Del distanciamiento social al alejamiento humano

Raúl Sánchez Marín*

¡Pobres y miserables gentes, pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro propio mal y ciegas de vuestro bien! Dejáis que os arrebaten, ante vuestras mismas narices, la mejor y más clara de vuestras rentas, que saqueen vuestros campos, que invadan vuestras casas, que las despojen de los viejos muebles de vuestros antepasados. Vivís de tal suerte que ya no podéis vanagloriaros de que lo vuestro os pertenece. Es como si considerárais ya una gran suerte el que os dejen tan solo la mitad de vuestros bienes, de vuestras familias y de vuestras vidas. Y tanto desastre, tanta desgracia, tanta ruina no proviene de muchos enemigos, sino de un único enemigo, aquel a quien vosotros mismos habéis convertido en lo que es.   

Salvo honrosas excepciones, no puede decirse de la intelectualidad manchega– así como tampoco de la española –que se haya mostrado especialmente crítica con la serie de hechos acaecidos y fenómenos extraños, novonormales, que vienen sucediéndose desde que el 14 de marzo del 2020 se ejecutara el primer encierro de la población y diera comienzo el secuestro de nuestros derechos y libertades y el consiguiente deterioro del Estado de Derecho, de la democracia y de la propia sociedad, castigada desde entonces con la porra arbitraria del protocolo de turno que se impone por encima del imperio de la Ley– y aun del reino del sentido común –; doblegada por coerción a fraudulentas pruebas PCR cuya finalidad médica no puede ser nunca, por sí misma, diagnóstica (como previno su inventor, Kary Mullis, y reconocen los propios técnicos del Ministerio de Sanidad), pero cuyos resultados, haciendo oídos sordos a lo anterior y vulnerando las buenas prácticas médicas, son tomados como si fueran veredictos infalibles; una sociedad que ha sido manipulada hasta lo soez y vomitivo por todos los frentes mediáticos, ya sean públicos o privados; azotada y perseguida por lenguas vulgares de la telebasura o de renombradas figuras académicas para quienes los derechos y libertades fundamentales son “monsergas de leguleyos”; y, en fin, subyugada bajo la última de todas las dictaduras que nos quedaba por conocer, la perfecta, la dictadura total fruto de la Cuarta Revolución y la Agenda Globalitaria ya puesta en marcha.

Advirtiéndolo, por aquellas fechas escribí un mensaje a mis contactos, que la gran mayoría no supo o no quiso entender, pero que con el tiempo sí ha llegado a ser mejor comprendido por todos y hasta transformarse en un secreto a voces:

No es un virus lo que recorre el mundo, sino una actualización del sistema. No se trata de una pandemia, sino de una diálisis neuronal, social, económica y política. Quieren sustituir la inteligencia natural por la artificial y a la razón por el algoritmo. Lo que está en peligro y juego no es nuestra salud y vida, sino nuestra humanidad y conciencia.

Pese a que con anterioridad al Gran Reseteo la intelectualidad manchega y española ya mostraban claros signos deficitarios de pensamiento crítico, no deja de asombrar las pocas voces que se han escuchado, de entre las que nos han precavido en tantas ocasiones sobre los abusos del poder en complicidad con los Grandes Medios de Persuasión y Propaganda (GMPP, en expresión del profesor Isidro Sánchez), para, cuando menos, darnos sus autorizadas opiniones del momento que vivimos. Lo llamativo de este silencio adquiere, para el caso manchego, tintes patéticos habida cuenta de que nuestra provincia fue, en términos netos, la más ejemplar– como no podía ser de otra manera en tierras cervantinas –en el Ars moriendi hispanorum de la primera razia iatrogénica, que no ola coronavírica.

Datos de marzo y abril del 2020. Imagen: Wikimedia Commons

Este texto está escrito, además de para exorcizar ese silencio, para restituir la memoria de nuestros muertos de marzo y abril del 2020. No olvidemos que durante aquellos dos meses los manchegos caímos como chinches, llegándose a considerarnos el Wuhan de España.

