La insoportable levedad del lenguaje político

Hablar para no decir nada, o lo que es peor, hacer lo contrario de lo que se dijo. La política española, o mejor dicho, sus actores, sostienen un mensaje muy mal despachado. Igual que de chicos le decíamos al tendero de la esquina que nos despachara bien por encargo de nuestra madre y no nos hacía caso, el palabrerío actoral de nuestros dignísimos representantes se compone en un altísimo porcentaje de papel de estraza y un diminuto resto de compromiso real. Decir que el PP regala a los ricos para recortárselo a los pobres es tan ridículo como aseverar que España se está venezoleando, por ejemplo.

La oquedad de lo que dicen es tal que provocan el hastío del electorado, el no militante, que es donde se recoge la mejor cosecha. La teatralidad del Parlamento madrileño es un ejemplo claro de la irritante política ad hominem o ad feminam. You tube está lleno de secuencias en las que dos de ellas se tiran al degüello –Pilar Diaz Ayuso versus Mónica García Gómez– dejando en un segundo plano la gestión del día a día y sus aciertos o errores. Se les ve en la cara cuánto se quieren. Cada vez que un dirigente político habla es para dirigirse contra el otro/a hasta que se queda sin voz. Lo mismo ocurre en Catilla-La Mancha donde al aspirante popular a presidirla Francisco Nuñez no se le cae de la boca el nombre de Emiliano García-Page, quien ahora critica las compañías de Sánchez cuando él mismo gobernó…¡con un documento ante notario! con Podemos. Lo mismo ha pasado con la teatralidad sobreactuada de Macarena Olona antes y después de las elecciones andaluzas que ha generado la primera crisis en Vox. No es extraño que entre un PSOE andaluz EREído de muerte, una candidata de Vox más chula que un ocho y una extrema izquierda a la greña, haya ganado un tipo tranquilo como Juan Manuel Moreno, que hasta ahora ha hecho más que dicho… y la que ha liado.   

Así es normal que la gente, el pueblo, la ciudadanía sin carné pase de ver la tele cuando aparecen los rostros de la discordia y centre más su atención en el café caliente que en el interminable y aburrido intercambio de piropos. El lenguaje político es tan leve que de tanta reiteración no se escucha. No hay un verdadero intercambio de ideas y de programas -éstos quedan relegados por el cuerpo a cuerpo- una crítica sin ácido y, valame Dios, un reconocimiento del adversario si este toma una medida que se ajuste al interés general como el calcetín al pie. Este modo de hacer política no es estratégico: tiene un sustrato mucho más profundo que enraíza con el manido cainismo español y su pecado capital por antonomasia: la envidia. Y de tan profundo es simple.

Los medios de comunicación no están al margen. Es común, como siempre ha ocurrido y así debe ser, que los haya con una línea editorial determinada, pero hoy los medios, incrementados por la oportunidad digital, más que difusores de la actualidad y su forma de interpretarla, son panfletos políticos con mayor o menor disimulo. Están en su libertad como en su libertad están los lectores, oyentes o televidentes, tanto en formato tradicional como digital. Llega incluso a resultar divertido dado el afán que ponen en los titulares antes ideológicos que estrictamente periodísticos, porque el periodismo ha dejado de ser una herramienta de fortalecimiento de la opinión pública para convertirse en un pasquín a la antigua usanza. Un periodista hoy tiene que estar rabiosamente ubicado en alguna bandería porque el que no lo esté es un tibio de poco fiar, o un rojo o un fascista, palabras que ya de escribirlas da pereza.  No seré yo quien analice lo ocurrido en Italia, que doctores tiene la política algunos con tesis de dudosa originalidad.

Todos tienen que callar miserias, lo cual no es tan abominable, porque la política es cosa de hombres (y mujeres) que no son ajenos a su propia naturaleza.

Y hablando de Italia, ha ocurrido un detalle también: que por primera vez una mujer ascenderá a la gobernación del país en calidad de primera ministra. ¡Con las ganas que tengo que me presida una mujer talentosa! Es la parte novedosa y progresista en comparación con España, aunque Giorgia Meloni sea más de derechas que el arcén de la derecha vial. Y ya puestos, en Irán, con peligro de sus vidas y de su libertad, andan las bravas mujeres dejándose ver la cara para asombro del mundo que además de celebrar esa primavera femenina ha descubierto la belleza de las iranies. Apenas una protocolaria y twitera condena con retardo es lo que se le ha escuchado a la ministra Irene Montero, muy dada y experta en la insoportable levedad del lenguaje político, ya que hubiera corrido como una gacela si el sesgo del mismo acontecimiento hubiera sido otro.

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