Formas de no hacer nada

Ángel Romera.- Cuando los alumnos iban a clase, algo poco frecuente hoy, cuando no los hay ni cunde el precepto de crecer y multiplicarse, su atención, dispersa por el TDAH que inoculan redes, pantallas y móviles como vacunación contra el viral saber, languidece a los veinte minutos. Y los chinos, marroquíes, ucranianos, rumanos, sirios, manchegos, churriegos, cabezones y la demás Babel que forma nuestra plural nación imbuida de vehicular lengua española empieza a generar conductas curiosas. 

En Oriente, por ejemplo, se permite dormir en el pupitre; los estadounidenses permiten incluso llevarse mantas, termos y almohadas a las bibliotecas, que no cierran por la noche. Yo he visto chicos depositando la panza en la mesa y mirando al suelo. Otros se ponen a planificar el fin de semana en voz alta o intercambian un caudaloso epistolario de notitas en lengua woynich, o ponen su mochila encima y delante, como parapeto de escarabajo pelotero contra el asalto de la cultura (estos siempre suspenden). Antaño, u otrora, que dicen los novelistas, en la época aquella de los tinteros y las plumas de acero, lo normal era la captura y descuartizamiento de moscas, empezando por arrancarles las alas y terminando con una disección sin anestesia realizada con la destornillada cuchilla de un sacapuntas y el bisturí de la sobredicha pluma. O se dejaba viva, tras un baño de tintero, para leer las líneas del destino que dibujaba su angustia sobre el inmaculado papel con marca de agua Galgo. Es lo que cuenta Ignacio Aldecoa, en uno de sus magistrales cuentos. Hoy, empero, como siguen diciendo los novelistas, estos chicos tan talibanes se han vuelto como Alá, el Clemente, el Misericordioso, y han abandonado tan mal vista clase de esparcimiento para, discretamente ya en casa, ofrecer una muerte rápida a las sucias infieles, achicharrando moscas en el microondas para que exploten haciendo flop como las palomitas. ¡Criaturas! 

Entre otras chuminadas (showmenowing), especímenes paridos e igualmente desquiciados tiraban de las trenzas a las alumnas cuando se instaló la coeducación (por entonces se estilaban trenzas, y no las mechas violáceas, los ombligos de aceituna o las faldas minimalistas, ni los piercings en el cerebro o aretes para poner cortinas), quemaban el pelo de las alumnas, incendiaban las papeleras, fumaban celtas o mecánicos a escondidas o, los interminables días en que había huelga de penenes / interinos, jugaban a simplezas como el cinquillo, la brisca, o el más racial burro; cuentan también que algunos, los brutos del fondo hacían… esas cosas que se hacían. Yo nunca vi nada. Pero, en capitán, en coronel e incluso en general todo era muy inocente. Hasta en el instituto masculino, donde había unos cacos expertos en robar vestuarios mientras los demás se drogaban con el fútbol.

Por demás, ya había entonces algunas parejas de hecho formadas por callados varones adolescentes que siempre se sentaban juntos y faltaban los mismos días. Al pasar lista los profesores, siempre decían lo mismo: «¿Y T…n? Contestábamos: «Está con V…a» – «¿Y V…a» -«Está con T…n». Y luego una risita. Algún Bin Laden tiraba aviones de papel que no conseguían derrumbar ningún orden establecido; tampoco lo hacían los tiroteos de tizas, la metralla de restos de gomas (todas venían de Milán), pelotillas de papel y rollos angulados como bumeranes, lanzados con gomas entre dos dedos; las peores heridas las infligía el feroz calibre de los tubos de bolígrafo o incluso el rústico y poderoso tirachinas. El bombardeo consistía en fétidas, pedradas y balonazos que rompían cristales previsoramente reemplazados por láminas de plástico. Por supuesto, siempre había formas de decorar el pupitre con declaraciones airadas, siglas, corazones manchados y dibujos obscenos o enfangatorios.

Cuando el estudio y la aplicación se evaporan de un aula, queda un poso de salvajismo urbanita; es como la erudición, cuyo sublimado deja un polvo de pedantería, estadillos, notas, numerillos, cursivas, citas, llamadas, cursivas cursis y negritas de colacao. Tierra, humo, polvo, sombra y nada. También la política se evapora y se queda en burocracia. Ya al salir de la escuela se percibe más descubierta esa brutal compresión del ánima juvenil: todos salen corriendo, chillando, saltando y tropezando en típico y aleatorio desorden.

Por supuesto, ha desaparecido ese corporativismo disciplinario que permitía que clases enteras fueran castigadas por la falta de un solo alumno. Ahora se exige incoar una especie de proceso judicial, cadena de custodia, apuntar la novedad en el correspondiente dossier de un archivo de expedientes criminales que todo instituto debe tener y llamar a sus representantes legales, quienes, a veces, son más peligrosos que los mismos reos.

Tengo que confesar que mis crímenes aún se hallan impunes. El peor, sin duda, es el secuestro de un libro que tenía que devolver a la Biblioteca Pública hace ya muchos días. Un sudor frío me recorre el espinazo, pues es indudable que seré excomulgado durante un tiempo no breve. Ni siquiera tendré abogado defensor que pueda rebajar mi pena, o canjearla por actividades sociales. En fin, después de todo, en verano no es preciso tener tiempo para no hacer nada.

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