanecido más de seis jornadas en esta población. No ha habido suerte respecto a poder encontrar un lugar donde cobijarnos y menos aún trabajo con el que pudiésemos permanecer mucho tiempo más. Los hermanos de San Gervasio y San Protasio nos han ayudado con alguna limosna o algo con lo que poder alimentarnos y subsistir estos días, pero no es suficiente si queremos asentarnos en un lugar. Creo que ha llegado la hora de abandonar Hervás. Os lo digo a todos, aunque muy a mi pesar a ti, Isabel, ¿qué piensas de ello?

-Nada puedo reprochar sobre lo que ahora hay que hacer. Cierto es que mis esperanzas quizá fuesen demasiado elevadas respecto a lo que podríamos encontramos aquí, y por ello mi cara de decepción. Por eso, estoy totalmente de acuerdo en lo que has decidido. Opino que los demás piensan lo mismo, por lo que, cuando decidas, nos pondremos en marcha de nuevo. –respondió pesarosa la muchacha, asumiendo que Hervás no había cumplido con sus expectativas.

Iniciaron entonces una nueva andadura encaminándose hacia una nueva población de renombre para la comunidad judía: Plasencia.

Las tierras de Plasencia, bañadas por los ríos Jerte y Alagón, estuvieron ocupadas desde los tiempos más remotos. Sin embargo, para que surgiera la comunidad judía en aquella ciudad tuvo que recibir en el siglo XIII un fuero que reforzaría la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. Por entonces se daría el acontecimiento que hasta el mismísimo Rey Sabio reflejaría en sus Cantigas de Santa María, relato del que era bien conocedor Ismael, pues había sido una historia que el librero le había contado en su infancia en más de una ocasión. Recordándola en aquel momento, aquel hombre se plantó frente a sus tres acompañantes y les refirió:

-Según hubo relatado el Rey Sabio don Alfonso el Décimo, en sus afamadas Cantigas de Santa María, hubo un episodio digno de mención con motivo de la celebración de una boda en esta tierra de Plasencia.

>Así me contaba, cuando aún era mucho más joven que vosotros dos –dirigía su mirada a la bella Isabel y a su vástago– que, con motivo de la celebración del matrimonio de un caballero de esta villa, tuvo a bien engalanar tan renombrado día con la celebración de una corrida de toros. Para ello se envalentonó mostrando su arrojo al apartar el más bravo de todos ellos para mandarlo correr.

>Dicho caballero tenía al compadre Mateo, clérigo a la sazón, como encargado de ciertas cuestiones. Él se dirigió para hablar con el religioso y sería en ese preciso instante en el que aquel toro audaz fue a por él, hiriéndolo por la espalda al clavarle sus astas.

>El referido Mateo, como hombre de iglesia que era, contempló atónito aquella trágica escena, tomando como solución la de pedir merced a Santa María.

>La Madre de Dios impuso entonces su autoridad, salvando la vida de aquel osado recién casado.

>Esta parece ser la historia que aquel cultivado monarca contó hace tanto tiempo y que aún mucha gente recuerda en las calles de Plasencia.

-¿Cómo puede ser eso verdad, padre? – inquirió el joven Juan.

-Así lo relató aquel afamado rey, ¿por qué no iba a serlo? Pero además esta ciudad es mucho más importante de lo que pueda parecer, ya que al encontrarse en zona fronteriza sería tomada por los almohades, siempre nuevamente reconquistada por los cristianos de Alfonso VIII.

>El fuero recibido desde finales del siglo XIII los llevó a formar una comunidad en la que cristianos, judíos y musulmanes convivían. Tendría también derecho a voto en Cortes, hace unas décadas llegó a acoger estudios de Humanidades e incluso diócesis.

>Además, para que fuera restablecida su maltrecha salud, los médicos de la corte de Fernando el Católico le recomendaron este lugar para que fijase su residencia, viniéndose a trasladar aquí.

En aquella ciudad también amurallada, dicho recinto gozaba de seis puertas y un postigo, estando próxima a dicha muralla una Torre donde por la noche se encendía una hoguera que sirviera a los que pretendían llegar a la ciudad.

Palacios, catedrales, un acueducto incluso, puentes con los que se cruzaba el río Jerte a su paso por la ciudad, mostraban la importancia de Plasencia, además de contar con su propia judería y cementerio de los fieles a la ley mosaica.

Dos jornadas permanecieron transitando por las calles, plazas y barrios de aquella urbe, contemplando el mercado franco en la Plaza Mayor el segundo día de su estancia, que era martes. Allí observaron gozosos la variedad de productos de agricultores y hortelanos, además de asistir a los negocios que entablaban los tratantes de ganado. Con lo que aún llevaban en la bolsa adquirieron algunos suministros para su nueva travesía.