Una de las sacrificadas en aquella escabechina fue mi madre, el 30 de marzo del 2020, el mismo día en que, luego me enteré, dio positivo el por entonces omnipresente y hoy desaparecido Fernando Simón, uno de los responsables máximos de que tanto ella como miles de manchegos y españoles más murieran, en aquellas semanas de ensañamiento clínico y hostigamiento civil, a una velocidad nunca antes registrada. Mi madre no tuvo la suerte del hombre de moda del momento para ser atendida presencialmente por su médico de cabecera al menor síntoma. Al contrario, no solo le negó la atención domiciliaria, sino que tuvo la ligereza de insinuarle que “por los síntomas que me dices, tienes coronavirus”. Si ya es inmoral no visitar a un enfermo (que el Código de Ética y Deontología Médica obliga aun en tiempo de epidemia y catástrofe), realizar un pseudo-diagnóstico por teléfono debiera ser directamente punible, pero una orden de la Consejería de Sanidad de Castilla-La Mancha autorizaba, que no obligaba, a que las visitas domiciliarias se pudieran sustituir por atención telemática. Fui yo quien, desplazándome 50 kms., tuve que atenderla las tres o cuatro ocasiones que no quiso su médico, hasta que finalmente la traje a casa conmigo y mi mujer el 26 de marzo. En su encierro forzoso, atemorizada por el bombardeo de una propaganda tremebunda que ha llegado a valerse de recursos tópicos del cine de terror, resultó que había estado cinco días sin poder comer y sus respectivas noches sin poder dormir, callándoselo por no asustarnos y exponernos a un supuesto contagio del que nunca hemos tenido el menor rastro, y eso que no usamos protección ni Epi algunos, ni renunciamos, faltaría más, a cuidarla humanamente, con cercanía, caricias, abrazos y besos. Quien sepa de cuidados conoce la mejoría casi inmediata que se observa en una persona desahuciada que se siente, por fin, socorrida, auxiliada y acompañada en su malestar. En su primer día con nosotros, además de recuperar el gusto, se le cortaron la diarrea y la angustia, principales motivos por los que no comía ni descansaba. La tranquilidad que le reportaba saberse en buenas manos propició que se relajara, le bajara la fiebre a apenas unas décimas y durmiera de un tirón por vez primera en seis días. Lo único que no fuimos capaces de calmar fue una tos, seguramente producto de la irritación y los nervios– las autoridades sanitarias cumplieron tan bien su papel en la advertencia de la sencilla tos como “síntoma covid” que traumatizaron a las personas –que se le manifestaba sobre todo al hablar y tenía intranquilas a mis hermanas, cuyo contacto con ellas solo podía ser telefónico al residir en otra región. A los tres días de estar con nosotros, y viendo que lo que tuviera nuestra madre no revestía mayor gravedad que una gripe (la simple gripe que aquel año, recordemos, desapareció, todo era “covid”), la llevé a las urgencias de una clínica ciudadrealeña para que todos nos quedáramos tranquilos. La tarde del día 28 de marzo del 2020, ingresando por sus propios pies, fue internada en silla de ruedas– última imagen que conservo de mi madre alejándose de mí –, derivada a la planta covid como “sospechosa” y, no dándosele otra oportunidad, fue sometida desde su hospitalización (de esto me enteré tres meses más tarde cuando solicité el informe exitus) a continuas administraciones por vía intravenosa de cloruro mórfico (por orden médica aunque no tuviera dificultad respiratoria) en combinación con midazolam y buscapina, hasta su perfusión final, día y medio después, con 5 ampollas de lo primero, más 5 mg de lo segundo y 20 mg de lo tercero, disuelto todo en 500 c.c. de suero fisiológico a un ritmo de 42 ml/hora. Así falleció mi madre, secuestrada, aislada y sedada en una habitación hasta su muerte, como tantísimos casos más, ya fueran en recintos hospitalarios o residenciales, por aplicación de unos protocolos sanitarios que, sin pudor, se reconocieron después como medicina de guerra. Su posterior despedida, entierro y el duelo cronificado me los ahorro como nos los ahorraron a nosotros– menos mal que mi hermano y mi padre ya la esperaban en la tumba, porque la asistencia se limitó a 3 familiares –, incluso confiemos y esperemos que hayamos enterrado realmente a nuestra madre y no cuatro piedras, pues su féretro no nos dejaron ni tocarlo.

