En otoño

En otoño, no solo se produce un cambio de estación. Como cada año, es el momento en el que finaliza un ciclo de la vida para dar paso al comienzo de uno nuevo. Cuando España era una sociedad, eminentemente rural, el inicio y el final de año, eran fechas importantes —pero anecdóticas—, en el calendario vital de nuestros hombres de campo. Porque el verdadero cambio de ciclo se producía con el comienzo de la estación otoñal, que eran los días más importantes para ellos.

Aún hoy se siguen utilizando estas fechas en ámbitos que, tradicionalmente, se han relacionado con las actividades agrícolas. Así, el año hidrológico empieza el 1 de octubre y finaliza el 30 de septiembre. Los empleados del campo, renuevan sus contratos o cambian de empleador para San Miguel (el 29 de septiembre). Y esas mismas fechas se fijan como las de inicio y finalización de los arrendamientos rústicos. Pero, sobre todo, en ese tiempo se termina de recoger la última cosecha de lo cultivado a lo largo del año, excepto la del olivo.  

En otoño, la naturaleza inunda nuestros campos de colores espectaculares, casi mágicos. Los árboles de hoja caduca empiezan a cambiar de color y, unas semanas después, inician la caída suave de sus hojas sobre el suelo de nuestros campos, sedientos del agua que no les llega, pero que necesitan, más que nunca, cuando comienza la simienza. En esta estación proliferan los colores amarillos, anaranjados, rojizos, marrones y ocres, sobre todo. Aunque también aparecen los tonos rosa, verdoso y azulado.

Esta maravilla de la naturaleza se puede observar en muchos de nuestros montes, en las riberas de los ríos, junto a los lagos, en los caminos, en las dehesas o en los valles. El paisaje, casi sin querer, nos hace sentir nostalgia, pero también serenidad y, algunas veces, nos hace sentimos henchidos de una paz inmensa en el corazón. Aunque, por todo lo acontecido, es difícil que eso se produzca en este año tan aciago que llevamos.

En otoño, el primero de noviembre, con motivo de la celebración del Día de Todos los Santos, revivimos acontecimientos especialmente sentidos con nuestros seres más queridos al acudir, para honrarlos, a su lugar de descanso eterno. Hay vivencias que, cuando se produjeron, apenas les dimos importancia, pero después —cuando ellos nos dejaron—, adquirieron relevancia y se convirtieron en inolvidables.

Uno de estos recuerdos indelebles, fue el último viaje que hice con mi padre. Hace casi veinte años, a finales de un mes de septiembre, nos fuimos los dos desde la Mancha toledana a Teruel, pasando por Cuenca. De regreso, cuando habíamos pasado esta capital manchega, me sugirió parar en el balneario de Valdeganga. Y así lo hicimos. Él me contaba lo espectacular que era aquel lugar, a dónde llegaban gentes venidas de toda España. Este complejo de descanso incluía dos hoteles, un gran restaurante y un bar, además de las dependencias que se utilizaban para los baños termales, cuyo origen se remonta a tiempos de los romanos.

Cuando paramos, el espectáculo fue deprimente. Muchos edificios estaban derruidos, lo que le produjo una cierta frustración. Esperaba poder mostrarme un lugar, que en su día debió de ser espectacular, pero allí solo quedaban los restos de un esplendor perdido hacía casi cincuenta años. Iba indicándome las distintas dependencias que había en aquel balneario, cuando llegamos a un amplísimo salón. Se trataba de la gran sala de baile que estaba invadida por una densa vegetación que ocupaba todo el espacio. En un momento noté su emoción contenida, seguramente recordando aquellos tiempos pasados de cuándo él lo visitó. Al ver que lo observaba, forzó una leve sonrisa. Poco después, retomamos nuestro viaje de regreso.

En otoño, es una expresión que se utiliza metafóricamente para decir que, en la vida de las personas, empieza un tiempo de cambio, de preparación y de tránsito al inevitable final que nos espera.  Es momento —como hace la naturaleza—, de despojarse de todo ornamento externo, para centrarse en el sustento de las necesidades básicas para sobrevivir. Aunque el hombre de hoy busca, además de su supervivencia, atender sus necesidades íntimas, afectivas y espirituales.

Esta estación es de desnudez, de claridad y, como los árboles ya están desnudos, ahora sí que nos dejan ver el bosque. Antes, las hojas nos lo impedían, haciéndolo invisible a nuestra mirada.

En ese estado de sosiego, el ser humano ya no tiene espacio para fingir ni aparentar. El tiempo apremia. Por eso busca llenar ese hueco temporal con aquello que no pudo hacer mientras estaba en activo. Se dedica a sus aficiones, como viajar, practicar deporte, leer, escribir, pintar, estudiar, a la música…; o dedica mucho más tiempo —como ellos se merecen— a los amigos y a la familia. Ambas cosas pueden ser una salida digna a esa nueva situación. Aunque, en otoño, también se tiene tiempo para añorar con nostalgia nuestro pasado. Porque, como decía Jorge Manrique, cualquiera tiempo pasado fue mejor.

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