Una vez de nuevo en camino, alejándose de Plasencia, se dirigieron más al sur, y ante sí divisarían, tras cruzar un puente, una fortaleza de origen árabe que se hallaba próxima a la población conocida como Garrovillas. Dado lo inhóspito del lugar, por el castillo de Floripes, Rocafrida o Alconétar que apenas divisaron, continuaron hasta alcanzar la población cercana. Llegaban ya de noche a una localidad cuyo origen venía a remontarse desde tiempos pretéritos siendo prueba de ello la existencia de dólmenes, el posterior asentamiento de un castro conocido como Turmugun, que los romanos ocuparon como Turmulus. Árabes e incluso templarios fueron dueños de aquel lugar, hasta que el monarca Alfonso X le otorgaría la condición de villa tras la riada que asoló Alconétar, aquella villa que se hallaba próxima al castillo. Cuando aquellos visitantes divisaron aquella población, sería ya parte integrante del condado de Alba de Liste. En aquel momento la noche se les había echado encima y buscaron un lugar al raso donde descansar unas horas.

A la mañana siguiente reemprendieron la marcha. Su nuevo destino, yendo nuevamente en dirección sur, sería la importante ciudad de Cáceres. En ella romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, almohades, cristianos de nuevo, dejaron todos ellos profunda huella en la fisonomía urbana y en las edificaciones y construcciones existentes. Incluso tras la importante victoria cristiana de Las Navas en 1212, en 1218 Cáceres volvería a conocer su reconquista, siendo definitiva el 23 de abril de 1229. Sin embargo, el fallecimiento de Alfonso IX de León al año siguiente daría lugar a que pasase a formar parte de la corona de Castilla y León.

Recibiría fueros otorgados por Alfonso IX y como villa de realengo sería gobernada por un concejo propio. Esta tutela regia propiciaría que la nobleza no se hiciera fuerte y la entonces villa fuese dirigida por caballeros agrícolas.

Tiempo después, cuando se había iniciado el siglo XV, los nobles se enfrentaron duramente por el poder interno, propiciando que los Reyes Católicos intentase poner freno a tantos desmanes mediante el dictamen de diversas ordenanzas. Quizá la más destacada sería que los doce regidores concejiles pasasen a ser perpetuos, aunque la más ejemplarizante la constituiría la adoptada por la reina Isabel que consistió en el desmochado de todas las torres que la ciudad poseía a excepción de la de los Cáceres-Ovando, con el fin de poder coartar la insubordinación de sus dueños, fieles a la causa de su sobrina Juana, conocida por todos como La Beltraneja.

Nuevamente se hallaban en una ciudad de cierta importancia aquellos viajeros infatigables. El trayecto desde Garrovillas los llevaría a caminar o montar en las acémilas durante más de media jornada. Sabían que llegarían antes del anochecer, por lo que ralentizaron su caminar. Encontraron a su paso la población del Casar donde destacaban su iglesia y varias ermitas. A un lugareño le llegaron a preguntar desde cuando existía aquella localidad y aquel les respondió:

-Cuentan los más viejos que el rey Sancho, que fuera hijo levantisco del Rey Sabio, concedióle un privilegio a Casar para cultivar la tierra, aunque a las afueras del pueblo existe un castro muy antiguo e incluso alguna construcción de los romanos.

Poco tiempo después de la conversación mantenida, prosiguieron en pos de su ansiada meta: Cáceres.

Llegarían cuando aún estaba atardeciendo, pero con la suficiente luz como para entrar en su recinto.

Allí nuevamente a Ismael le asaltarían recuerdos que mucho tenían que ver con su amada Cinta. La ciudad de Cáceres le recordó a la historia de su protector cuando se alejaron de Ciudad Real, el converso Sancho de Ciudad.

-Ahora que estamos en Cáceres, me viene a la memoria un relato que quizá a Isabel le vendrá bien para recordar sus costumbres. Se trata del que fuera conocido como Sancho de Ciudad y al que Cinta y yo debemos parte muy importante de que hoy sigamos con vida…

En ese preciso instante sería cuando Ismael se refirió al rito de la circuncisión (berit milá) y cómo un mercader judío procedente de la ciudad cacereña había visitado Ciudad Real décadas atrás. Aquel hombre de anchas espaldas era conocedor de las leyes de la sehitah y era conocido por ser carnicero de judíos (sohet). En aquella época llegó hasta la ciudad donde residía Sancho de Ciudad y otros conversos que deseaban ser circuncidados para ejercer sin tacha como judíos. Así fue como de nuevo el pasado hacía acto de presencia en la vida de Ismael y sus acompañantes, recordando la visita a Ciudad Real del mohel de Cáceres. La reacción de Isabel no se había hecho esperar, pues al escuchar el relato de aquel hombre hizo un leve gesto de agradecimiento.