La confusión reinante durante el confinamiento al que estuvimos condenados no impidió que poco a poco fuera conociendo cada vez más casos similares, o aún peores, al vivido en nuestra familia. Cuando no pudo ocultarse durante más tiempo la masacre de muertes ocurridas en las residencias, y la forma en que estas se produjeron– desencadenante que motivó, al cabo, el apartamiento de Pablo Iglesias –, la población española contaba ya con elementos razonables de juicio para formarse una opinión sobre la actuación de autoridades políticas y sanitarias, fagocitando el mensaje bélico (la plana de uniformes en las ruedas de prensa y la militarización de la vida diaria), dando rienda suelta al miedo, dividiendo a la sociedad y conduciendo a la generación de desconfianza y odio, a la delación y al señalamiento, rompiéndose amistades y familias, escenificando una pesadillesca manía persecutoria que acechaba en pomos de puertas, cartón, bolsas de plástico, la simple presencia humana a menos de metro y medio e incluso al oler la comida del vecino, para que, a la postre, tanta alarmante parafernalia terminara en dos declaraciones de inconstitucionalidad, discretos mutis por el foro de ministros y políticos, un consejo anónimo de expertos tan secreto y oscuro como sus intenciones, campañas de inoculaciones masivas que conculcan derechos humanos básicos, desde los del paciente (aténganse a que no les han dado prescripción facultativa y, sin embargo, les han compelido, cuando no coaccionado, a administrarse una dispersión inyectable de la que nadie más que ustedes se hacen responsables), hasta los laborales y civiles, para acabar el viaje, tras tanto destrozo y abuso, con las exiguas alforjas de la “gripalización” final de la covid convertida a poca cosa menos que un constipado. Si en la bandera de España hubieran de bordarse unos símbolos para representar esta hipocondríaca Legislatura de tahúres zurdos, estos serían, sin dudarlo, jeringas, rollos de papel higiénico y los bozales que nos trajeron quienes nos prometieron derogar la “Ley mordaza” en cuanto gobernasen.

     Ilustración: Marino Masazucra

Muy al contrario, como si el Estado no contara ya con recursos propios para imponer sus políticas y agendas, han aparecido en su ayuda agencias privadas, directamente relacionadas con los sectores mediático y financiero, que con maneras aún más secas y autoritarias se sienten tan amas de la realidad que pretenden acreditar la verdad de los acontecimientos organizando modernos autos de fe. Toda información u opinión que se salga tangentemente de la narrativa política impuesta a golpes y sustos del guion de terror sanitario injustificado (y doblemente inconstitucional, recordémoslo siempre) es perseguida y atacada, silenciada y borrada, ridiculizada y calumniada, insultada y amenazada, siendo su autor declarado persona non grata y enemigo público de una nada nueva normalidad que está regida por una férrea e intratable dogmática que nos es archiconocida– pues no otra cosa son los totalitarismos –ya sea esta ideológica, religiosa, científica o todas ellas juntas, como ha sido casi siempre en toda dictadura y como tan estrechamente compenetradas se presentan esta vez. Sugiero al lector que albergue dudas sobre los mecanismos de manipulación y lavado de cerebro a los que estamos siendo expuestos que consulte los 11 principios o directrices que Joseph Gobbels dictó para elaborar un mensaje hacia las masas y saque sus propias conclusiones. 

El último de los represaliados por esta caza y captura de heterodoxos del siglo XXI ha sido el poeta Aarón García Peña, quien, en el ejercicio no solo de su libertad de expresión, sino también de su conciencia poética, contó las verdades del barquero en su programa de RTVE “Poesía Exterior”, pódcast emitido el pasado 17 de noviembre y eliminado de la web pública tres días después, como si por arte de click pudieran borrarse sus apelaciones y su dolor, unas apelaciones y un dolor que son viento del pueblo en el que muchos nos reconocemos desde que el genial perito en lunas lo observara en su demoledor poema. Puede escucharse el censurado programa aquí.

