Carnaval

Como cada año, en el mes de enero comienzan los carnavales en nuestra tierra. Estas fiestas, —como las de Navidad—, tienen su origen en la celebración pagana de los pueblos sumerios, de las que se tienen referencias desde hace más de cinco mil años. Los romanos las convirtieron en una festividad en honor al Dios Saturno. Las conocidas saturnales. Pero fue con la llegada del cristianismo cuando se extendió por todo el mundo.

En tiempos del emperador romano Constantino, en el año 325, se estableció que el carnaval se celebrara —como otras muchas fiestas cristianas— tomando como referencia la Semana Santa. Y esta se inicia el domingo siguiente al de la primera luna llena de la primavera. Pero antes del inicio de esa semana se celebra la Cuaresma —periodo de cuarenta días de penitencia—, desde el Miércoles de Ceniza, que coincide con el entierro de la sardina, hasta el Jueves Santo. La secuencia temporal es primero el Carnaval, luego la Cuaresma y por último la Semana Santa.

La penitencia consistía en abstenerse de comer carne y de llevar una vida desenfrenada durante ese tiempo. Con el carnaval se despedía a los placeres mundanos en los que estaba permitido casi todo. Desde disfrazarse, hasta taparse la cara con una máscara; tomar alcohol o practicar juegos de azar; y quienes intervenían coqueteaban con los deseos sexuales, utilizando la picardía y la sensualidad.  

Con el paso del tiempo, estas fiestas han adquirido una escenografía propia en los distintos lugares donde han arraigado y, cada vez más, se han ido diferenciando del espíritu de las festividades religiosas. El carnaval se ha adaptado a la idiosincrasia de las gentes y de los lugares en los que se celebra, con sus bailes típicos —como la samba en el de Río de Janeiro—, los vestidos de época y característicos de cada lugar o las máscaras típicas —como las arlequinadas de Venecia—. Y con la colorida coreografía de sus participantes que les proporciona una vivacidad y un atractivo inigualables.

La celebración en sus fechas se festeja en la gran mayoría de nuestros pueblos, entre los que destacan los declarados de Interés Turístico Nacional, –el de Alcázar de San Juan, Herencia y Miguelturra—, o de Interés Turístico Regional —Almadén, Malagón y Villafranca de los Caballeros—, en los que tendremos ocasión de presenciar, entre otros muchos, los reconocidos y espectaculares desfiles de las asociaciones culturales de El Burleta de Campo de Criptana o los de Harúspices de Tomelloso.  

Pero, además de las fechas en las que se festejan con carácter general, hay lugares de La Mancha en los que se celebran extemporáneamente. El caso más conocido es el de Alcázar de San Juan, donde se festejan en plenas navidades. La coincidencia con esas fiestas hace que sean los últimos carnavales del año y, seguramente también, son de los de más larga duración.

Aunque los primeros del año se festejan en El Toboso, entre los días 17 y 22 de enero, desde tiempos inmemoriales. Y lo hacen en honor a San Antón y San Sebastián; dos de los conocidos como “santos viejos” —que vivieron en la Edad Antigua, cuando el cristianismo era clandestino—. Han sido celebraciones no piadosas, pero siempre se han intercalado en ellas actos puramente religiosos. La bendición de los animales el día de San Antón y, sobre todo, las carreras de mulas y caballos —recién herrados y enjaezados para la ocasión con sus mejores aparejos y campanillas—, que aportan plasticidad a unas fiestas en las que no faltan las tradicionales hogueras, tan llamativas como reconfortantes, en estos días de riguroso invierno.

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Allí, los carnavales nunca estuvieron prohibidos y se celebraron con absoluta normalidad. Siempre hubo máscaras, comparsas o bailes, en esos días que, por imperativo del calendario, pocas veces coincidían en fin de semana, lo que no impedía la masiva afluencia de visitantes. Había un juego de carnaval para niños —hoy casi olvidado—, que consistía en colocar un caramelo en la punta de una caña —antes debió ser un higo—, que había que cogerlo saltando. El portador de la caña la golpeaba mientras repetía, aliguí, aliguí, con la mano no, con la boca sí.

Pero en los últimos cuarenta años, han adquirido un desarrollo espectacular. Se han creado numerosos grupos que, durante meses, preparan con primor los trajes con los que irán ataviados, según el tema que representa cada comparsa; ensayan los pasos de baile y la música con la que amenizarán al público; y construyen carrozas y artilugios mecánicos que los acompañarán en los desfiles de esos días. Compiten con grupos locales y de los pueblos próximos, pero también se desplazan a otros lugares.

Uno de los momentos estelares de estos desfiles se produce con el pregón que hace un miembro de cada grupo, para presentar su comparsa ante el público, los cofrades de San Sebastián y las autoridades asistentes. Lo hacen a veces con ironía y otras con sarcasmo, pero siempre provocando la hilaridad del público. En esos discursos se repasan los principales acontecimientos acaecidos en la localidad durante el último año o se recurre a la socorrida crítica de las decisiones tomadas por la corporación municipal.

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