Manuel Valero.- Me he detenido un momento a hacer un sucinto rastreo de algunos de los momentos históricos que corrieron paralelos al ejercicio de mi profesión en el diario Lanza. Y luego de anotar unos cuantos me afirmo en que la caldera política jamás ha estado a tanta presión como ahora. Dejando a un lado los años de plomo, que de algún modo unía a toda la clase política, el encono que alimenta hoy las relaciones entre los lideres políticos y sus organizaciones, me es completamente desconocido, como seguro les ocurrirá a los periodistas de mi generación. La democracia o lo que algunos tildan como Régimen del 78 se inició con un gran pacto de partida (el Pacto de la Moncloa) en la que la derecha franquista aceptó la voluntad popular democrática y los comunistas la Corona, como elementos más visibles. Había que pactar por temor a que los españoles volviéramos a aporrearnos y tratar así de encarrilar la nueva senda constitucional. Cuando murió el dictador Franco, nos dieron una semana de vacaciones en la Facultad de Ciencias de la Información y los de provincias regresamos a casa. Mi madre me preguntó:
Niño, ¿va a haber guerra?
La tranquilicé porque yo no abrigaba la posibilidad de volver a la terrible contienda del 36. Pero me lo dijo. Pasaron unos años y Adolfo Suárez llamó a todos para que se comprometieran en la paz. La Transición de una dictadura militar de 40 años al sistema democrático llegó a estudiarse en las más prestigiosas universidades del mundo.
A riesgo de dejarme alguno, los pactos de Estado estaban sobre la mesa como algo necesario asumido por todos los colores, el pacto antiterrorista, el pacto de las pensiones y más recientemente el pacto contra la violencia de género.
Felipe González ganó las elecciones en 1982 y no pasó nada. Al contrario se abrieron de par en par las puertas de la libertad y en las Cortes pudimos ver a Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Alfonso Guerra, Roca Jungens, Manuel Fraga, Blas Piñar. González le puso una moción de censura estratégica a Suárez y todo siguió rodando por la autovía de la normalidad. La democracia era eso.
Luego vinieron los primeros casos de corrupción denunciados por la prensa, El Mundo, sobre todo. González perdió el apoyo del Congreso para sacar adelante los Presupuestos y convocó elecciones. Se vivieron las manifestaciones anti OTAN, las primeras reconversiones industriales, el ingreso en la UE en el que nuestro paisano Manuel Marín jugó un papel extraordinario. José María Aznar ganó después la partida electoral, la primera con el apoyo de CiU y la segunda por mayoría absoluta ante un honrado Joaquín Almunia, que dimitió esa misma noche. La sociedad se movilizaba cuando tocaba –guerra de Irak, Prestige– y aunque la confrontación política subía de tono –Váyase, señor González, ¿les suena?- ni por asomo alcanzó la tensión odiosa de estos años.
Es decir, en el Parlamento se discutía -incluso fue asaltado por un golpe militar frustrado con Tejero como cabeza turco- la calle se movilizaba, las elecciones se celebraban sin temor alguno al turno en el Gobierno, se convocaban huelgas generales y la democracia no solo se debilitaba sino que adquiría más músculo a cada año. José Luis Rodríguez Zapatero accedió al poder cuyo mandato coincidió con una profunda crisis económica. Le siguió Mariano Rajoy y de nuevo volvió la mano larga del latrocinio que lo derribó por una moción de censura que ganó Pedro Sánchez.
Y… fue cuando empezó el baile. Al desafecto extremo por el modo de gobernar de un desconocido y joven socialista se unió la Naturaleza encabritada -el volcán de La Palma y la DANA de Valencia-, un extraño virus mortal y una ola de incendios desconocida. Y así, frente al rosario de contradicciones del joven socialista, la aparición de la izquierda a la izquierda del PSOE y de la derecha a la derecha del PP, el clima político cambió radicalmente hasta el punto de que las tragedias acaecidas constituyeron, y constituyen, misiles de confrontación. La deriva del Gobierno y decisiones de calado que contradecían convicciones anteriores, la tragedia como polvorín político y electoral, los trapicheos aprovechando la pandemia, el cruce de acusaciones tras las inundaciones y los incendios, hacen hoy inviable hablar de pacto de estado. Tal y como están distribuidas las fuerzas con extremos irreconciliables lo hacen imposible.
Nunca como ahora he asistido a unas relaciones políticas presididas por lo peor del ser humano: el odio, el rencor, los extremos, la envidia, el apego enfermizo al poder y las ganas obsesivas por conseguirlo. Y subiendo un grado cada día. No solamente es insoportable para la sociedad sino que abre un interrogante sobre las consecuencias del resultado de las próximas elecciones, sea cual sea.
Y como alimento para engordar el caldo y decorado arrebatado, las redes sociales, y los caneles de you tube en los que se dicen verdaderas atrocidades y en los canales generalistas, tertu. Antes no había redes y hoy con la experiencia del invento que lo enreda todo me pregunto si contribuyen a fortalecer una democracia responsable y civilizaba o, por el contario contribuyen a debilitarla hasta ponerla en peligro con tanto mensaje de irracionalidad extrema. Espero que ambiente tan espeso y tóxico no cale en ninguno de los ayuntamientos de España.
No puedo estar más de acuerdo contigo, Manuel.