Enemigos en casa, aliados en Europa

Manuel Valero.- Ha habido un detalle estremecedor en las elecciones europeas del domingo que han dado el resultado por todos conocido. De ese detalles me he ocupado antes y después de la jornada electoral: la inmensa mayoría, por no decir la inmensísima mayoría, por no decir nadie, conocía siquiera un par de propuestas concretas de los partidos para la Europa a la que pertenecemos, de modo que comprobé que los electores acudían a las urnas para votar siglas y caras sin saber exactamente qué votaban. Los partidos se habrán ocupado de decirlo en mítines pero el mensaje no ha llegado a la masa electoral con la claridad que se exige en unas elecciones democráticas. El mismo Ábalos lo ha reconocido en un espacio televisivo: La gente se ha acercado a las urnas sin saber qué votaba porque ni siguiera ha habido programas electorales. Puede que Europa quede lejos, que no queda porque somos Europa, y que la burocracia comunitaria sea tan pesada e inquietante como la del inquilino del castillo kafkiano, pero el grueso de los europeítos españoles de a pie carecen de la información y formación suficiente como para dar un voto lúcido: se guían por el ronzal de los partidos nacionales que son los que saben y santas pascuas.  En clave doméstica, se ha votado como en un duelo al amanecer, a primera sangre, a favor de Sánchez o en contra de Feijóo o viceversa.

Las elecciones europeas no despejan la indiferencia del personal a la hora votar por las mismas opciones o similares que un irlandés, o un belga, o un alemán, o un polaco, o un finlandés o un griego. Como las elecciones europeas se leen de puertas adentro carecen de la importancia que realmente tienen y que no es otra que consolidar un espacio político plurinacional que forme parte activa de la geopolítica global sobre las bases de la libertad y la justicia social. Hacer de Europa una potencia equilibrante.

Nadie de los que he consultado me ha sabido indicar por ejemplo, una mención a la política agraria, al cambio climático y sus nexos con la agenda 2030 (que la trasciende) y de ésta con el diseño de una Europa utópica donde nadie pase hambre y donde todos tengan las mismas oportunidades y los ciudadanos estén a salvo bajo la coraza democrática, de los violadores de los hechos humanos. Un espacio garante de paz continental. Ni en lo relativo a una fiscalidad convergente, ni una política de seguridad común que trabaje más por la prevención de conflictos que por la fabricación de armamentos o la colaboración en estallidos bélicos. O de la gestión de la inmigración origen del ascenso de la extrema derecha. Ni un recuerdo para la primera regulación de la temida Inteligencia Artificial en lo que Europa ha sido pionera.

No. La inmensidad del electorado patrio, y supongo, que los demás, ha votado en código de generales y en nuestro caso en modo plebiscitario. De Europa no tenemos ni idea. Algunos medios, sobre todo los escritos, es decir los que no se suelen consultar, han informado de los efectos de las directivas comunitarias en las legislaciones nacionales, y otros se han detenido en anécdotas como el taponcito fijo en las botellas de plástico, que son un coñazo, o en el cargador universal para los móviles.  

La prueba de que las elecciones europeas son importantes es que los resultados, como las directivas, tienen un efecto inmediato en el panorama político de los países miembros de la Unión. Ahí está el anuncio de anticipadas en Francia, o la dimisión del primer ministro belga o en nuestro país, la dimisión de Yolanda Díaz como líder de Sumar, partido por el que está en el Gobierno de España.

Los ciudadanos españoles no tienen suficiente información y formación para un voto crítico o cualificado. La abstención habla por sí sola. ¿Qué resultado puede ser creíble si la mitad de los electores dan la espalda a las urnas? Y sin embargo tranquiliza que partidos enemigos en la arena de casa coincidan en el contexto continental en su irrenunciable y vigorosa vocación europeísta, como socialistas y populares. Es precisamente el vigor europeísta lo que distingue a la extrema derecha -crítica del cambio climático y la agenda 2030 y defensora del nacionalismo propio frente a la cesión de cuotas de soberanía- del resto de las formaciones donde hay también anti sistemas como no puede ser de otro modo en uno democrático.

En definitiva en España con los datos en la mano la clasificación la encabeza el PP, seguido del PSOE y a distancia considerable Vox, Ahora Repúblicas, Sumar, Se acabó la Fiesta (SALF), Podemos, Junts y CEUS  y en el partidillo Sánchez-Feijoo, gana éste por dos goles de diferencia. Y en la vieja Europa, aunque la niebla extremosa de la derecha avance lentamente, se mantiene incólume la fuerza de los que creen que el viejo continente está llamado a ser una potencia cohesionada y unida en un futuro no muy lejano, por más trastos que se tiren, como aquí, de los Pirineos para abajo. Salvo que llegue alguien de fuera, o de dentro, y lo joda. Que puede ser.

PD.- Convocar unas elecciones en las que el grueso de los electores desconoce qué vota y solo vota la mitad perfila la democracia como un perverso sistema de manipulación. Y no es eso. Hay que hacer mucha más pedagogía.

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