La fealdad

La publicación del trabajo de Andrés Rubio España Fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia, no es que vaya a pasar desapercibida –que lo está siendo, con alguna salvedad– sino que va a ser silenciada. En la medida en que el relato desplegado por Rubio no deja lugar a dudas del papel desempeñado por múltiples sectores de la sociedad española, partícipes del gran desaguisado y responsable en diferente medida de ese  caos anunciado: partidos políticos, instituciones públicas de todos los colores, empresas del sector inmobiliario, colectivo de arquitectos obsecuentes y medios de comunicación consentidores de tantos despropósitos y corresponsables del fracaso citado. Ante todo ello, podríamos decir y preguntar –a la manera de Vargas Llosa en Conversación en la catedral– “¿Cuándo se jodió el invento?”. Probablemente haya opiniones encontradas y superpuestas de esta historia de la fealdad o de la dejación reiterada: el maleficio histórico del franquismo o la modorra dejadez de la Transición.

Ya hemos tenido ocasión en estas páginas de anotar la inevitable fealdad bajuna de tantos acontecimientos sociales, en la pieza Feo, feísmo, feísta (8 abril de 2018). Aunque aquí la fealdad desempeñada viajaba desde el campo del arte con pretensiones mayores a la cotidianeidad bizarra de razones publicitarias y Quijotes de lata y enlatados, en vigilia juramental en algunas Plazas Mayores. Y por eso afirmábamos que: “En este territorio de la expansión de lo feo y del crecimiento del feísmo, ha habido incluso una sorprendente contaminación de lo artístico”. ¡Ay! Las contaminaciones.

Se citaban, incluso, los antecedentes que señalaban los hitos camineros y mojoneros. “Por ello no es raro que Pedro Azara publicara en 1990 la obra De la fealdad del Arte moderno. De igual manera que Umberto Eco formuló en 2007 su Historia de la fealdad. Como un viaje inverso del realizado, años antes en 2004, en su Historia de la belleza. En esa onda revuelta, Patricio Pron, publicaba en 2016 el artículo llamado El tirón del arte feo”. Tirón como enganche y como golpe aumentativo de arma de fuego.

Como una plaga contaminante se podía describir el trayecto y el viaje del feísmo contemporánea. “Una fealdad que extiende sus redes y tentáculos a muchos monopolios artísticos y pseudoartísticos. Que han bebido y beben en fuentes variadas y bien nutridas. Desde lo cursi a lo hortera, desde lo kitsch a lo bizarro; desde lo estrambótico a lo bohemio-burgués; desde lo canalla a lo choni. Desde lo grotesco a lo monstruoso. Un universo tan variopinto que tanto triunfa como fracasa. Dada la radical improbabilidad y certeza de sus códigos estéticos. Un universo que viaja desde la publicidad atornillada a las telenovelas calientes; desde las revistas de decoración con glamour, a algunos set alambicados de televisión pretenciosa; desde la tele realidad infestada de caimanes vegetarianos al culebrón profundo de pasiones verdosas; desde la prensa rosa a la prensa deportiva. Desde buena parte de las redes sociales inundadas de bazofia y chicle. Y esa mecánica infernal del gusto por lo feo ha llegado a todas las riberas y ribazos”. En un inundación del feísmo universal.

Ahora con Rubio no se trata de la fealdad artística ni de su epifanía social, sino de la destrucción sistemática de paisajes naturales, de ciudades históricas y de buen parte del patrimonio heredado para componer un retrato de la carcoma histórica. Nos recuerda Rubio que, en la Constitución española, no aparece la voz Paisaje ni una sola vez. De igual forma que podríamos decir que en esa escueta brevedad constitucional, la voz Urbanismo aparece una sola vez, para aludir al reparto de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas. Algo parecido ocurre con el referente Patrimonio histórico, cultural y artístico. Mencionado en cuatro ocasiones, dos de ellas, para volver al referido reparto competencial. Otra para fijar en el artículo 3 la riqueza lingüística como Patrimonio cultural, y finalmente el colofón del artículo 46 –que antecede al 47, que versa sobre el derecho constitucional a la vivienda– y que fija la declaración de la conservación patrimonial histórica, cultura y artístico. Si el derecho constitucional a la vivienda aparece enflaquecido, algo similar podríamos decir de la garantía de la conservación patrimonial histórica, cultura y artístico.