Dos semanas transcurrieron por aquella localidad en la que las rencillas entre nobles teñían de sangre sus calles en el momento menos esperado. Ambiente aquel poco propicio para que los que allí habían llegado decidieron poner las bases de un futuro permanente. Y así, con el fin de adquirir algunos productos que el mercado de Cáceres ofrecía, decidieron dirigirse hacia la Plaza Mayor, donde en sus portales de madera se ofrecían variedades inusitadas de todo aquello que cualquier visitante requería. Asimismo, existían portales del Pan, de los Plateros, de la Zapatería, de los Escribanos, de la Carne o incluso de la Cárcel. Aquella enorme plaza acogía diversos lugares donde poder escoger, muchos de ellos bajo la atenta mirada de las torres del Bujaco y de los Púlpitos y, entre ellas, el arco de la Estrella como principal puerta de entrada de la muralla de aquella ciudad.

Cáceres ya quedaría atrás. Y entonces la llegada a Portugal cada vez se encontraba más cercana. Para ello pretendían llegar a Valencia de Alcántara, aunque en el trayecto necesitasen varias jornadas. Así decidieron hacer un alto en el camino en una población que perteneciera al sexmo de Cáceres. Aliseda se llamaba aquel lugar y, gracias a la fertilidad de sus suelos y por su ubicación próxima a tierras lusitanas, logró crecer de tan forma que el concejo de Cáceres recibiría una merced con la que a Aliseda le serían otorgados algunos privilegios que la eximían de pagar ciertos tributos para ser repoblada. Aquellas prerrogativas se prolongaron incluso cuando Ismael y sus acompañantes decidieron pasar la noche allí. Pero poco más permanecieron pues estaban deseosos de volver al sendero que los llevaría hasta Portugal.

Valencia de Alcántara sería la siguiente meta por alcanzar, pero al menos tardarían dos jornadas más, encontrándose a su paso tanto la Sierra de San Pedro, el Castillo de Piedrabuena y la que era pedanía de Valencia de Alcántara, San Vicente.

Tras partir de aquel lugar de orígenes que se remontaban a la noche de los tiempos, lograron alcanzar otra población donde la impronta del pasado común de cristianos, judíos y musulmanes había quedado patente. Además, la importancia del lugar, tan próximo a tierras lusitanas, serviría como marco en el que los Reyes Católicos decidieran celebrar el enlace de un de sus hijas, Isabel, con el monarca portugués don Manuel el Afortunado. Allí comenzaría el despegue del entramado urbano de Valencia de Alcántara, aunque de aquello no serían testigos los que tenían por meta dirigirse más allá de la frontera.

En aquella población los viajeros pretendían permanecer durante sólo las dos siguientes jornadas, ya que aquel lugar dejó asombrados a los recién llegados al divisar el entorno en el que se hallaban bordeado por las sierras Fría y de San Pedro, mostrándose un relieve alterno de zonas llanas y otras alineaciones bajas y estrecha. Allí quedaba encajado el curso del río Tajo, en sus ramificaciones conocidas como Sever, Alburrel, Alpotrel y, cruzando la mismísima villa, Rivera de Avid.

Aunque tantas distracciones podían impedir lograr el objetivo final. Todo parecía seguir el plan diseñado por Ismael tiempo atrás, aunque no se habían encontrado con ningún inconveniente de importancia hasta entonces. El siguiente destino sería una ciudad portuguesa a la que sólo Lisboa y Oporto hacían sombra: Santarem. Sin embargo, la joven Isabel ya no podía aguantar más aquel secreto celosamente guardado durante el viaje, que por agradecimiento había decidido no revelar para no entorpecer la marcha, y al que en poco tiempo ya no podría ocultar: la mozuela estaba encinta. Los fuertes dolores ante los repetidos esfuerzos realizados obligaron a una parada forzosa, dejando a sus acompañantes sin más tiempo que el de encontrar algún físico o partera que se hiciera cargo de tamaña tarea.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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2 COMENTARIOS

  1. Portugal fue clave en la emigración de los judios aunque en 1497, bajo la presión de la recién nacida Monarquía hispánica vecina, la Iglesia católica y los propios católicos portugueses, el rey Manuel I de Portugal decretó que todo los judíos debían convertirse al cristianismo o abandonar el país.
    Magnífica descripción histórica de los lugares. Enhorabuena……

  2. Gracias de nuevo y por estos 70 capítulos en los que has sido fiel a la cita de cada uno.
    El próximo es el capítulo final, y después ya será otra historia.
    Un saludo y buenas noches

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