45 años de Constitución: Reforma o cambio de régimen

Manuel Valero.- La Constitución cumple 45 años apenas con dos arrugas (reformas) que le salieron en 1992 para que votaran los extranjeros comunitarios en las municipales y en 2011 para que por Ley, el Estado hiciera primero los deberes con la estabilidad presupuestaria antes que acometer el gasto social. Reformas leves que no la arrugaron sino que la rejuvenecieron. Además, no necesitaron convocatoria general (referéndum) por ser por vía ordinaria dado el amplio consenso en que se apoyaron. Consenso que prosiguió incluso con la reforma propuesta por el Gobierno de Pedro Sánchez para eliminar el término disminuido al referirse a las personas con discapacidad. Nada, aunque con enmiendas y críticas (a la estabilidad presupuestaria) del otro mundo, pequeños retoques que no tocaban el corazón constitucional.

La Constitución en plena madurez necesita una puesta a punto que la acople a los tiempos actuales y… a los venideros. Supongo que una vigorización del espíritu y la letra de la Carta Magna tendría una amplia mayoría entre los españoles. Su trámite no va más allá del estrictamente parlamentario, Congreso y Senado, salvo cuando la reforma incide en la línea de flotación de la Ley nodriza que la fija en los Títulos Preliminar, I y II, es decir, en la forma del Estado, los derechos y libertades y la Corona, o cuando se trate de una enmienda a la totalidad. El acuerdo parlamentario entonces (dos tercios) es el paso previo a la disolución de las Cortes, nuevas elecciones para ratificar el acuerdo e iniciar un nuevo periodo constituyente para elaborar otra  Constitución que aprobada por los dos tercios de ambas cámaras sería sometida finalmente a referéndum.

Como cualquier Constitución de nuestro entorno la Ley de Leyes no es un libro de granito. Al contrario, es un texto arcilloso para una reescritura continua sobre la base sólida de un gran acuerdo político. A nadie se le escapa que una Constitución nueva es propia de un régimen nuevo.

La práctica democrática, sin embargo, requiere un amplio consenso y un clima político y social sosegado para acometer la reforma de un texto sobre el que se asienta el Estado de Derecho. La paradoja es que hoy celebramos los 45 años de la Constitución en el ambiente más hostil, enconado y polarizado desde que los españoles le dimos el SI un día como hoy de 1978. Las reformas anteriormente citadas fueron de trámite y aun así tuvieron su debate, sobre todo sobre el techo de gasto. Hoy es impensable aventurarse en un proyecto de reforma, (que es necesaria y urgente) habida cuenta de cómo está el patio:  demasiados desafectos de la Constitución de 1978, por no decir enemigos, partidos que presentarían una enmienda a la totalidad para una nueva Ley Madre que partiese de una nueva forma de estado, la República, federal o confederal o centralista o presidencialista, que este sería otro debate, quizá para mantener dentro del nuevo orden constitucional al secesionismo periférico. Quienes repudian la Constitución son socios del actual Gobierno. La clave está en si en el futuro inmediato el PSOE va a dirigir su nave hacia postulados de reforma integral por la vía agravada, o si junto al PP y otros grupos constitucionales va a garantizar una mayoría más que suficiente para adaptar el articulado a la España de 2023, por ejemplo, la inviolabilidad del Rey, la sucesión de la Corona en igualdad de condiciones hombre o mujer, la Ley Electoral…u otros aspectos que sean susceptibles de ser incluidos.

Todo  cambio, desde el mínimo hasta el total, es legítimo. Su mecanismo está articulado en la misma Constitución, (Título X), lo cual prueba que más que granito es arcilla sobre la que se puede escribir con más comodidad. Pero el panorama no está para aventuras.

La Historia lleva su carro y a muchos nos montará.

Por encima pasará de aquel que quiera negarlo

Cantaba Pablo Milanés a la unidad latinoamericana. El canto que se escucha con más griterío no es precisamente ni el de la unión ni el de la unidad. La actual Constitución es el año 0 de nuestra democracia que empezó a contar en 1978. No hay más: O reforma o cambio de régimen.  Lo que venga del futuro dependerá de la soberanía nacional (o popular, nuevo término) y en buena medida del PSOE, como uno de los muros de carga del sistema.  

Supongo que llegado el caso todo será convenido y consensuado y refrendado por el pueblo. La República es democrática; la Monarquía, parlamentaria, también pero la Jefatura del Estado es dinástica. La República no es el antídoto Fierabrás contra todos los males porque nadie nos asegura que no la tomará electoralmente un presidente felón, corrupto, ultraliberal o quasi fascista (me da pereza escribir esta palabra en el siglo XXI),  y no sé si esa encrucijada preocupa ahora mismo al día a día de los españoles o les importa un bledo. Lo que la izquierda añora no es la II República, que fue gobernada también por las derechas, sino la República revolucionara del Frente Popular sometida después de tres años de guerra por un militar que implantó una dictadura durante 40 años. La Constitución de 1978, asediada como nunca antes supuso una reconciliación masivamente celebrada, que hoy se revisa con el horizonte soterrado (o no) de un cambio de régimen… empezando por Cataluña.

PD.- Que lo que sea lo sea democráticamente, y a ser posible crítica y desapasionadamente. Aunque visto el último informe de PISA no estoy muy seguro de ello.

Lo que mueve la Historia es el control de la energía de las masas. (Bakunin)

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