La calderilla de la fama

Estos días nos ha dejado uno de los escritores españoles más populares y polifacéticos de los últimos años. Antonio Gala. Fue poeta, dramaturgo, novelista, ensayista, articulista e incluso guionista de televisión. Se ha ido en silencio y lejos del foco mediático en el que brilló como solvente y hasta polémico comunicador desde los primeros años setenta hasta su retirada voluntaria en 2011.

Nació en Brazatortas (Ciudad Real) en 1930, hijo de madre segoviana y de padre portugués, se trasladó a Córdoba con nueve años. Fue un estudiante brillante que se licenció en Derecho por la Universidad de Sevilla. Se presentó a las oposiciones para Abogados del Estado, pero por rebeldía, se retiró antes de completar todas las pruebas. Entonces, ingresó en los cartujos de Jerez, quienes, debido a sus veleidades amorosas, acabaron expulsándolo.

Siendo joven llevó una vida bohemia en Portugal, país en el que residió durante algún tiempo. En Madrid completó sus estudios, licenciándose en Filosofía y Letras, en Ciencias Políticas y Económicas. En varios colegios de la capital, impartió clases de Filosofía e Historia del Arte, e inició su carrera como poeta, recibiendo, en 1959, el accésit del Premio Adonáis de poesía. Y en 1962 vivió en Florencia.

En cuanto a sus lugares de preferencia, una vez escribió alegóricamente, “Córdoba es mi madre, Sevilla fue y sigue siendo mi novia y Granada, mi amante”. Fue admirador y un ferviente defensor de la cultura musulmana de la época esplendorosa del Califato de Córdoba. Y sostuvo una polémica con la comunidad judía española, —que llegó a denunciarlo por judeofobia—, debido a las críticas vertidas en sus artículos sobre el Estado de Israel. 

Destacó como autor dramático, desde que en 1963 estrenó su primera obra, Los verdes campos del Edén; pasando por la exitosa, Anillos para una dama, en 1973; hasta que en 2003 estrenó su última obra teatral, Inés desabrochada. Fue un novelista tardío, ya que su primera novela la publicó en 1990, El manuscrito carmesí, con la que ganó el Premio Planeta, a la que siguieron otras como La pasión turca o El pedestal de las estatuas.

Publicó numerosos artículos en los diarios El país y El mundo. Destacan sus columnas Charlas con Troylo, Cuadernos de la dama de otoño, A quien conmigo va o Troneras. Fue guionista de televisión de exitosos programas, como Si las piedras hablaran (1972) o Paisaje con figuras (1976). Y publicó un ensayo, Finisterre (1984), en el que relata sus conversaciones con escritores, como Fernando Sánchez Dragó, o el filósofo Fernando Sabater.

SEVILLA. 29.5.22. Toma de posesión como académico de Alfonso Guerra en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. FOTO: VANESSA GOMEZ. archsev

En cuanto a la adaptación de sus novelas al cine, fue muy crítico con la que se hizo de La pasión turca, cuestionando la interpretación de Ana Belén y a su director, Vicente Aranda. Fue entrevistado en numerosos medios de comunicación, pero le gustaba especialmente la televisión. Participaba en programas de tertulia sobre los temas más variados: literarios, de arte, de historia, de actualidad o sobre temas políticos.

En el campo de la política, encabezó el movimiento de oposición a la entrada de España en la OTAN, en el referéndum celebrado en 1986. Entre sus participaciones más polémicas, está la de ser miembro de la Sociedad de Amistad España-URSS, subvencionada por el gobierno soviético. Y fue presidente de la Asociación de Amistad Hispano-Árabe. En lo personal mantuvo una estrecha relación de amistad con el político Alfonso Guerra.

Con su elegancia, Gala proyectaba la importancia que él daba a su imagen pública. Iba impecablemente vestido, acompañándolo siempre, sus coloridos pañuelos en el cuello o en el bolsillo y los bastones que él utilizaba habitualmente, ya que, según decía, quedan bien en las entrevistas. Era un gran conversador, pero tenía un fuerte carácter y en algunas ocasiones se desbordaba, incomodando a sus interlocutores.

Tenía una sensibilidad exquisita para el arte y la poesía, sorprendiendo a propios y extraños con sus vastos conocimientos. Dotado y solvente para la escritura, poseía un verbo florido y una oratoria brillante, en la que destacaba la precisión en el manejo del lenguaje y la cadencia que utilizaba en sus intervenciones públicas. Su ironía y hasta el sarcasmo, eran recursos habituales que, con gran desparpajo, utilizaba con frecuencia.

Alfonso Ussia, —que fue compañero suyo, como articulista en Sábado Gráfico—, en el artículo El cordobés manchego, publicado el pasado 30 de mayo, comenta una anécdota de cuando nació su hijo mayor. Cuenta: le envió a mi mujer una carta preciosa, muy extensa. Y luego me llamó y me dijo: «¿Cómo es el niño?»; «Guapísimo, Antonio, como su padre»; y Gala le espetó: «probablemente, porque yo al padre no lo conozco».

Hace unos días leí un artículo de Juan Manuel de Prada —Pradita lo llamaba cariñosamente Gala—, en el que hablaba de él. Entre otras cosas, decía que el escritor cambió el oro de la gloria, por la calderilla de la fama. Y, según Prada, esta fue una idea de Gala, arrepentido de la sobreexposición que tuvo a lo largo de toda su vida.

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