Notas de estío 3. Hielo

Ahora que –como una maldición más en el malditismo de este horripilante 2022– hasta el hielo escasea, conviene pensar en esa suerte de Oro Blanco que va camino de cotizarse.

Y empezar a cobrarse en bares y restaurantes.

Como prueba del oro del Oro Blanco, aunque no sea ese su color.

Y sea más bien cristal apagado y semitransparente.

Como anuncian algunas marcas que se publicitan como Hielo cristalino.

Frente a la sutileza –o se ausencia– de otras marcas comerciales, que van de Iglú al Esquimal, del Polo Norte al Pako Kubitos.

Oro Blanco por Oro frio.

Sobre todo, cuando el otro oro, el rojo del calor monumental, no deja de expandirse.

Y contra el Oro Rojo sólo cabe oponer el Oro Blanco.

Así llamado por Tudor en el siglo XIX.

En lol que parecía un negocio incipiente y llamado a expandirse.

Y es que hay un personaje tan estrafalario como verdadero, en la persona de Frederic Tudor, nacido en Boston en 1783, al que se le acabó llamando El rey del hielo.

Sin ostentar reinado alguno, solo ese oro contable descolorido.

Mas allá de ser, Tudor, uno de los primeros responsables de utilizar el hielo natural –como se había hecho en los neveros y pozos de nieve de toda la vida – para conservar alimentos y enfriar bebidas.

Movimientos de saca y cultivo del hielo de Massachusetts camino de los estados sureños de Estados Unidos y de la Martinica, con un enfoque cuasi industrial.

La dimensión del negocio de Tudor se multiplica, cuando se asocia con Nathanael Wyeth, cosechando ya bloques regulares de piezas prismáticas de hielo cortado.

Así hasta 1876 en que se inventa el frigorífico.

Que es tanto como tener el frio en casa en épocas calurosas, principalmente.

Hasta la llegada del aire acondicionado atribuido a Willis Haviland Carrier en 1902, todo el frío domestico se residenciaba en el frigorífico.

Toda vez que ventiladores, flabelos y abanicos –existentes de mucho antes– no era máquinas de frío sino de aire en movimiento.

Por ello el refrigerador, la nevera o la heladera como templos del frío doméstico.

Cuyo dios absoluto es la pieza de hielo: conservada o producida en forma de cubitos.

Frigorífico que algunos curiosos, colocan en un ranquin de los diez inventos más importantes de la humanidad.

Junto a la rueda y la penicilina

Y es que con la cadena de frío que abre la expansión del frigorífico, se pasaría a la cotidianeidad del hielo y su conservación.

De todo ello, Verdú retiene en la voz Frigorífico, algunos detalles cruciales.

El frigorífico es una invención de finales del siglo XIX, años en los que se desarrolló una importante industria en torno al frío.

Esta segunda aplicación industrial tardó en verse representada dentro del hogar, pero la neta fabricación de hielo que se repartía en bicicleta, envuelto en arpilleras durante los veranos vino a ser una referencia estival superlativa.

No sólo se celebraba la regularidad del paralepípedo casi transparente sino sus desconocidas propiedades, sus expresiones muy pesadas y resbaladizas, su magia de cristal derivado del agua y su inédito sabor que aunque debiera ser insípido adquiría un carácter peculiar debido a su composición bajo cero.

La nevera que tantas satisfacciones proporcionaba en los primeros veranos del siglo XX operaba sólo en cuanto armario del hielo. Toda la producción de hielo en casa que desarrolló después el frigorífico fue una transposición, a pequeña escala, de los artefactos navales que transportaban carne y  quesos en sus desplazamientos oceánicos.

 El calor, el fuego, fue desde el origen la fuente primordial de vida. ¿Cómo podría ser el frío, su contrario, el símbolo de lo yerto, una razón también de vida?

De este modo hay frigoríficos pobres y ricos, de mejor o peor calidad y de buen o mal diseño pero todos pueden ser contemplados como depositarios de una misma función esencial que divide el tiempo en dos, gracias a su inducción del bajo cero.

No importa si sus caracteres organolépticos se recobran más o menos al descongelarlos, lo decisivo es que pierde prácticamente todas sus cualidades aplastadas por el poder del frío, tal como si hubiera efectivamente muerto en todos sus aspectos peculiares.

El congelador de la nevera procura esta muerte, tan terrible, para alargar paradójicamente la vida.

O, lo que sería lo mismo, detiene el tiempo que se acercaría a esos cuerpos y los protege de su contacto.

Una operación como el congelado aterraría a la sociedad de hace cien años y todavía hasta cincuenta el congelado se veía como la creación de inquietantes cadáveres.

La naturalidad con que ya actualmente se congela todo y en cualquier hogar se corresponde con la aceptación general de que la vida puede y debe ser controlada, y en su asíntota tratar de hacerla interminable, sea mediante la cosmética anti-edad o a través de los cuidados médicos para la vejez sin nombre donde parece alargarse sin término la prolongada esperanza de vida.

Algunas notas sueltas sobre el trabajo Fuegos, de Vicente Verdú, dejan ver el conflicto entre frío y calor y el complemento de lo anterior.

Que es tanto entre hielo y vapor.

Y cierta preferencia.

Así, en Verdú: “El calor, en general, acosa mientras el frío paraliza o mata. El frío siempre tuvo un mejor predicamento puesto que de su temperatura igual a cero, igual a la pobreza mística, podría deducirse una simbología espiritual propia a su vez de las catedrales secularmente heladas”.

Frente al frío el calor.

Aunque ahora en este año espectacular en sus temperaturas, podamos decir la paralela.

Frente al calor, calor interminable.

En esa suerte de parodia sureña sobre los tipos crecientes de calor.

El calor, La calor, Los calores y Las calores.

Y todo ello, nos lleva a contraponer el calor–en cualquiera de sus grados y medidas– con el producto del frío por antonomasias: el hielo.

Y es que, hoy y aquí, el relato del hielo y del frio consecuente, nos hace más llevadera la cuesta acalorada.

O lo creemos

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