Entre los precedentes que fija Rubio, remite a dos estudios de mediados de los setenta que resultan reveladores y anticipadores del diagnóstico. El trabajo de Fernando Terán Planeamiento urbano en la España contemporánea. Historia de un proceso imposible (1976) y La destrucción de legado urbanístico español (1977) de Fernando Chueca. Trabajos que vienen a prolongar las piedras normativas de la Ley del Suelo de 1956 –que, en palabras de Terán, a partir de ella se precipita el conflicto– y la menos citada, pero más dañina como fuera la Ley de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional de 1963, que abriría el camino de la privatización y la consecuente destrucción de buen aparte del litoral español. Todo lo demás a partir de ahí, es parte del relato que habría que acompasar con dos trabajos complementarios entre sí y complementarios con el ensayo sobre la fealdad urbana. Me refiero a la España vacía. Viaje por un país que nunca fue (2016) de Sergio del Molino y La España de las piscinas (2021) de Jorge Dioni López. Que describen, como efecto de ese abandono el despoblamiento interior y la saturación del litoral y de las grandes ciudades. Efecto llamado por Dioni, urbanismo neoliberal. Un coctel del vacío interior y la densificación alternativa de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional, más los PAUs metropolitanos que ha concluido al abandono y a la mutación precipitada. Y a partir de ahí la historia de la degradación contemporánea por más diseño fluorescente que se quiera introducir en las pestañas, y por más campaña publicitaria que se quiera desplegar, como esa lógica de ‘El país más rico del mundo’. Habrá que pensar que se entiende por el concepto de riqueza.

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4 COMENTARIOS

  1. Bueno, quizá la crítica debería ser a la explotación desorbitada de los recursos y la construcción desmedida y acelerada, y no a sus consecuencias estéticas……

  2. Desde luego Ciudad Real y Puertollano deberían ser objeto de estudio prioritario en un libro sobre la fealdad arquitectonica. Y, por supuesto, en otro sobre la «obsecuencia debida» que ha marcado la historia arquitectónica manchega en el contubernio político-empresarial-arquitectural (architectural) de las dos ciudades desde los años 60.

    Cuando ves en el Cafetín de San Pedro las fotos de las casas familiares culipardas, se te caen los palos del sombrajo.

    Cómo se pudo ser tan….y destrozar ese patrimonio que, dentro de la humildad manchega, era precioso, para reventar la almendra interior a base de bloques de pisos, a cada cual más horroroso, sin ningún tipo de planificación, sentido, estructura, servicios, historia o referencias culturales etc etc.

    Y, Puertollano, tres cuartos de lo mismo. No sería capaz de decidir que bloque es más feo en el Paseo de San Gregorio…

    Como dije en su día, ambas ciudades son candidatas a ser cubiertas por completo con jardines verticales a modo del castillo de la Bella Durmiente, al menos durante tres o cuatro siglos…como poco.

  3. Candidatas ambas ciudades al oprobio, Antifa. Algún día habría que hacer balance de despropósitos y que cada palo aguante su vela si es que puede. Pero, de momento nuestras velas están apagadas y no tenemos nada de clebrar..

    • Así es. Y nos siguen dejando abandonados en la tarea de tener una ciudad un poco más acogedora, útil, interesante, usable, razonable, que atraiga negocios, que no sea un puto desierto, que esté al servicio del ciudadano, que sea sostenible….

      Esto es un puto erial lleno de coches, con un diseño de hace siglos, fea de cojones, inhumana, apestosa en verano y muerta en invierno. Un cero a la izquierda.

      Eso sí, pedazo de auditorio que tenemos….sin terminar.

      Los arquitectos deberíais montar algún grupo de presión para que cualquier concejal de Urbanismo se limite a hacer lo que se le diga y no que el concejal de turno, con los constructores de turno, echándole el aliento de la oreja, os digan lo que hay que hacer. Hay muy buenos arquitectos y urbanistas pero muy pocos concejales de urbanismo decentes.

      Un saludo.

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