La vida y la muerte. Recordando a mi esposa Puri

Julián Plaza Sánchez.- Llegué a casa cuando la noche avanzaba y al entrar por la puerta divisé una silueta en el salón, justo en el sofá donde siempre estaba sentada mi princesa. Pero al acercarme comprobé que era el reflejo de un rayo de luna que entraba por el balcón. Gestionar la pérdida de un ser querido es complicado, la tristeza se antepone a cualquier otra emoción. Simplemente el recuerdo de la persona que ya no está presente, es el único instrumento con el que suplir su ausencia.

La realidad es que la muerte de la esposa cambia radicalmente el mundo que aprendí en su momento a comprender. Ahora tengo que volver a aprender el mundo en el que me encuentro. Todo cambia, las actividades compartidas, los pensamientos mutuos, las decisiones discutidas. La soledad se hace protagonista indiscutible de la vida y el mundo se convierte en un lugar diferente y más solitario. Para mantener la serenidad, es necesario comunicarse con la persona desaparecida. Entre los griegos la acción de sepultar el cuerpo inerte de la persona fallecida, se consideraba la vía para comunicarse con ella. A  los católicos nos proporciona el recuerdo y la oración. La sepultura custodia la relación que hay entre los vivos y los muertos.

Después de su muerte aparece el duelo. Esto no solamente es una respuesta emocional de soledad o tristeza, afecta a todos los niveles: físico, emocional, cognitivo, social y espiritual. Se instala en todo tu ser  la apatía por vivir, todo te da igual y piensas que lo mejor sería que la tierra llegase a ese nivel de destrucción lo antes posible. Los especialistas en estos temas recomiendan que el cónyuge cuide su salud en el periodo posterior a la muerte de su esposa. En este caso, como en otros muchos, es fácil dar consejos pero es difícil normalizar la vida sin la persona querida.

Inmediatamente después del fallecimiento me encuentro lleno  de soledad, nostalgia y tristeza. Pero también aparece una especie de ira, cuando desaparece la persona que fue tan importante en mi vida. En este momento un sentimiento de culpa invade todo mi ser. Sus recuerdos me causan tristeza y alegría. Deseo que solamente se manifiesten aquellas ocasiones en las que vivió siempre rodeada de las personas que más la querían y en donde fue inmensamente feliz.

Soy católico y tengo fe, pero en este caso la fe se cimbrea como los juncos al viento. No se tiene respuestas, solamente piensas que su espíritu perdurará eternamente. Al fin y al cabo en eso se basa la fe, en creer sin evidencias, si no no sería fe, sería ciencia. Quizás en estos casos, aunque la duda inunda el pensamiento, terminamos abrazando la fe porque nos permite aligerar el dolor, dar esperanza y encontrar sentido a la muerte.

Por eso quiero recordar a mi esposa, Purificación, que fue una buena hija, una excelente madre y una amada esposa. También fue muy buena profesional, como profesora de latín instruyó a cientos de alumnos que reconocieron en todo momento su labor docente. Recuerdo como nos conocimos, precisamente ayudándome a aprobar el latín. Recuerdo nuestro tiempo de noviazgo estudiantil, con sus penas y alegrías. Recuerdo el enlace matrimonial, el día más bonito e importante de mi vida. Recuerdo el tiempo de casados en donde me sirvió de guía para llevar una buena vida y como no, del nacimiento de nuestro hijo. Pero lo más destacable de ella es lo buena persona que era. Su bondad, amabilidad y sencillez eran sus características principales. Esto hace muy difícil gestionar la pérdida de una compañera, una madre y en definitiva de una buena persona.

Con el ánimo triste y doloroso, me preparo día a día para combatir esta amarga soledad. La realidad de nuestra existencia es que el dolor es el compañero inseparable de nuestro peregrinar por esta vida terrena. Antes o después aparece, toca en nuestra puerta y no nos pide permiso para pasar. Sin permiso se instala en nuestra vida y nos acompaña hasta la tumba. Dicen que vivir es morir cada día un poquito, pero en este caso muere la mitad de la persona que sigue viva.

Puri, quiero recordarte siempre como esa persona amorosa, alegre y buena que fuiste. Es posible que con esos recuerdos y con el paso del tiempo, consiga un poco de alegría. Aunque en estos momentos me siento como dice el poeta Juan Alcaide en uno de sus poemas:

“Me siento derrotado por tu muerte,

Por tu morena calle sin salida…”

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