Aquel mes de noviembre de convulsiones y nacimientos

Dos fechas claves se dieron en noviembre para que la actual Ciudad Real sea en parte una población con un pasado que se remonta a la Edad Media, aunque los vestigios de esta no muestren la relevancia que debiera haber tenido.

La convulsión que supuso aquel 1 de noviembre de 1755 en gran parte del territorio peninsular y que tuvo su epicentro en Lisboa, propicia una devastación sin igual que alcanzaría a la modesta población que mediado el siglo XVIII era Ciudad Real. Sin duda alguna, lo que supuso quedaría reflejado en alguna documentación que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, donde se muestra la información relativa a los desperfectos que aquel cataclismo provocó en algunos edificios representativos de la ciudad, como aconteciese en la mismísima estructura de la parroquia de Nuestra Señora del Prado y de algunos de sus elementos representativos, igualmente en la de Santiago siendo incluso dañado el cuerpo superior de su torre, daños diversos se vieron reflejados en el convento de Santo Domingo, el convento de San Francisco también sufrió gran cantidad de destrozos, el destrozo sumió en la auténtica ruina a la iglesia de San Juan de Dios, grietas diversas afectaron al convento de las religiosas Carmelitas descalzas, en el convento de las religiosas Dominicas vióse afectada parte de la Capilla mayor y otras dependencias, la mismísima iglesia del convento de las religiosas Franciscas sufrió importantes daños, o la ermita hospital del Santísimo Cristo del Refugio tampoco quedó indemne ante el seísmo originado en la capital lusa. De las repercusiones podrían decirse muchas más cosas, pero para conocer cómo vivieron los afectados aquella jornada del Día de Todos los Santos del año de 1755, aconsejaría la lectura de la muy acertada reconstrucción que Vic Echegoyen lleva a cabo en su novela Resurrecta en el caso de Lisboa.

Pero ¿Ciudad Real desde cuándo? ¿Qué hubo antes y por qué? Esa es otra historia y para ello habría que recordar otra fecha relevante en este mes de noviembre: el día 23 del año de 1221, data en la que nació Alfonso de Castilla y León, el Décimo de su orden, que acabaría fijándose en el año de 1255 en una modesta aldea conocida como Pozo de don Gil para fundar una “grand villa et bona”, la entonces Villa-Real.

Curiosamente también será el mes de noviembre muy importante para este monarca pues como señala en el Boletín de la Real Academia de la Historia José Hinojosa Montalvo:

En 1240 Fernando III la escogió como esposa para el infante Alfonso. El compromiso matrimonial se inscribe en el contexto político de una mejora de relaciones entre Castilla y Aragón, con asuntos comunes en el sureste peninsular y Navarra, favorecido además por otros variados intereses, desde el Papado, deseoso de fomentar las buenas relaciones entre los dos Estados más fuertes de la Península, a la Orden de Santiago y el propio infante Alfonso, deseoso de afirmar su independencia personal. A partir del Tratado de Almizrra (1244) se decide la entrega de la infanta, en fecha no verificada, pero que culminó en Valladolid el 26 de noviembre de 1246 con el “contrato matrimonial por palabras de presente entre ambos contrayentes” y la bendición nupcial. Violante tendría nueve años cumplidos. A la ceremonia no asistió Fernando III, pero sí la reina Juana de Ponthieu. Por último, según Francisco de Moxó, en 1249 se celebraron las “bodas” con la ulterior consumación del matrimonio, también en Valladolid, en 1249, quizá el 29 de enero, como señaló Jofré de Loaysa, cuando contaba Violante doce años de edad, de acuerdo con los Derechos Romano y Canónico.”

A pesar de que históricamente a Alfonso X se ha considerado que no fue feliz con su esposa Violante al intentar repudiarla por no tener hijos, cuando se estaba planteando un nuevo matrimonio con la princesa noruega Cristina, nacería el primero de sus vástagos, Berenguela (1253), al que siguieron Beatriz (1254), Fernando (1255), Leonor, Sancho (1258), Constanza (1259), Pedro (1261), Isabel (1265), Violante (1266), y Jaime (1264).

Del fallecimiento fatídico de Fernando de la Cerda (1275) y de los conflictos con su hijo Sancho, entre otras cuestiones de su reinado, habría mucho que decir, aunque nos alejaríamos del centro de la cuestión: hoy, 23 de noviembre recordamos la figura de aquel que un día puso los ojos en una aldea perteneciente a la localidad de Alarcos. Los siglos la han llevado a convertirse en una ciudad de algo más de setenta y cinco mil habitantes. Su nombre, Ciudad Real.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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