Si ellos pueden…

El escenario es tan sencillo como la casualidad; enciende los focos e ilumina la zona que desea para poner a los actores principales listos para actuar. Pues así lo hizo, y en mitad del teatro se presentaron dos personajes de ficción para sellar una amistad que la historia no había contemplado.

«¿Qué hacen Hulk y Elsa charlando de sus cosas al lado de una casa de juguete?, me pregunté, mientras que me quedaba atónito ante tal situación. «¡Estos dos no tienen nada que ver el uno con el otro!». O eso creía yo, y, a lo mejor, era yo el que había creado esos dos mundos paralelos para que fuese cierto y todo tuviese una explicación lógica. Para mi suerte, ellos me ignoraron, y no solo a mí, cubrieron de imaginación sus sueños y nos dejaron fuera a todos. ¡Todo un espectáculo de sencillez!, solo al alcance de corazones puros y sin limitaciones emocionales.

Desde donde yo estaba, escuchaba su conversación: risas y algún que otro reproche que fueron dando vida al “tipejo verde” y a la “sonrisa heladora” de su pareja de juegos. No pude descifrar qué se decían, pero, por las caras de los ventrílocuos, debían de ser fascinantes. Sus ojos brillaban de felicidad. El castillo de hielo y los puños del gigantón, de color hierba, habían llegado a un acuerdo para disfrutar el uno del otro; gracias a la venda que les proporcionaba la primera noche de julio; acalorada, pero que se fue refrescando con la complicidad de sus guiños.

Sé que es difícil entender la escena sin verla, pero es bastante simple. Intentaré recrearla.

Elsa, recién llegada desde Disney, y Hulk, rescatado de Marvel, se enzarzaban en una aventura nunca antes vista. Mario y María, infantes de menos de cinco años, se afanaban en hacer de titiriteros, manipulando, con esa cualidad tan especial de la infancia, la realidad. Dispuestos a pensar solo en la amistad, sin ideas externas que les pusiesen trabas. Sus pequeñas manos sujetaban, a duras penas, muñecos que casi les ganaban en altura. Entre idas y venidas construyeron una aventura propia, en donde la fuerza bruta de uno y la delicadeza de la dama congeniaron. Hasta tal punto llegó el enlace que acabaron cenando juntos a la luz de la piscina, compartiendo mesa y mantel, y despidiéndose tras algunos saltos en la cama elástica.

Lo más increíble fue verlos despedirse, disfrazados de la mejor prenda que existe, la amistad, para citarse al día siguiente para otro nuevo desafío. No les importaba el personaje que les tocase representar, ni siquiera si el frío o el calor llegasen a hacer su aparición con la nueva salida del sol. Solo una mirada les bastó para apuntar fecha y hora, cualquiera les servía, pues algo maravilloso había crecido dentro.

Algunos solo se percataron de una tierna estampa, digna de una fotografía en alta resolución. Y eso lo comparto, ¡era merecedora de premio!; «María y Mario estaban para comérselos a besazos». Pero mi inquieta forma de pensar solo disfrutó de ese camino tan difícil que es para algunos adultos llegar a entenderse, para acercarse y avanzar. Y que para esos dos pequeñajos había sido tan sencillo como querer, solo querer, y listos para seguir adelante.

Creo que las personas nacemos con una mente limpia, dispuesta para aprender la diversidad de formas que encierran nuestras personalidades. Y cada vez estoy más convencido de que mi manera de pensar es real, y no una invención. También me reafirmo en que nos vamos corrompiendo en cada paso que damos por el lado incorrecto, alentados por estímulos externos que nos alejan de nuestra esencia. Esto pienso que vale para todo en la vida, sea de la condición que sea.

Si dos niños, de apenas un lustro, son capaces de hacer que sus juguetes, de universos tan dispares, compartan ilusiones, nosotros también podemos lograrlo.

La diversidad es esperanza,

 sin importar en qué forma se presenta.

JYDC
Sin palabras mudas

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