Cavilaciones en Ruidera: Humanos y sus divinidades

Salvador Jiménez Ramírez.- Estoy en unos cerros con suelos calcinados, en los que yace la agonía y también brota la vida… Todo se va preparando para el azar o la predeterminación…; “insinuándose” sobre la cósmica eternidad… Orografías marchitas, desvegetalizadas en las que los remolinos de la vida y de la transformación, vagan por la faz y “entrañas” de este planeta. Me envuelve y ciega un terraguero cenizoso y me molesta la presencia de inesperados y errátiles sujetos, ansiosos de novedad, que no me dejan analizar un nubarrón fulgurante; envuelto en una hopalanda encarnada… Con la estridencia de un disparo en los montes aledaños, aparecen en mi mente escenarios de violencia y terribles tragedias en tierras lejanas…

En mi desasosiego, un flash de ilusión, de ensueño, me evoca todo lleno de vida y paz; rebullendo colores, vida frescura, armonía y “procesiones” de recuerdos… Mi mente se intervala con paraísos imaginarios en todas las dimensiones y mundos; como una ciencia final del futuro… Veo a seres humanos caminando a tientas por los senderos de la vida… Como dijera Pessoa: “… todo se mezcla y se cruza y no hay verdad más que en el suponerla… ¡Tantos nobles ideales caídos entre estiércol; tantas ansias verdaderas, extraviadas entre la escoria! Para mí son iguales dioses u hombres, en la confusión prolija del destino inseguro…”. 

En mi sueño hay algo de paz, al lado de estos montes… Me apropio de un rincón soleado y de brisa, donde el astro esparce algo se su luz, que me agradan como la confirmación de una sinceridad…; y me duelen el sufrimiento y la muerte de seres inocentes, convertidos en escombros, recién alumbrados a este, “nuestro”, mundo, por nuestra crueldad, “actitud” y pasividad  de nuestros dioses que nunca podrán serlo…

En un instante de cruda libertad o “excelsis”, receloso de todo, mi trasfondo se “recuesta” en la duda, que me impele a sobrevivir entre la irracionalidad humana y me pregunto: ¿Qué frontera ponen las divinidades a tanta crueldad? ¿De qué van los seres humanos y sus dioses, belicosos, vengativos, perezosos y sanguinarios? Divinidades vengativas, prepotentes-omnipotentes, egoístas, orgullosas, vanidosas, envidiosas… Como dijera Eurípides, cuando habla del “brillo de la riqueza”, —la ceguera del poder—del malnacido y de distinguir los malvados de los virtuosos, en la antistrofa 1ª, de Tragedias: “Si los dioses tuvieran entendimiento y ciencia a la medida humana…”.

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