Vagalume: Todo pasó demasiado deprisa

Manuel Valero.- La primera frase de la novela lo dice todo, o casi: A partir de cierta edad todos somos ya supervivientes. Y esa es la clave del último trabajo literario de Julio Llamazares. El tiempo que se fue, el andar imperceptible pero inexorablemente hacia las últimas paradas del tren de la vida. Hay un puente viejo, perdido, tomado por la vegetación urbana, como una bella metáfora del olvido que llama a voces al recuerdo. El puente perdido, oculto entre matas, es el tiempo que se fue, que no perdido. Y a partir de ahí, Julio Llamazares tira la línea de una historia, una bella historia, por la forma en que está escrita. La primera vez que lo conocí a finales de los años 80 escribí un artículo que titulé Todo sucedió demasiado deprisa. Por que fue así. Después de la charla literaria que vino a dar a Puertollano durante la promoción de la sobrecogedora Lluvia amarilla pasamos la madrugada hablando de Literatura y  de otras cosas menos severas, que no recuerdo, hasta que nos despedimos en la puerta del Hotel León.  Fue el primer mojón de una amistad que perdura en la distancia, aunque hemos tenido oportunidad de vernos en varias ocasiones. La última en la Feria del Libro de Madrid hace años. Éramos los mismos pero ambos llevábamos ya en la mochila un buen acopio de tiempo.

Pues bien, Vagalume (luciérnaga en gallego) es una novela escrita con el temblor de la prosa que se va transmutando a trechos en poseía narrada. La Literatura con L mayúscula, tal y como uno la entiende, hace tiempo que pasó a historia para dejar hueco a la vorágine comercial de novelas de generosa promoción televisiva, algunas de saldo por su calidad. Opinión que también comparte Llamazares.

La lectura de Vagalume rezuma melancolía a cada párrafo por ese tiempo que se ha largado definitivamente sin dar un portazo, sino hora a hora, con la rápida lentitud de lo inevitable, por ese tiempo que inicia la historia con el entierro de un viejo periodista de provincias, Manolo Castro, que fue maestro de César, un escritor de renombre que regresa a su funeral. Ese reencuentro le sirve a Cesar para evocar momento a momento ese tiempo que se fue. Hay mucho más, hay un enigma que se resuelve al final por la pista definitiva que deja Castro en uno de sus escritos. No. No hay un asesinato sin resolver, sino la razón por la cual el viejo periodista ha estado escribiendo en secreto-como hizo su padre antes que él- en su despacho como  un vagalume solitario. Punto. Lo demás es Literatura, una prosa que es como un bebedizo que te narcotiza y te amarra a las páginas del libro. En el enigma, en la evocación del tiempo gastado, mejor o peor, en los cambios que los lustros han dejando sobre la ciudad, una ciudad de provincias, y sobre los personajes. Desde ese enfoque es inevitable impregnarse de la melancolía, que es esa tristeza dulce y amarga a la vez, que arma toda la trama desde la primera frase citada hasta la última: Entre la pena y la nada eligió la pena, dije en voz alta y el puente me devolvió aquellas palabras con su eco. Julio Llamazares es otro vagalume y es por eso que la novela es también una oda al oficio de escribir, al escritor orgánico y abnegado, con el lirismo propio al que impele lo provinciano bien entendido.

Reconozco que al comenzar la novela me fue difícil disociarla del autor al que conozco. Sobre todo por el hecho de su llamada hace unos días cuando le llegó mi artículo, Querido abuelo, en el especial del diario Lanza con motivo de sus 80 aniversario. La descripción que hice de los viejos tiempos periodísticos y vitales, supongo, lo impulsó a ello. Pero fue pasar página y olvidarme por completo del autor.

Hay también una casa que se va quedando vacía tras la muerte del protagonista que visita con frecuencia César con motivo de su regreso porque la mujer de Castro se muda a otra residencia para evitar la ausencia del marido. Ese otro vaciamiento es metáfora, como el puente, del tiempo que se va yendo, fluyendo sin cesar hacia el océano del pasado. Una bella historia narrada con el estilo inconfundible de un Literato, no de un afamado o afamada vendedor de bet sellers playeros. Es lo que tiene la Literatura con mayúsculas.

Escribe Julio el autor y piensa César, el escritor ficticio: El tiempo pasa tan rápido que a veces uno se equivoca en la cuenta más de lo que desearía.

Todo pasó demasiado deprisa, escribió uno en el año del Señor de 1988. Desde el título de ese artículo al que leyó Llamazares hace unos días han pasado 35 años. En eso nos parecemos y mantenemos una cordial amistad en la distancia… y en el tiempo.

Vagalume

Julio Llamazares

Alfaguara

Tapa blanda

216 páginas.

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