La dama de Los Andes

Bogotá es una capital de las más populosas de Hispanoamérica. Solo detrás de Ciudad de México, Buenos Aires y Lima. Esta ciudad tiene nueve millones de habitantes y llega a los doce, si se incluye su área metropolitana. Es una urbe complicada para circular en automóvil, pero sencilla para ubicarse. Como Nueva York, tiene calles y avenidas —allí las llaman carreras—; las primeras se nombran con números cardinales y las segundas con ordinales.   

El nombre de Bogotá, procede de un vocablo indígena, Bacatá, uno de cuyos significados es el de “La dama de los Andes.

Para caracterizar a los cachacos, —los bogotanos—, decía Gabriel García Márquez: hay pocas cosas a las que yo les tengo más terror que a la solemnidad, y yo, viejo, soy del país más solemne del mundo, que es Colombia. Y solamente no es solemne en Colombia la franja del Caribe. Nosotros, los del Caribe, vemos el resto del país, en especial a la gente de Bogotá, como unos tipos de una solemnidad aterradora. Pero él siempre amó a esta ciudad.

Esta capital ofrece a sus visitantes, numerosos lugares, como el Museo del Oro, que es una institución pública de la República de Colombia que, seguramente, es el menos vulnerable del mundo, sin envidiar a las más que sofisticadas cámaras acorazadas de los bancos centrales de todo el orbe. En él, entre otras, se exponen piezas únicas de orfebrería de las culturas indígenas precolombinas, como la Quimbaya, la Tolima o la Tumaco.

 El Museo Internacional de la Esmeralda, es otro de esos destinos que merecen ser visitados. Ubicado en la planta 23 de un rascacielos, además de sus valiosas piezas, ofrece una de las vistas más espectaculares del casco antiguo de la ciudad. Cuando lo visitamos, me dispuse a obtener algunas fotografías. Pero el servicio de seguridad me lo impidió, porque aquel era un lugar “sensible”. Allí estaban ubicadas las principales dependencias del Estado.

A petición de mi compañero, visitamos el paraje más elevado de la ciudad, que se encuentra a 3152 metros de altura. Se trata del conocido Cerro de Monserrate. Quisimos hacerlo sin nuestro acompañante de seguridad, pero él no nos lo aconsejó. Dijo que nuestra piel blanquita y nuestro atuendo —íbamos con traje—, nos delataba como europeos, haciéndonos vulnerables a la gente de mala vida. Y, al final, agradecimos su compañía. 

Llegamos a los pies del monte y allí tomamos un teleférico hasta la ermita. La vista, según subíamos, era cada vez más espectacular. Íbamos unas 20 personas, la mayoría eran sacerdotes que habían llegado en un pequeño autobús. Después de unos minutos alcanzamos la cumbre. Desde este monte se divisa toda la ciudad, que es mucho más estrecha que larga, en una panorámica que es objeto de las mejores postales de Bogotá. Estaba anocheciendo, que según dicen, es el mejor momento para visitarlo. De hecho, el teleférico funciona hasta las 12 de la noche y el billete es más caro cuando empieza a anochecer. 

Hicimos fotos y visitamos la ermita que, como era víspera de Navidad, estaba adornada con luces de colores en todo el exterior. Ya dentro, vimos un belén de estilo “naif” y, nos sorprendió una pequeña capilla en la que había una “Moreneta”, como la Virgen de Montserrat. El descenso lo hicimos en un funicular, que hace el recorrido en un túnel socavado en la montaña. Y las vistas de la bajada eran tan excepcionales como las de subida.

Luego, a petición mía, nos fuimos a la Casa de España, un edificio muy protegido, bien conservado y mejor decorado en su interior. Destacaban sus tapices y alfombras, los muebles señoriales o los más modernos, todos con mucho gusto. En el hall de entrada había banderas de toda Hispanoamérica y en la primera planta había fotos de los reyes y de los príncipes.

Al final, nos volvimos al pequeño y discreto hotel en el que nos alojábamos.

Después, visitamos un stand del gobierno colombiano en una exposición de artesanía en el recinto ferial de Corferias. Allí coincidimos con una bogotana que nos sorprendió. Ella inició su actividad como asesora gubernamental. Ayudaba a los americanos instalados en Colombia en su lucha contra el narcotráfico. Nos dijo, que, a quien ella acompañaba, un día se suicidó por un amor imposible. Este hecho y el desgaste causado por la lucha contra los narcos, le ocasionó un fuerte trauma que le hizo irse a vivir a Canadá durante varios años.

Volviendo a los bogotanos, el premio Nobel de literatura colombiano, en “La fama es un oficio de 24 horas”, decía: una vez me propusieron presidir una corrida en Bogotá a beneficio de los periodistas y dije que sí. La víspera se me abrió mi úlcera de duodeno y fui a la corrida con una ambulancia en la puerta por si acaso. Pues al final me hicieron bajar y dar la vuelta al ruedo, me tiraron sombreros, flores, o una bota de vino que me abrió una ceja. Como un torero viejo.

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