España entera, y en especial su intelectualidad, está sumida en lo que podríamos definir como síndrome de Ortega y Gasset, sí, ese silencio atronador que el filósofo español experimentó mucho antes de que Naomi Klein lo apuntalase como “doctrina del shock”, un silencio en castellano y demás lenguas cooficiales que se dilata con más incidencia y persistencia que las de la misma covid. Aarón, en un acto sublime de generosidad y pleno de sentido, arriesgándose al escarnio que de seguro se iba a levantar contra él, ha puesto el dedo en la llaga y clavado su pódcast, cual Lutero, no en los servidores de RTVE, sino en las más nobles y sensibles partes de cuantos lo escuchen, haciendo merecedora a la emisora, por casi cuarenta minutos, de su titularidad pública.

Del distanciamiento social, que con celo propio de trastorno obsesivo-compulsivo se nos requirió guardar desde un principio, perdiéndose por el camino amores, amistades y demás vínculos que nos sostienen tanto en nuestra dimensión individual como colectiva, durante estos ya casi tres años de afrentas contra los valores superiores de la persona, contra la dignidad, la libertad, la integridad física y moral, la privacidad, el libre desarrollo de la personalidad, la autonomía de la voluntad y demás derechos fundamentales, hemos entrado ahora en la fase del alejamiento humano, en la cual, al parecer, nuestra condición y naturaleza quedarán reducidas a la de agentes patógenos, fómites hospedadores, pangolines, cobayas o ratas de un laboratorio universal en una enfermiza y envenenada definición de las relaciones humanas, de la propia existencia y hasta de la entera concepción de la vida.

 Queda, pues, por decir, que la libertad es natural y que, en mi opinión, no sólo nacemos con nuestra libertad, sino también con la voluntad de defenderla. Y si aún queda, por casualidad, alguien que siga dudando y que esté tan envilecido como para no reconocer los bienes y los afectos innatos que le son propios, tendré que rendirle los honores que se merece y colocar, por así decirlo, a esa bestia en estado bruto en situación de enseñarle cuál es su auténtica naturaleza y condición. ¡Que Dios me ayude!

Citas de encabezamiento y cierre extraídas del Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie (1530-1563), en traducción de Miguel Abensour.

(*) Jurista especializado en Derecho sanitario, de los consumidores y de las nuevas tecnologías, colabora con grupos y colectivos profesionales y civiles en defensa de los Derechos Humanos. Correo electrónico: ramisanmar@tutanota.com

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9 COMENTARIOS

    • Modernizate que ahora toca cambio climático. Por cierto que cielo más azul esta tarde, ni una nube……y curiosamente ni una sola «estela de condensación» 😉

  1. Felicidades Raúl por el artículo, y gracias a miCr por publicarlo. Además de despierto, por tu email me da la impresión que eres incluso purasangre, tú ya me entiendes….

  2. Nada… Mientras no lo recite Javier Gallego en Carne Cruda o Ana Pastor en la sexta , la zombificada «élite Cultural» de Ciudad IrReal no va a reaccionar..

  3. Enhorabuena por el sobervio artículo, impresionante la fuerza y la verdad que expresa, triste y muy lamentable recuerdo de una época que pocos distinguen entre las lineas de su televisor del cual no pueden apartar la mirada.
    Solo aquellos que apagamos la telemanipulación y hablamos con personas de todas las partes pudimos entender que no era un tema sanitario, aunque fuera curisa coincidencia, la replicacion en todo el mundo de manera muy similar, sospechosamente similiar.
    Cuando de comporta un virus igual en Mexico que en Alemania, en Africa que en China? Por favor…
    Cuantos cuentos cuentan los señores de traje que no saben nada de medicina y si saben mucho de geopolitica, geoingenieria, eugenesia, transhumanismo…
    Gracias por traer la verdad, gracias por tu testimonio, gracias al medio que lo publica.
    Pase lo que pase, la Verdad por delante, siempre.
    Lo siento por los cobardes a los que ya les oigo temblar sus rodillas, llegara el momento, seguro, llegara…

    • Xquadrone, te insto afectuosamente a constatar desde este medio estos acontecimientos con hechos demostrables, aunque censurados, para estimular a la gente de una forma pacífica a despertar.
      Un saludo.

  4. La monstruosidad que se ha erigido y la aquiescencia sileciosa que la ha ‘empoderado’ se podrá describir de varias formas pero las expresiones aquí utilizadas serán imprescindibles para aquellos a los que les quede un atisbo de decencia, sensibilidad y hartazgo de esta zurdez, ominosa, estúpida y cruel.

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