Fermín Gassol Peco.- «Antiguamente el alumbrado de las calles y plazas estaba a cargo de los vecinos, quienes cuidaban de encender, limpiar y conservar los faroles, y de los propietarios, que tenían a su cargo costear y reponer los faroles y las palomillas, abonando además a los vecinos el coste de las luces. En 1765 se estableció una dirección oficial de este ramo de policía, disponiéndose la iluminación de las calles y plazas durante los seis meses de invierno, ó sea desde octubre a abril. En 1774 se acordó que la iluminación continuase en los demás meses de verano. En 1798 se crearon los serenos, reuniendo este ramo con el de alumbrado, y aumentando hasta 96 reales anuales el impuesto anual de 64 reales por cada luz que se venía pagando desde el primero de enero de 1766. Esta contribución de farol y sereno se aumentó desde el primero de enero de 1820 hasta 120 reales, cuya cantidad es la misma que se sigue pagando hoy día»1850. Pedro Felipe Monlau, Madrid en la mano (1850)
Hace unos días fallecía a una edad casi centenaria quien fue el último sereno de Madrid. Comentando la noticia con uno de mis hijos, tuve que explicarle quienes eran esos guardianes de la noche que hacían rondas equipados con una gorra de plato, gabán azul o negro, farol, chuzo, silbato y un manojo de llaves. Quien escribe, llegó a conocerlos, aunque el recuerdo es ciertamente borroso.
El origen de los serenos se debió en principio y como relata el cronista, a la necesidad de mantener con luz las calles durante la noche, ellos eran quienes encendían las farolas de las calles, aunque esta labor acabó con la aparición de la luz eléctrica. En España los primeros serenos aparecen en Valencia en el año 1.715. Es en un Real Decreto en 1.834 donde se regulan sus funciones en las capitales de provincia
Su cometido era principalmente procurar el acceso a los portales de quienes llegaban a sus casas bien entrada la noche. El vecino demandaba su presencia dando palmas y gritando ¡sereno! y éste respondía ¡va! dando golpes en el suelo con el chuzo mientras se dirigía al lugar pues era el encargado de vigilar varias calles.
¿Y para qué el silbato? Los serenos, además de procurar las entradas a los portales, eran además verdaderos agentes de vigilancia nocturnos en esas ciudades que de por sí eran tranquilas; pues bien, los silbatos servían para alertar de algún suceso que alterase esa paz, como algún incendio, hurto o delito mayor, accidente o trifulca. El sonido era trasmitido a otros serenos y así se establecía una cadena de alertas efectiva para aquel tiempo.
Otra de sus simpáticas tareas consistía en dar la hora, el estado del tiempo e informar de la calma en las calles. ¡¡¡Las once y sereno!!! Si aparecía la lluvia, el breve pregón anunciaba que a esa hora el agua caía.
Los serenos desaparecieron como oficio a finales de los años setenta. Su figura se incrusta pues, en una época de noches oscuras, poco transitadas, sin apenas sobresaltos, donde el ruido no hacía acto de presencia. Hoy los serenos han sido sustituidos por porteros automáticos, los silbatos por sirenas, y la vigilancia por una policía profesional y preparada.
El nombre del último sereno de Ciudad Real supongo que figurará en algún archivo municipal, extremo que desconozco. Pero estoy seguro de que Manuel Amago Fuertes, al llegar sin llaves a la última morada, todos los serenos habrán ido a abrirle la última y definitiva puerta para celebrar juntos el descanso eterno.