La levedad y la belleza

José Agustín Blanco Redondo. Escritor. Reseña de la exposición de Joaquín Morales “La vida a trazos”. Museo Municipal de Valdepeñas. Quieren saberlo, pero no pueden. Quieren averiguar cómo lo haces, si apenas albergas veintidós gramos de plumas, músculos y huesos frágiles, diminutos.

   Quieren conocer cómo eres capaz de tal hazaña, cómo logras retornar, tras criar a tus vástagos y al alumbrase los inviernos, a estas tierras del sur, cómo abandonas las ventiscas que azotan el norte del continente para despertarnos al alba con tu canto prematuro, sigiloso, allí, muy cerca, en los ribazos de un arroyo atrapado en el silencio de la zarzamora y de la escarcha.

    Quieren saber todo de ti, pero jamás comprenderán nada. La voluntad no se explica, no admite razonamientos ni silogismos, nace de tu interior, se derrama por el escarlata de tu pecho y se expande ante la mirada de los hombres en un vuelo súbito, preciso, exacto como esos veintidós gramos que condensan todo tu ser. Veintidós gramos ─eres tú, petirrojo errante─ que nos abruman de levedad y de belleza.

   “La vida a trazos” es el título de la exposición con que Joaquín Morales nos sorprende en el Museo Municipal de Valdepeñas. Y es al contemplar sus obras cuando podemos comprobar que la realidad es susceptible de ser atrapada por unas manos sabias en el manejo del carboncillo, del grafito y del lapicero sobre un lecho de papel. Son escenas estancadas en el rumor del tiempo, imágenes fieles, concretas, detenidas en un instante mágico, el mismo instante en que la mirada del artista tuvo a bien hacerlas tangibles, convertirlas en trazos de realidad, hacerlas asequibles a todos los que saben apreciar un arte que se disfruta con los sentidos, el tacto de la corteza de una encina, el ronroneo de un gato, el destellar del agua en las acequias, el aroma de las flores en el corral de Martina, el sabor del olvido en un zaguán abovedado.

   Encontramos en esta espléndida muestra algún sutil homenaje a los dibujos de Gregorio Prieto, alguna avanzadilla hacia el surrealismo y también incursiones tenues en el manejo del color sobre fachadas de tapial descalichado y zócalos deslucidos, también sobre puertas desvencijadas tintadas de añil, tal vez, como deferencia a la obra de maestros como Pedro García y José Antonio Rúa.

   La poesía se imbrica de forma natural en muchas de las obras de Joaquín. Tanto es así que el autor no duda en titularlas con ese lirismo que identifica sus creaciones y las dota de una personalidad compleja, rotunda, permanente. Un lirismo que acrecienta la sensibilidad contenida en cada obra. Hablo de dibujos como “Ausencia”, “El viejo álamo”, “Solo el olvido”, “In memoriam” ─obra de influencia tenebrista, con ese violento contraste entre la luz y las sombras tan usual en Caravaggio─ y “Habrá otro verano”. Y, como enfrentado a esa poética intimista, el realismo de las afueras, del arrabal, de los suburbios, un realismo industrial, decadente que se manifiesta en centenarias chimeneas de ladrillo habitadas por cigüeñas, instalaciones fabriles abandonadas o, quizá,  aún empeñadas en exhalar alguna humareda gris.

   Espero que Joaquín tenga a bien organizar alguna visita guiada donde nos ilustre sobre la diferencia entre el lapicero y el grafito, sobre el gramaje y la textura del papel que emplea en sus dibujos, sobre el lugar geográfico que representa cada una de sus obras y sobre la historia interior que las ampara. Espero que no dejen de visitar esta deliciosa exposición. Saldrán de ella, con seguridad, abrumados de levedad y de belleza.

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