Lágrimas

“Dios sabe que nunca hemos de avergonzarnos de nuestras lágrimas,
porque son la lluvia que limpia el cegador polvo de la tierra que recubre
nuestros corazones endurecidos”
CHARLES DICKENS

En este tiempo de recogimiento para algunos y de merecido descanso para los demás, hay algo que nos enternece y que se repite desde hace tiempo en estos días de Semana Santa. Son las lágrimas de impotencia de jóvenes y no tan jóvenes que, debido a la lluvia, les impide procesionar con sus cofradías. Después de estar todo un año preparando estos días, sienten frustración y desamparo ante los imponderables de la meteorología.

Irene Vallejo ha publicado un artículo que resulta oportuno y sugerente en estos momentos. Lo titula Llorad, llorad, valientes. En él reivindica el llanto para gestionar nuestra tristeza, nuestro dolor, que ella considera imprescindible para desahogarnos y evitar la asfixia que produce la pérdida de un ser querido. Dice que “[el duelo] no es una enfermedad de la que curarse rápidamente, sino la lenta reconstrucción de un mañana resquebrajado”.

Habla del contraste que existe entre las civilizaciones antiguas y la actual, y concluye con una afirmación definitiva, “nuestro mundo trata de jibarizar [reducir o minimizar] la huella de la muerte mientras el pasado la proyectaba en gigantescos monumentos”.

Hace un recorrido por la historia del mundo occidental, desde Grecia, y de cómo ese llanto, no se ocultaba en las civilizaciones anteriores. Nos recuerda que han llorado los grandes héroes de nuestra historia, desde Aquiles o Ulises hasta el Cid Campeador, tal como se recoge en La Ilíada o en el Cantar del mío Cid. Y, confirma que no solo han sido las lágrimas de mujer las que se han derramado por los diversos motivos que las hayan provocado.

Aunque el llanto y su manifestación más visible, las lágrimas, no son siempre de dolor. A veces son de emoción o de alegría. En la novia emocionada el día de su boda es algo habitual y sus lágrimas son también de liberación por la tensión vivida antes del evento. Si se consigue algo importante que regocija, hay quienes lo expresan con un llanto visible pero contenido. Y es habitual ver a un esforzado deportista que al llegar a la meta, también llora. No se sabe si por el dolor que le causa el esfuerzo realizado, por la alegría que le produce ese triunfo o por ambas cosas a la vez.

En ocasiones el dolor hace que el llanto tenga un plus de conmoción y entonces brotan las conocidas y temidas lágrimas negras, de las que nos habla la canción homónima del cubano Miguel Matamoros. Pero a veces ese pozo de lágrimas se ha agotado porque ya se han llorado todas las disponibles o porque fisiológicamente se carece de esa facultad y entonces el llanto es seco y doloroso, al no estar acompañado por la necesaria lubricación.

En estos días de Semana Santa uno tiene la necesidad de dejar la rutina y alejarse de lo cotidiano para refugiarse en algún lugar especial. En esta ocasión he venido al que considero mi inspirador y levítico pueblo, a El Toboso. Porque aquí vuelvo a encontrar a la que ha sido siempre mi gente, a los amigos y familiares, después de algún tiempo sin coincidir con ellos. Pero a veces, estos encuentros se hacen un poco más complicados.

Desgraciadamente, cuando se regresa a la patria chica, siempre se echa de menos a algunos que nos han dejado, desde la última vez que la visitamos. En ocasiones lo hicieron en silencio, sin hacer ruido; otras veces, era previsible por padecer una grave enfermedad o por su avanzada edad; pero, en algún caso, esa ausencia es fruto de una situación imprevista por carecer de una patología conocida o de una edad vulnerable.

Es entonces cuando la manifestación de dolor quiebra el ánimo de sus deudos y, en cualquier momento, manifiestan su emoción en forma de un llanto incontenible, ante amigos o conocidos. Y alguna experiencia con estos desbordamientos también hemos tenido.  

Pero habría que ir más allá. Creo que llorar y reír, deberían ser consideradas como manifestaciones espontáneas y, casi, como necesidades fisiológicas, que no se deberían de reprimir en ningún caso. Y que la sociedad actual las acepte como algo natural.

Retomando el artículo de Irene Vallejo, nos dice que hoy está mal visto dejar correr nuestras lágrimas, porque hay una carga de vergüenza asociada al tabú del llanto. Es más, en algún caso se tratan de disimular esas lágrimas, como ocurre en la despedida de la película, Los puentes de Madison, cuando el llanto se encubre utilizando una copiosa lluvia. No se hubieran entendido de otra forma las lágrimas derramadas por aquel tipo duro, Clint Eastwood

Y concluye con una cita del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, “nada me impresiona más que los hombres que lloran. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes”.

Ciudad Real, 28 de marzo de 2024

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